17:25. Me monto en el metro, línea 4, estación de Manoteras. Acabo el libro que me estaba leyendo y empiezo el siguiente. Next, the Michael Crichton. A las tres páginas recuerdo el porqué de que nunca me compre libros de Michael Crichton.
17:26. Cierro el libro y pongo el MP3, pero resulta que lo tengo altísimo y empieza a sonar Let’s get loud, de Jennifer López, de modo que lo oye todo el vagón y me miran. Me siento ridículo y de hecho, lo soy.
17:28. Guardo el MP3 y saco el periódico Metro. Leo la entrevista a Carla Bruni, que dice literalmente que entiende que la gente la insulte con motivo de su último disco y las letras de sus canciones. Me admiro de la sinceridad de Carla Bruni. Por lo visto el médico que atendió el parto de Brangelina se sintió presionado. No te jode, pienso. Los padres del novio de Amy Winehouse dicen que la odian y que no quieren que vea a su hijo cuando salga de la clínica de desintoxicación. Vaya por Dios. Jennifer Aniston se gasta 20.000 euros al mes en cremas y cosméticos. Qué tonta del culo. Me cae bien, pero es tonta del culo. Juanes hace un concierto protesta contra las FARC en París. Qué guapo, Juanes, pienso. Y qué abnegado defensor de la paz. Me casaba con él. Leo el horóscopo. Enhorabuena, Marte ha entrado en tu casa astral. Qué suerte, pienso, me quedo mucho más tranquilo. Ten cuidado con los excesos económicos. Voy en metro leyendo un periódico gratuito; ya tengo cuidado con los excesos económicos.
17:35. A la altura de Mar de Cristal siento en mi ser la bajada de azúcar. No se llamen a engaño; a mí el azúcar no me baja por ir al dentista. Si algo le tengo que agradecer a mi odontóloga infantil y sus afanosas tardes de carnicería, aparte de una piñata en perfecto orden y concierto, es el haberle perdido el miedo a los dentistas. A mí el azúcar me baja por motivos más prosaicos, generalmente relacionados con no haber desayunado/comido y en correspondencia directa con el hecho de que soy una cataplasma humana.
17:43. Línea 4, altura Alfonso XIII. Mi azúcar baja a velocidades de vértigo. A este ritmo dentro de veinte minutos tendré el nivel de glucemia de una alpargata de esparto. Recuerdo que tengo en la mochila un tupper ware con dos sándwiches que me he hice para el trabajo y que se me olvidó comer en ese mismo trabajo. Con razón me baja el azúcar.
17:44. Abro el tupper ware y olisqueo el apetitoso manjar. Recuero que el bote ponía que estaba hecho de frango. No sé qué clase de sustancia de fantasía es el frango, pero huele razonable. Ingiero sendos sandwiches y me quedo como estaba.
17:50. Línea 4, altura Prosperidad. El azúcar en sangre me sigue bajando. El frango misterioso sabe bien, pero no es dulce. Se impone trazar un plan de acción. Me pongo a pensar, pero entre la falta de glucosa en el cerebro y la abundancia de colores en el metro, me mareo y paro de pensar. Decido seguir la estrategia de la culebra de agua: enroscarse y no moverse para ahorrar energía y, cuando recupera un poco, acudir raudo a la caza de una presa rica en carbohidratos. Intento enroscarme sobre mí mismo, pero acabo rodando por el suelo. Mejor me quedo sentado.
17:57. Avenida de América. Cuando voy a salir del vagón una señora entra, me empuja y me devuelve dentro del vagón. La miro. Me mira. Me pone mala cara y encima me llama maleducado porque, según su teoría, debería salir por el centro de la puerta, no por los lados. Sopeso la posibilidad de reventarle la cabeza contra el canto del andén, pero tengo otras prioridades y la dejo ir. Le pronostico una muerte cercana.
17:58. Como en realidad no soy una culebra de agua y además vivo en el primer mundo, desestimo la posibilidad de intentar cazar algún pequeño mamífero y adquiero una chocolatina Twix en un kiosko de la estación. La ingiero. Me siento mucho mejor, pero me doy cuenta de que voy a ir al dentista con los dientes llenos de chocolate, galleta y caramelo, por este orden. Necesito un baño para limpiarme la piñata. Miro a mi alrededor. La estación tiene kioskos pero no baños públicos. Viva el capitalismo. Busco el andén de la línea 6, me cercioro de que no hay señoras haciendo placajes y me monto en el tren.
18:10. Llego a la parada de República Argentina, mi destino, salgo a la calle y entro a un bar. Me parece feo entrar directamente al baño, así que pido un café y pregunto que dónde está el excusado. Me dirijo a él y me limpio los dientes con el dedo como un cavernícola del Pleistoceno.
18:11. Vuelvo a la barra, me tomo mi café echando leches y, una vez lo he hecho, me doy cuenta de que me he vuelto a ensuciar los dientes con el café. Regreso al baño blasfemando en arameo y, concatenando la gilipollez, por poco no pido otro café y me quedo encerrado en un bucle de limpiarse los dientes y tomar café por toda la eternidad. Me limpio la piñata por tercera vez en el día y me voy echando virutas.
18:15. Llego corriendo a mi Clínica Adeslas Dental de confianza y entro. Le digo a la señorita recepcionista que tengo cita con el doctor González. Me dice que muy bien, que enhorabuena, pero que no sabe quien es y que tengo que preguntar en la planta en la que trabaje el tal señor González.
18:22. El doctor González trabaja en la cuarta planta y yo me cago en su madre. Llego a la cuarta planta resollando más que Falete en la contrarreloj de los Lagos de Covadonga. Le digo a la señorita recepcionista de la cuarta planta que hola y que tengo una cita con el señor González. Me dice que si soy Rubén. Le digo que sí y le felicito por sus poderes de adivinación. Me dice que no es adivina, que es que llevan cinco minutos esperándome y que le de la tarjeta y el volante pero a la voz de ya. Hundo la cabeza en la mochila y tras desparramar por la recepción la cartera, el MP3, el abono transporte, dos libros, un post-it, la agenda, un paquete de chicles y un palo –¡un palo!– le anuncio que he olvidado el volante. Me mira con cara de odio y me hace pasar.
18:23. El doctor González me sienta en el potro y me reclina hacia abajo más y más hasta que las piernas me suben a más altura que la cabeza, y sigue bajándome hasta que me escurro como un arenque para abajo y casi me abro la cabeza contra el suelo. Me agarro al asidero y le digo que si no puede reclinarme menos. Me dice que no, que las muelas de arriba es lo que tienen. Le iba a decir que yo no decido donde me nacen las muelas, pero la enfermera se aproxima con la aguja torcida para paladares inquietos porque, no sé si lo saben, servidor de ustede sufre una "aberración anatómica" (sic.) y las anestesias me las tienen que poner en el cielo de la boca. Le digo que si cabe la posibilidad de no clavarme cosas en el paladar, y me dice que tampoco, que las muelas de arriba también tienen eso. Me resigno y me clava el aparato en el cielo de la boca. Para abstraerme, pienso en gatos muertos.
18:25. El doctor González y la enfermera de prácticas, que se llamaba Marta, se aferran al saca-muelas ambos con ambas manos porque, dicen, está muy asentada. Pienso que no te jode, cómo va estar, y sigo a mis gatos. Para distraerme, la enfermera me saca de mis ensimismamientos y me pregunta que si me han sacado los premolares o es que nací sin ellos, costumbre muy de dentista ésta de preguntarte cosas cuando no puedes responder porque tienes la boca llena de cacharros. Le mascullo que si ella ha nacido con esa cara o es que se la han sacado, pero me dice que no mastique el instrumental quirúrgico del doctor. Hay que joderse.
18:27. El doctor González exhibe triunfal la muela recién extraída y Marta, la lerda, aplaude la faena. Acto seguido Marta me embute en la boca doscientos cincuenta gramos de gasas, que expulso en espectacular arcada. El doctor González la mira como diciendo para una cosa que haces, hija, y me pone una gasa de tamaño razonable, que no expulso ni nada.
18:28. El doctor González me dice que nada de enjuagarme en media hora, ni de comida caliente, ni de tabaco ni de alcohol. El doctor González debe pensarse que tengo el chichi para farolillos.
18:30. Como soy rebelde paso del doctor González y me enciendo un cigarro según salgo. Al ir al exhalar el humo la anestesia no me permite coordinar movimientos gastrolaríngeos y en lugar de exhalar humo escupo, tipo aspersor, una mezcla de babas con sangre con humo. Una señora me mira como si fuera tuberculoso o Belcebú, Duque del Inframundo. No la culpo.
18:32. Deposito mi gasa en una papelera, a los dos minutos de los treinta que me había prescrito el dentista, con toda la elegancia que puedo teniendo en cuenta que la señora se ha detenido y me mira fijamente. Rebusco en mi mochila, me cercioro de que he olvidado los kleenex pero confirmo que llevo, en efecto, un palo. Si me encuentro con un cocodrilo, tendré con qué neutralizar sus mandíbulas. Soy una persona equipada ante los imprevistos.
18:33. Me monto en el metro, de vuelta a casa. Me aseguro de que la señora no me sigue. Durante el trayecto repito la escena del aspersor varias veces, una de ellas con arcada incluida que casi tiene final apoteósico cobre la cabeza de una niña que pasaba por ahí. Su padre me miró como si yo tuviese raptados a todos los niños desaparecidos del planeta, pero se abstuvo de pegarme una hostia, supongo que por miedo a la tuberculosis.
18:50. Llego a casa y mi compañero de piso me dice que me ha llamado para ir a recogerme en coche a la clínica pero que tengo el móvil en silencio. Lo compruebo. En efecto, está en silencio. Qué suerte tengo, pienso. Se nota que Marte ha entrado en mi casa astral.
17:26. Cierro el libro y pongo el MP3, pero resulta que lo tengo altísimo y empieza a sonar Let’s get loud, de Jennifer López, de modo que lo oye todo el vagón y me miran. Me siento ridículo y de hecho, lo soy.
17:28. Guardo el MP3 y saco el periódico Metro. Leo la entrevista a Carla Bruni, que dice literalmente que entiende que la gente la insulte con motivo de su último disco y las letras de sus canciones. Me admiro de la sinceridad de Carla Bruni. Por lo visto el médico que atendió el parto de Brangelina se sintió presionado. No te jode, pienso. Los padres del novio de Amy Winehouse dicen que la odian y que no quieren que vea a su hijo cuando salga de la clínica de desintoxicación. Vaya por Dios. Jennifer Aniston se gasta 20.000 euros al mes en cremas y cosméticos. Qué tonta del culo. Me cae bien, pero es tonta del culo. Juanes hace un concierto protesta contra las FARC en París. Qué guapo, Juanes, pienso. Y qué abnegado defensor de la paz. Me casaba con él. Leo el horóscopo. Enhorabuena, Marte ha entrado en tu casa astral. Qué suerte, pienso, me quedo mucho más tranquilo. Ten cuidado con los excesos económicos. Voy en metro leyendo un periódico gratuito; ya tengo cuidado con los excesos económicos.
17:35. A la altura de Mar de Cristal siento en mi ser la bajada de azúcar. No se llamen a engaño; a mí el azúcar no me baja por ir al dentista. Si algo le tengo que agradecer a mi odontóloga infantil y sus afanosas tardes de carnicería, aparte de una piñata en perfecto orden y concierto, es el haberle perdido el miedo a los dentistas. A mí el azúcar me baja por motivos más prosaicos, generalmente relacionados con no haber desayunado/comido y en correspondencia directa con el hecho de que soy una cataplasma humana.
17:43. Línea 4, altura Alfonso XIII. Mi azúcar baja a velocidades de vértigo. A este ritmo dentro de veinte minutos tendré el nivel de glucemia de una alpargata de esparto. Recuerdo que tengo en la mochila un tupper ware con dos sándwiches que me he hice para el trabajo y que se me olvidó comer en ese mismo trabajo. Con razón me baja el azúcar.
17:44. Abro el tupper ware y olisqueo el apetitoso manjar. Recuero que el bote ponía que estaba hecho de frango. No sé qué clase de sustancia de fantasía es el frango, pero huele razonable. Ingiero sendos sandwiches y me quedo como estaba.
17:50. Línea 4, altura Prosperidad. El azúcar en sangre me sigue bajando. El frango misterioso sabe bien, pero no es dulce. Se impone trazar un plan de acción. Me pongo a pensar, pero entre la falta de glucosa en el cerebro y la abundancia de colores en el metro, me mareo y paro de pensar. Decido seguir la estrategia de la culebra de agua: enroscarse y no moverse para ahorrar energía y, cuando recupera un poco, acudir raudo a la caza de una presa rica en carbohidratos. Intento enroscarme sobre mí mismo, pero acabo rodando por el suelo. Mejor me quedo sentado.
17:57. Avenida de América. Cuando voy a salir del vagón una señora entra, me empuja y me devuelve dentro del vagón. La miro. Me mira. Me pone mala cara y encima me llama maleducado porque, según su teoría, debería salir por el centro de la puerta, no por los lados. Sopeso la posibilidad de reventarle la cabeza contra el canto del andén, pero tengo otras prioridades y la dejo ir. Le pronostico una muerte cercana.
17:58. Como en realidad no soy una culebra de agua y además vivo en el primer mundo, desestimo la posibilidad de intentar cazar algún pequeño mamífero y adquiero una chocolatina Twix en un kiosko de la estación. La ingiero. Me siento mucho mejor, pero me doy cuenta de que voy a ir al dentista con los dientes llenos de chocolate, galleta y caramelo, por este orden. Necesito un baño para limpiarme la piñata. Miro a mi alrededor. La estación tiene kioskos pero no baños públicos. Viva el capitalismo. Busco el andén de la línea 6, me cercioro de que no hay señoras haciendo placajes y me monto en el tren.
18:10. Llego a la parada de República Argentina, mi destino, salgo a la calle y entro a un bar. Me parece feo entrar directamente al baño, así que pido un café y pregunto que dónde está el excusado. Me dirijo a él y me limpio los dientes con el dedo como un cavernícola del Pleistoceno.
18:11. Vuelvo a la barra, me tomo mi café echando leches y, una vez lo he hecho, me doy cuenta de que me he vuelto a ensuciar los dientes con el café. Regreso al baño blasfemando en arameo y, concatenando la gilipollez, por poco no pido otro café y me quedo encerrado en un bucle de limpiarse los dientes y tomar café por toda la eternidad. Me limpio la piñata por tercera vez en el día y me voy echando virutas.
18:15. Llego corriendo a mi Clínica Adeslas Dental de confianza y entro. Le digo a la señorita recepcionista que tengo cita con el doctor González. Me dice que muy bien, que enhorabuena, pero que no sabe quien es y que tengo que preguntar en la planta en la que trabaje el tal señor González.
18:22. El doctor González trabaja en la cuarta planta y yo me cago en su madre. Llego a la cuarta planta resollando más que Falete en la contrarreloj de los Lagos de Covadonga. Le digo a la señorita recepcionista de la cuarta planta que hola y que tengo una cita con el señor González. Me dice que si soy Rubén. Le digo que sí y le felicito por sus poderes de adivinación. Me dice que no es adivina, que es que llevan cinco minutos esperándome y que le de la tarjeta y el volante pero a la voz de ya. Hundo la cabeza en la mochila y tras desparramar por la recepción la cartera, el MP3, el abono transporte, dos libros, un post-it, la agenda, un paquete de chicles y un palo –¡un palo!– le anuncio que he olvidado el volante. Me mira con cara de odio y me hace pasar.
18:23. El doctor González me sienta en el potro y me reclina hacia abajo más y más hasta que las piernas me suben a más altura que la cabeza, y sigue bajándome hasta que me escurro como un arenque para abajo y casi me abro la cabeza contra el suelo. Me agarro al asidero y le digo que si no puede reclinarme menos. Me dice que no, que las muelas de arriba es lo que tienen. Le iba a decir que yo no decido donde me nacen las muelas, pero la enfermera se aproxima con la aguja torcida para paladares inquietos porque, no sé si lo saben, servidor de ustede sufre una "aberración anatómica" (sic.) y las anestesias me las tienen que poner en el cielo de la boca. Le digo que si cabe la posibilidad de no clavarme cosas en el paladar, y me dice que tampoco, que las muelas de arriba también tienen eso. Me resigno y me clava el aparato en el cielo de la boca. Para abstraerme, pienso en gatos muertos.
18:25. El doctor González y la enfermera de prácticas, que se llamaba Marta, se aferran al saca-muelas ambos con ambas manos porque, dicen, está muy asentada. Pienso que no te jode, cómo va estar, y sigo a mis gatos. Para distraerme, la enfermera me saca de mis ensimismamientos y me pregunta que si me han sacado los premolares o es que nací sin ellos, costumbre muy de dentista ésta de preguntarte cosas cuando no puedes responder porque tienes la boca llena de cacharros. Le mascullo que si ella ha nacido con esa cara o es que se la han sacado, pero me dice que no mastique el instrumental quirúrgico del doctor. Hay que joderse.
18:27. El doctor González exhibe triunfal la muela recién extraída y Marta, la lerda, aplaude la faena. Acto seguido Marta me embute en la boca doscientos cincuenta gramos de gasas, que expulso en espectacular arcada. El doctor González la mira como diciendo para una cosa que haces, hija, y me pone una gasa de tamaño razonable, que no expulso ni nada.
18:28. El doctor González me dice que nada de enjuagarme en media hora, ni de comida caliente, ni de tabaco ni de alcohol. El doctor González debe pensarse que tengo el chichi para farolillos.
18:30. Como soy rebelde paso del doctor González y me enciendo un cigarro según salgo. Al ir al exhalar el humo la anestesia no me permite coordinar movimientos gastrolaríngeos y en lugar de exhalar humo escupo, tipo aspersor, una mezcla de babas con sangre con humo. Una señora me mira como si fuera tuberculoso o Belcebú, Duque del Inframundo. No la culpo.
18:32. Deposito mi gasa en una papelera, a los dos minutos de los treinta que me había prescrito el dentista, con toda la elegancia que puedo teniendo en cuenta que la señora se ha detenido y me mira fijamente. Rebusco en mi mochila, me cercioro de que he olvidado los kleenex pero confirmo que llevo, en efecto, un palo. Si me encuentro con un cocodrilo, tendré con qué neutralizar sus mandíbulas. Soy una persona equipada ante los imprevistos.
18:33. Me monto en el metro, de vuelta a casa. Me aseguro de que la señora no me sigue. Durante el trayecto repito la escena del aspersor varias veces, una de ellas con arcada incluida que casi tiene final apoteósico cobre la cabeza de una niña que pasaba por ahí. Su padre me miró como si yo tuviese raptados a todos los niños desaparecidos del planeta, pero se abstuvo de pegarme una hostia, supongo que por miedo a la tuberculosis.
18:50. Llego a casa y mi compañero de piso me dice que me ha llamado para ir a recogerme en coche a la clínica pero que tengo el móvil en silencio. Lo compruebo. En efecto, está en silencio. Qué suerte tengo, pienso. Se nota que Marte ha entrado en mi casa astral.





Publicado por
El señor de las moscas


7 comentarios en el bote:
En efecto, querido, marte ha entrado en tu casa astral. Da gracias, con mi última muela del juicio hará como dos meses, acabé tres veces en urgencias....Lako
pero qué historias te pasan. yo no puedo hablar de muelas, ni de dentistas porque gracias a Marte o al planeta que sea, nunca me han tenido que sacar una. Ahora a recuperarte!!!
y Juanes no es tan bello.
jajajajajaja llorando de la risa me tienes!!
Provinciana como soy, nunca deja de fascinarme cuando voy a Madrid la parada "Mar de Cristal". Y ya no digamos "Prosperidad". Es tan poético todo.
En Valencia (que tampoco es la ciudad de la que soy oriunda) como mucho tenemos "Safranar", que menuda mierda de nombre.
@oh!rus!
Calle calle, que mí me ocurrió lo mismo cuando llegué a Madriz. No vea la risita que me entraba cada vez que decía que tenía que ir a Ríos Rosas.
Precisamente estoy yo en casa reponiéndome de la extracción de no una, sino dos muelas, y casi se me saltan todos los puntos al leer esta historia. Lloro de la risa literalmente. ¡Gracias! Aunque nunca cierren esos agujeros en el paladar
A mí es que me da no sé qué quitarme las muelas del juicio, que para algo estarán ahí, como los lóbulos de las orejas, que son imprescindibles y punto.
En Málaga metro aún no (se ve que están encontrando cosas que se habían olvidado de que las habían enterrado), pero en el cercanías está "Next stop El Pinillo", que en la vida sonará bien.
Por cierto, tuve un novio que se apellidaba Das, y el mío es Rosas, así que lo tuvimos que dejar. Hay que gente que no. Chico ataque de risa me dio en el trabajo cuando tuve que llamar a un David Mira Paya. Poca vergüenza...
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