... El porqué de una mosca encerrada en un bote: Diagnóstico y prognosis

26 de abril de 2009

Diagnóstico y prognosis

26 de abril de 2009
Tengo amigdalitis. Una amigdalitis de caballo. Una amigdalitis que no se la deseo yo ni a mi peor enemigo.

A esta espantosa conclusión podría haber llegado yo sólo únicamente con observar el tamaño de mis amígdalas. O con observar mis amígdalas a secas, que es una parte del cuerpo que, hasta ayer, se lo juro, yo hubiera jurado que no existía. O al menos, que no existían en mi propio cuerpo. Como los músculos que le salen a Batman por debajo del costillar. Son cosas que están descartadas de antemano en la anatomía de uno.



Y claro, comprenderán que el hecho de vivir inconsciente de tus propias amígdalas hace que no barajes la amigdalitis como posibilidad a la hora de diagnosticar porqué tienes las amígdalas hinchadas. Y dirán ustedes, ¿acaso hay alguien tan tonto del culo como para caer en este silogismo gilipollas? Pues yo mismo, sin ir más lejos. Como sofista griego, no tengo precio.

Descartada la amigdalitis de antemano, sólo existen tres posibilidades plausibles que expliquen la hinchazón debajo de la mandíbula:

Posibilidad número uno: soy un hámster, me han dado pipas peladas y he decidido guardarme unas cuantas en el buche para más tarde, quién sabe cuándo volverán a darme pipas, y ya no digamos pipas peladas.
Me miro; observo que no estoy recubierto totalmente de pelo y que no peso 500 gramos. Esto último, es que ni de coña, añado mentalmente. Decido que son razones suficientes para concluir que no soy un hámster. No le doy más vueltas porque, lo que les digo, soy un poco sofista y si empiezo a darme argumentos sería capaz de llegar a la conclusión de que no puedo afirmar que no soy un hámster.

–Posibilidad número dos: la hinchazón debajo de la mandíbula se debe a que soy una rana cantora y en estos momentos estoy entonando una tonada de apareamiento a papo hinchado, en búsqueda de mi hembra, a quien quiero fecundar para tener doscientos o trescientos renacuajos.
Me miro; observo que no estoy totalmente lampiño y que no soy verde, aunque esto último no lo puedo asegurar porque soy daltónico y a lo mejor soy fucsia con rombos naranjas, vete tú a saber. Pese a esta duda, concluyo que no soy una rana porque las ranas son hermafroditas y yo no lo soy, o al menos no lo era hasta hace cinco minutos, cuanto tuve ocasión de verme el pito con motivo del pis que hice. Me vuelvo a mirar. El pito sigue ahí. No soy hermafrodita, ergo no soy una rana.
–Posibilidad número tres; soy un ser humano y tengo dos tumores malignos debajo de la mandíbula, claro síntoma de cáncer terminal.
Y me quedo con la posibilidad número tres porque, estarán conmigo, las posibilidades número uno y dos estaban bastante cogidas con alfileres. Así es mi método de diagnóstico que, de verdad, no sé qué hago que no lo patento y me hago de millones.

Como no soy nada aprensivo, empiezo a imaginarme que los tumores se me están comiendo el cerebro empezando por debajo de las mandíbulas y que a así a ojo mi esperanza de vida está en unos veinte minutos. Ante tan halagüeña perspectiva, acudo presto a mi centro clínico de confianza sin caer presa del pánico ni montar un espectáculo, Rubén, que nos conocemos –me ordeno mentalmente–, y entro corriendo por la puerta de urgencias profiriendo gritos y agitando los brazos en el aire. Me empotro contra el mostrador de la entrada:

¡Rápido, enfermera! –le grito a la enfermera recepcionista– ¡No hay tiempo para enseñarle la tarjeta!

Y me interno corriendo por los pasillo del hospital hasta que encuentro una habitación lo suficientemente equipada como para ser la consulta de un médico. Me tiro en plancha sobre la camilla, y le digo a la señora médico que ahí estaba que haga el favor de sentarse en la silla –de la que previamente se había caído–, que estoy a las puertas de la muerte y que no tenemos todo el día.

Pues resulta que tengo fiebre, malestar general y accesos de vómito –le expongo–.

–¿Y llegas a vomitar? –me responde ella cuando se recupera de la arritmia–.

–No. Pero los accesos, ahí están.
Me gusta puntualizar.

–Y además tengo hinchado aquí –añado, señalándome debajo de la mandíbula–.

–¿Las amígdalas?

–No. Aquí –
puntualizo, señalándome las amígdalas–.

–¿En las amígdalas?

–No. Aquí –
insisto, señalándome las amígdalas–.

–Es que ahí están las amígdalas –me dice la médico–.

–No, pero no son las amígdalas ­–le replico, señalándome con ahínco las amígdalas–.
La médico se levanta, me palpa debajo de la mandíbula y se vuelve a sentar.


–Eso son las amígdalas, hijo.


–¿Está segura?


–Pues hombre, a no ser que tú tengas ahí el duodeno. Como médico, debo decir que eso es altamente improbable.


–Yo creo que tengo el duodeno en su sitio.


–Eso creo yo.
Éste son el tipo de conversaciones que mantengo yo siempre con los médicos. No se crean que es puntual.

Bueno, pues te vas a tomar un antibiótico, en dos días deberías estar perfecto –concluye la doctora.

–Pero, vamos a ver, ¿no me ve que estoy al borde de la muerte? Tendrá usted que hacer algo, ¿no? Una biopsia, digo yo, un electrocardiograma, no sé, píncheme en la columna, algo así.

Ya le he dicho que tiene amigdalitis, caballero. Tranquilícese. Tenga.

–¿Qué es esto?

–La receta.

–No, lo que hay escrito, que no entiendo la letra. Si me lo escribe en sánscrito, no creo que la de la farmacia vaya a entenderlo.

Amoxicilina.

–¿Y eso qué es?

–Un antibiótico.

–Yo siempre tomo Augmentine.

–Bueno, pues ahora va a tomar Amoxicilina porque me sale a mí de los cojones.
En realidad no dijo esto, dijo que porque tenía pus y que era lo más indicado en estos casos, pero yo soy revisionista histórico y lo cuento como me da la gana.

Bueno, pues me voy –le espeto–. Ahora que una cosa le digo: como mañana me entre una metástasis fulminante, que sepa que le voy a meter un puro que se va a cagar. So lista.
No va a hacer falta, porque me lo he tomado y estoy bastante mejor. Por esta vez, ha tenido suerte. Feliz domingo.

1 comentarios en el bote:

Caliope dijo...

uf, pues me dejas mucho más tranquila! no por la amigdalitis ni por el duodeno fistro pecador ni nada... sólo que pensar que podrías ser un hamster o una rana... me ha descolocado! XD...

venga va, sí estaba pillada con alfileres, pero el revisionismo histórico lo ha subsanado! :P

remuas!

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