... El porqué de una mosca encerrada en un bote: 23 de abril.

27 de abril de 2009

23 de abril.

27 de abril de 2009
Esta tarde me he ido a leer al parque de mi barrio. Yo hago este tipo de cosas por dos motivos: uno, porque a mí la primavera me pone de un bucólico que bueno, no vean. Con un riachuelo y cuatro árboles podría protagonizar yo sólo mi propia égloga pastoril. Y dos, porque tengo el montante de ocho libros pendientes, cientos de capítulos, miles de páginas, acumulando polvo en la estantería de mi habitación. Y, o me espabilo con los hábitos de lectura que tanto empeño puso la LOGSE en inculcarme –para los que también estudiaron la LOGSE: esto que acabo de hacer es una ironía–, o me espabilo, les decía, o se me van a juntar con los previsibles otros ocho libros de mi cumpleaños del año que viene. Les explico.


La primera gran tragedia de mi vida tuvo lugar el día de mi nacimiento. Ese día resultó ser uno diferente al que el médico había calculado en principio. No le culpo porque en Cantabria, en esa época, los métodos médicos para predecir cuándo una señora salía de cuentas eran más precarios que ahora y en la mayoría de los casos requerían saber interpretar la posición de los huesos de cabra cuando uno los remueve en una bolsa y los tira al suelo. Conocimiento que, en principio, no se le puede exigir a un médico, y menos a uno de la Seguridad Social.

El caso es que vine a nacer un lluvioso 23 de abril a las once de la mañana, siete días después de lo previsto y para descanso de mi madre que, además de haber perdido por completo la forma humana en la última semana, empezaba a desesperarse porque su futuro neonato tuviera el tamaño que auguraba el creciente bombo, y llevaba tres días soñando que daba a luz a una bombona de butano. Y no de las de camping–gas, aseguraba aterrada por la mañana.

Esto trastocó los planes de mis padres de llamarme Jorge, que era, originalmente, el nombre que me había tocado en suerte. Porque el 23 de abril es San Jorge, Sant Jordi para los catalanoparlantes, día que los citados catalanoparlantes y los catalanosimpatizantes en general aprovechan tradicionalmente para reivindicar la cultura catalana, y día que mi padre aprovecha tradicionalmente para reivindicar que la cultura catalana le gusta muy poco.

–Lo único que me faltaba es tener que llamar Jordi a mi primogénito –bramó mi padre–.

–Bueno, pues le llamas Jorge, y ya está –terció mi madre–.

–¿Y los niños en el colegio, qué? Seguro que le acaban llamando Jordi. Que los niños son muy crueles.
Como los niños son muy crueles tampoco prosperó la segunda opción, que era llamarme Germán. El motivo de esto es que la serie en boga en esos tiempos era La Familia Monster, capitaneada por su padre, German Monster.
Seguro que los niños en el colegio le acaban llamando Germán Monster, y luego el Mónster a secas, y el niño se nos llena de traumas.

No creo que vayan a estar poniendo La Familia Mónster hasta dentro de seis años que el niño empiece a ir al colegio –arguyó mi madre, que siempre ha tenido una intuición felina para la vida útil de las ficciones televisivas; deberían ver con qué escalofriante puntería predijo el final de Médico de Familia–.

Me da igual. De Germán, nada.
La tercera opción la aportó mi abuelo paterno, que en un arranque de originalidad que nunca nadie se ha explicado en mi familia, sugirió que me llamasen Wamba, como un rey visigodo que él personalmente –explicó– siempre había admirado bastante. Después de que mi madre abandonase el suelo, a dónde se había tirado para poder carcajearse y patalear con las piernas hacia arriba –durante quince o veinte minutos, según testimonios–, volvió a la cama, recuperó la respiración, pidió que sacasen al viejo carcamal demente ése de la habitación, que acababa de parir y que no estaba para que le entrase el flato ahora, y anunció unilateralmente que me iba a llamar Rubén. Cosa que le agradezco, la verdad, porque pese a que Jorge y Germán son dos nombres muy aceptables, a mí Rubén me gusta más. Aunque los anglosajones siempre acaben preguntándome si soy judío.

A lo que iba yo originalmente, antes de emprender este tour por los Cerros de Úbeda, es que a que nací el 23 de abril, día del libro –lo que a su vez, por cierto, constituye otro tour superior por los cerros de Úbeda respecto del propósito original del presente tocho, esto es, contarles la experiencia paranormal que sufrí el otro día leyendo en el parque: así soy yo, un hombre capaz de perderse en sus propias subordinadas–. Nacer el día del libro, no sé si se dan cuenta, constituye un drama sólo superado por nacer el 5 de enero –esto es directamente una tragedia–. Y más para un niño. A todo el mundo le parece una coincidencia absolutamente genial, vamos, digna de celebrarse regalando un libro. Desde que tengo uso de razón, todos los cumpleaños de mi vida aparecía un adulto con un regalo con forma de libro y peso de libro, se lo escondía detrás de la espalda, ponía la clásica voz con la que los adultos se dirigen a los niños, los subnormales y los perros –sin distinción de género–, y preguntaban:

Rubencito, ¿sabes que hoy es el Día del Libro?
Si –respondía yo–.

–¿Y sabes qué se les regala a los niños que cumplen años el Día del Libro? –preguntaba el adulto en cuestión, zarandeando en el aire el regalo con forma de libro y peso de libro–.

Pues no lo sé –respondía yo, mirando el paquete, y devolviendo después la mirada al adulto: –, porque a mi hermano le regalaste una PlayStation. Y que yo sepa, el 12 de octubre no es el Día de la PlayStation.
El adulto en cuestión me miraba, miraba el regalo, pestañeaba, luego me volvía a mirar, volvía a pestañear, y finalmente miraba a mi madre.

Hay qué ver lo maduro de pensamiento qué es ya tu Rubencito –le decía–.

Y lo repelente ­–añadía mi madre, que nunca ha sido amiga de los eufemismos, todo esto mientras me fulminaba con la mirada–.

Bueno, mujer; se nota que lee mucho –advertía el adulto en cuestión, queriéndolo arreglar–.

Cómo para no –anunciaba yo, y me callaba en ese punto porque a mi madre empezaban a inyectársele los ojos en sangre–.
Conclusión; en mi corta vida, y a golpe de veintitreses de abriles, he ido acumulando las colecciones completas de Los Cinco, Los Hollister y El Barco de Vapor. Y eso que, como siempre fui muy leído –o muy repelente, según quién cuente el testimonio–, iba por delante de mi nivel de lectura y maldita la gracia que me hacían esos libros –cuyo nivel intelectual explica el porqué de que haya gente que hable igual a los niños, a los subnormales y a los perros–. Volvamos al ejemplo de antes. El adulto en cuestión me da el regalo con forma de libro y peso de libro, lo abro, descubro ¿qué? ¿una sandwichera? ¡no, un puto libro!, y anuncio:
Qué bonito.

En efecto, Rubén, es muy bonito ­–confirmaba mi madre, pellizcándome la nuca con un ahínco impropio de alguien que no quiera dejarte tetrapléjico–.
¿Cómo se titula?
–"El pirata Garrapata en la ciudad prohibida de Pekín casi pierde el peluquín" –leo–.

Espero que te guste –deseaba el adulto regalante en cuestión–.
Mis sobrinos lo han leído y les ha encantado. ¿Te gustan los libros de El Barco de Vapor?
Pss..ssí..

Le encantan –corroboraba mi madre, elevando la potencia del pellizco a varias atmósferas por centímetro cuadrado–. Le pirran. Le chiflan.

A ver, Rubencito –insistía el adulto en cuestión; de verdad, qué pesados que son los adultos a veces–, ¿cuál es el último libro que has leído?
En ese momento, cojo aire y respondo:
Pues mire usted, el último fue la Geometria Universalis de Apolonio de Rodas. Y ahora mismo estoy con la biografía apócrifa de Heisenberg. Pensaba complementarlo con la relectura de Tres Jinetes, de Bruno Schulz, pero ya que usted me regala el libro éste, a lo mejor me lo pienso y aparco momentáneamente a los autores checos de entreguerras, la verdad que perder el peluquín es un recurso cómico al que pocos aficionados a la lectura podrían resistirse.
El adulto me volvía a mirar, pestañeaba, miraba a mi madre, pestañeaba de nuevo, me volvía a mirar, volvía a pestañear, y finalmente se dirigía a mi madre:
–¿Quieres un gin-tonic? –le proponía–.
–Por favor.
Esta costumbre de regalarme libros no ha perecido con el tiempo, y a mis veinticuatro años, me siguen regalando mayoritariamente cosas con páginas. Eso sí: a diferencia de antes, la gente de mi paisaje humano circundante es más consciente de mis gustos literarios –consciencia que podrían extender a las camisetas, otro día les explico por qué– y tiene a regalarme libros que me gustan. Lo cual está muy bien y yo celebro –desde luego, lo prefiero a qué determinadas camisetas: lo dicho, que otro día les cuento, si es que consigo retenerlo en mi cerebro–. Para que se hagan una idea, ahora mismo se me apelotonan en la estantería Iras Celestiales, de Douglas Adams, el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, Wilt, de Tom Sharpe, Los Hombres que no amaban a las mujeres, del recién finado Stieg Larsson –en esto no me siento mucho más original que el resto de millones de españoles que se lo están leyendo–, Física de lo Imposible, de un señor japonés que se apellida Kaku –juju–, una recopilación de cuentos de K. Dick –fricadas, ¡mieeeen!–, la Historia de España escrita por César Vidal y Federico Jiménez Losantos –al que pienso dedicar una actualización en este mismo blog, si no tres o cuatro o quince: la mandanga bien lo merece–, las Cosmicómicas de Calvino y finalmente, Más respeto que soy tu madre, de Hernán Casciari. Por cierto que este último lo tengo por descubrimiento y único más allá digno de mención en la comedia de costumbres literaria española desde que Elvira Lindo abandonó el género. Altísimamente recomendable.

Ahora no se asusten: no voy a tener la poca vergüenza de ponerme a contarles lo que venía yo a contarles –mi peripecia cuando leía en el parque, ¿recuerdan?–. Soy un hombre consecuente con sus tochos, así que cierro aquí edición, que ya es hora, y les cito para sucesivas actualizaciones, en las que se lo contaré o no se lo contaré, depende del día. Mientras, les felicito a ustedes el lunes y les animo a que lean menos blogs y más libros, que el mundo está lleno.

9 comentarios en el bote:

Rubén dijo...

Habiendo quién no se cree que mi abuelo me quisiera llamar Wamba y acusándome de que me tomo unas licencias literarias que ni César Vidal en sus tardes más folclóricas, quiero invitar a algún miembro de mi familia -dense las primas por aludidas, especialmente- a que corrobore la versión de los hechos en este humilde post. Bastente tengo con quedar de pedante, como para que encima me pongan de mentiroso. Amos hombre.

Caliope dijo...

cuanta sabiduría!

Anónimo dijo...

Pues mi regalo no es un libro ya te lo digo de antemano. Y te va a gustar. Te hubiera gustado en el pasado por lo menos.....
Es más creíble lo de Wamba que la imagen de tu madre espararratum sum de carcajadas. Un pez llamado Wamba.

Lako

Anónimo dijo...

Soy una de las primas dada por aludida...
Confirmo que la historia es totalmente verídica.
Después de intentarlo con su hijo(padre de rubén y tio mio), el abuelo lo volvió a intentar con el nieto...

La iniciativa núnca llegó a buen puerto.....

Por cierto, puestos a confirmar también confirmo las otras alternativas.
Recuerdo perfectamente a mi tia dando explicaciones en el hospital de pq no se llamaría Germán el pobre chico :o)

rubén dijo...

Gracias por su intervención, prima aludida. Espero que hayan sido calladas las bocas oportunas.

Anónimo dijo...

Saramago es un mierda. Su gilipollez subversiva y harto molesta de no utilizar puntos, disfrazada de genialidad, me retuerce la médula. ¡ABAJO SARAMAGO! ¡ARRIBA PITITA! Ella sí que tiene imaginación:

'cuenta una experiencia que seguro que traerá cola: su inscripción en el Curso volador. Sucedió en Londres. Pitita asistió a un centro de meditación con la esperanza de salir del pozo en el que estaba inmersa tras la pérdida de sus dos hijos. El director del centro le propuso inscribirse en el Curso volador, aunque antes tuvo que dejar constancia de que había practicado la meditación durante dos años. Tras una preparación teórica, trasladaron a las integrantes del curso –Pitita y 25 señoras más– a una granja cercana a la capital.

Sostiene Ridruejo que durante varios días se dedicaron a captar la mayor cantidad de energía posible: “Dedicábamos el tiempo a la meditación, a escuchar música india, a comer y a descansar (…)”. Y llegó el día del vuelo. Las alumnas firmaron un documento en el que se comprometían a no revelar ninguna de las enseñanzas que recibieran, las metieron en una sala “con las paredes tapizadas de goma espuma para evitar que nos dañáramos si nos golpeábamos contra ellas cuando intentáramos elevarnos”, las sentaron en posición flor de loto y, acto seguido, las profesoras desaparecieron de la sala. Cuenta Pitita que una voz lejana les empezó a hablar y… sobrevino el prodigio. Volaron. “La última vez que nos reunimos en el Flying Room (cuarto volador), nuestras profesoras nos acompañaron y organizamos entre todas un insólito espectáculo difícil de olvidar. Parecíamos extraordinarias acróbatas elevándonos en el aire y cruzando el salón impulsadas por saltos llenos de ligereza”.

fdo/ Crispi

ruben dijo...

Amiga Crispi; con tu sola intervención fulminante, quede Saramago y la Academia Sueca en plena relegados a la altura del betún. A mí personalmente me gusta, aunque el libro éste me esté dando angustia existencial de la profunda. Pitita queda ya mismo en el panteón de las Biggest Ones, junto a Ana Botella, de quien algún día también me animaré a colgar algún extracto.

Nans dijo...

juas! mi hermano se llama Germán, y Wamba hubiera sido demasiado.
Siempre me pasa cuando te leo que todo lo que pueda tener de ficción me lo termino creyendo y encima, me lo imagino como si estuviera allí, además de pasármelo pipa claro jeje.
Por cierto, felicidades muy atrasadas :S y feliz día del libro ;)

ruben dijo...

Gracias, Anita, guapa, rubia, más que guapa!

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