... El porqué de una mosca encerrada en un bote: Donde hay pelo hay alegría

19 de abril de 2009

Donde hay pelo hay alegría

19 de abril de 2009
El otro día estuve en la peluquería. Después de mucho reflexionarlo, he llegado a la conclusión de que la relación que mantengo con mi propio pelo ha trascendido los límites de lo preocupante y que ha llegado el momento de catalogarla como trágica. Y sólo porque me parece demasiado frívolo mentar la condición catastrófica para referirme a mi propio pelo. Al menos mientras persistan en el mundo el conflicto palestino, la extinción de las ballenas o la programación de Telecinco.


–¿Sabes que se te está cayendo el pelo?
Ésta es una pregunta que me hacen todos los peluqueros del planeta, sin excepción, cuando se disponen a cortarme el pelo. Deben estar obligados por ley o por su código deontológico. Si no, no me lo explico.


–Es difícil no darse cuenta –respondo yo–. Me rapas al uno por los lados y arriba, a tijera, por favor.


Y además lo tienes muy fino –insiste el peluquero–. Y muy débil.

–Ya. Una mierda, en resumen. Y me igualas las sienes, por favor.

–Deberías usar algún producto específico. ¿Usas algún champú anticaída?

–Si, pero me caigo igual. Proceda, por favor.



Pues si si, deberías… ¡huy, qué horror! ¡Qué horror, qué horror! –se escandaliza el peluquero, manos a la cabeza–. ¡¿Has visto esto que tienes en la parte de detrás de la cabeza?!


Si, dos calvas pequeñitas encima de una oreja. Me lo comentan siempre que vengo a la peluquería. Tengo un poquito de prisa, así que cuando usted quiera...


Pues tienes no una, sino ¡dos! calvas –comenta siempre el peluquero, y añade:– Y no son tan pequeñitas. –Y concluye:– Aparte de las entradas propiamente dichas. Puede ser por el estrés. ¿Sufres estrés?


–¿En mi vida en general, o en este momento en particular?

–En general. Porque yo me estresaría, desde luego, si me saliesen calvas por la cabeza.
Este razonamiento lógico del tienes calvas por el estrés, ergo estrésate por tener calvas, me lo han expuesto dos peluqueros distintos en puntos del espacio-tiempo completamente diferentes. Se lo prometo. Da qué pensar. Al primero de ellos intenté hacerle ver la imposibilidad lógica de su argumentación, pero me dejó sentado hablando solo sobre el silogismo empirista, sólo para regresar cuando ya había acabado, con un champú al pepino buenísimo buenísimo buenísimo –palabras literales–. Con el segundo decidí no malgastar mis dotes pedagógicas y le pregunté directamente si no tendría algún champú al pepino, resultando que sí y que también era buenísimo buenísimo buenísimo.

Y es que, en efecto: soy un hombre que ha llegado prematuramente a ese terrible estado al que llegamos todos los hombres en algún momento de nuestras vidas respectivas, en el cual empieza a caérsete pelo de donde debiera estar y, a la vez, empieza a crecerte en los sitios en dónde no debiera estar. Particularmente he notado que me crece pelo en lugares de la anatomía donde preferiría que me crecieran flores. Todo esto, claro, según los cánones dominantes; luego hay por ahí gente de los de el hombre como el oso, cuanto más peludo, etcétera. Para mi desgracia, siento un encendido fervor por los cánones dominantes.

Después de probar todos los champús anti-caida, fortalecientes del folículo y tratamientos con vitamina de papaya, he llegado a la conclusión inamovible de que el pelo no se diferencia, en esencia, del resto de materias sujetas a la ley de la gravedad elemental. Por ende, soy de los que piensan que lo único que frena la caída del cabello es el suelo. Concedo en que existan tratamientos que acaso pudieran ser eficaces en la retención del piloso elemento, como los que salen en la televisión, que te mandan un rayo-láser mortal directamente a la raíz del vello, chiun, y luego se completan con un masaje craneal a base de jugo de pepino destilado y bueno bueno, se te queda el pelo firme y enhiesto como el de un jabato. Concedo esto. Pero veo en este tratamiento una problemática similar a la de toda fenomenología que implique una pistola de rayos-láser; son cosas caras y, a la vez, altamente proclives a ser mentira. Y antes de que se pongan chulos y me mencionen los remedios caseros de la Botica de la Abuela les diré que ni muerto pienso embadurnarme la cabeza con mayonesa. Ya asistí una vez a este ritual iniciático del metrosexual de feria, celebrado en el propio baño de mi propia casa –que no en mi propia cabeza; si me dan a elegir, antes prefiero sufrir vergüenza ajena que propia–, con mi propio bote de mayonesa Kraft. No diré quién fue el protagonista de tan olorosa hazaña porque ese protagonista quiere mantenerse en el economato, y no le culpo: su genial idea de bombero torero sólo sirvió para que la ducha estuviera una semana oliendo a mayonesa –lo que constituye una experiencia inquietante para el sujeto duchante, especialmente por las mañanas– y conseguir en la cabellera un lustre que no por brillante dejaba de evidenciar una clara falsedad cantizanesca, amén de conferir al conjunto velloso una cualidad rígida más propia del pelo de un playmóbil que del de un ser humano.

Por todo esto y por mucho más, he de asistir al espectáculo que constituye ver cómo el cartón emerge por mi cráneo a ritmo desenfrenado no sólo eso; también a las humillaciones barra vejaciones, como les contaba antes, que sufrimos los hombres de hoja caduca cuando vamos a la peluquería.

Estas humillaciones públicas, no se crean, son sólo en el caso de que te toque el clásico peluquero homosexual –antes de que me llamen nazi cabrón rezumante de prejuicios; nótese que hay peluqueros heterosexuales, pero todos trabajan en barberías– el clásico peluquero homosexual, decía, bien en su variante florida, bien en su variante de bíceps gigantescos –que llamaremos variante popeye– o bien en su variante híbrida –popeye florido o mariquita musculosa–. Estos peluqueros, por razón de su condición masculina, quieras que no empatizan un poco con el aspecto de rata matada a escobazos que tiene el cabello de uno, y suelen no querer hurgar más en la herida, supongo que para poder dormir por la noche. Ahora bien; la cosa puede empeorar, y mucho, si te toca en suerte la variante clásica, es decir, la peluquera de Marco Aldani recién salida de la academia. Este espécimen es reconocible no sólo por pelo negro azabache con flequillo al bies y sus piercings hasta en el endometrio, si no también, y muy importante, por su flagrante falta de tacto y aparente ensañamiento hacia el tema de la alopecia. Esta actitud es fácilmente achacable a la hijadeputez congénita pero, no obstante, quiero yo aducirla, desde la filantropía, a una infancia de analfabetismo y conciertos de Maíta Vende Cá en lo más hondo del polígono en el que ha nacido.

Tengo la suerte de que este espécimen es el que suele tocarme siempre en la peluquería. No es paranoia mía; cuando uno tiene un cráneo que más bien diríase un coco recién caído de la palmera, las madames de la peluquería suelen decidir que es un buen coco para que practique la choni recién recogida de las calles, y suelen adjudicármela sin dilema ético alguno. Esto es, precisamente, lo que me ocurrió el otro día.

–¿Asín, o más? –me preguntó cuando acabó el corte, sin dejar de rumiar chicle y sosteniendo un espejo de mano para que me viera la nuca pero que misteriosamente apuntaba al techo–.
Me observo detenidamente la cabeza, y respondo.

–¿Esa raya que me cruza las sienes de lado a lado, sólo interrumpida por mi frente, que describe además una parábola, estando a diferente altura en cada lado de la cabeza, es a propósito o me la tienes que igualar?

–Es así.

–Ok. Pues quítamela, por favor.

–No se puede.

–Ya. Dios me libre de decirle a nadie cómo tiene que hacer su trabajo, pero creo que si se puede; se llama igualar, y es una práctica muy extendida en otras peluquerías.

–Si quieres te meto la maquinilla ­–fue su única respuesta–, pero te va a quedar otra raya. Vas a estar lleno de rayas.

–Ya. Como una cebra, entiendo. ¿Ninguna compañera tuya me lo puede igualar? Es que parezco un fraile benedictino.

–Mis compañeras están ocupadas.

–Ya. O sea, que me voy a ir con la raya, dices.

–Me parece que sí.

–Muy bien. Déjame el libro de reclamaciones.
Así que puse una hoja de reclamaciones, ensañándome todo lo que pude y descargando en ella la furia almacenada tras años de prematura alopecia, y me fui con mi raya y el resguardo de mi reclamación a llorar a otra peluquería, en donde una señora más profesional me igualó las sientes y tuvo la decencia de confirmarme que, en efecto, aquello era un esperpento. Un pequeño triunfo moral, ya ven, y sólo por cuatro euros de propina. Feliz domingo.

4 comentarios en el bote:

S. dijo...

jajajaj tengo un amigo que se tomaba pastillas para que no se le cayera el pelo por el stress pero lo que supo despues es que un efecto secundario era que no se le alzaba,no se le ponía para arriba... otra cosa más importante para él,asi que cuando vio que le crecieron 10 o quince pelos más,dejó las pastillas Cuestión de prioridades jajaja

ruben dijo...

Amiga S; me solidarizo formalmente con la situación de su amigo le comento que estoy completamente de acuerdo con su sentido de la prioridad. Ojalá que entre las brumas del ideario metrosexual, los anuncios de Pilexil y el resbaladizo concepto del Pelo Pantene consigamos todos atisbar la realidad última: que lo primero, amiga S, va primero. Y lo segundo, después.

S. dijo...

jajaja po si

Anónimo dijo...

Mi antiguo compañero de piso, mundialmente conocido por " caradeladilla" se tomaba dos pastillas al día apara evitar la alopecia. Pero es verdad que el prospecto está lleno de efectos secundarios que te dejaban estéril de cojones o semiestéril con el peligro de tener espermatozoides radioactivos tipo ukraniano y que te salgas hijos asimétricos por llamarlo de alguna manera. Yo no me la jugaba. ¿ has probarte a comprar una colección de pañuelos de colores para ponértelos en la cabeza, con cuatro nuditos a modo pirata, hacen muy mono, por aquí es la moda de los calvos.

Lako

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