Ángeles González Sinde, ex presidenta de la Academia del Cine Español, ha sido nombrada nueva ministra de Cultura. Esto ya lo sabrán porque ustedes son ciudadanos informados del siglo XXI que se leen hasta el editorial de El Mundo, ya son ganas de leer, y se ven el noticiero de Gabilondo tomando notas.
El anterior ministro de cultura a mí me caía regulín regulán. Les explico. Hace tiempo estaba yo viendo la televisión, empapándome de actualidad como ciudadano informado que también soy, a ver qué se van a pensar, mientras me comía un tazón de choco-crispis a palo seco, que es una cosa a la que le estoy cogiendo mucho gusto porque combina mis dos factores gastronómicos favoritos, a saber; el chocolate y comer a puñados. Bueno, pues estaba yo viendo la televisión, les decía, y dándole a los crispis como si no hubiera mañana, raca raca, cuando aparece en mi pequeña pantalla el ministro de Cultura César Antonio Molina, con su tupé característico, imponiéndole una medalla a un torero que, si no me equivoco, era Francisco Rivera. Hasta ahí todo correcto. Pero, en sintiéndome yo intrigado de porqué, fijate tú, el ministro de Cultura le ponía una medalla a un torero, subo el volumen de mi aparato televisor y oigo que la medalla es, agárrate a la goma de la braga, la de las Bellas Artes. Y no me pregunten qué más, porque no me enteré; con el estupor, un crispi providencial atragantóseme en plena junta de la tráquea, ni para atrás ni para adelante, y me pasé el resto del reportaje rodando por el suelo. Una vez expulsé de mi cuerpo el crispi y casi los ojos corrí raudo al televisor de nuevo, pero sólo alcancé a ver el final del reportaje, en el que ponen al ministro en cuestión soltando el speech correspondiente y diciendo, atiende, que si si, los toros son Cultura. Tan Cultura como cualquier otra cosa cultural. Como leer a Valle-Inclán, por ejemplo. O a Foucault. Decido qué no me lo puedo estar creyendo y, no teniendo un vaso de agua a mano y no encontrando mejor manera para expresar mi indignación, me tiro el tazón de crispis a la cara.
Ésta es sólo una de la escalada de despropósitos y más difíciles todavía, alehop –me digo a mí mismo mientras recojo los crispis– que se ha marcado el ministro Molina con arte, duende y tocotó, en una intentona bastante lograda por extender los límites de lo considerado Bellas Artes hasta los extremos del siempre dilatado espectro de la mamarrachez humana. Recuerdo con friolera y erizamiento de pezones el día en el que asistí atónito a la imposición de la misma medalla a Ferrán Adriá y, cómo no, al speech posterior, en el que el ministro afirmó y bien convencido, el hombre, que la cocina también es un Bello Arte, no digamos la alta cocina, y bueno, ni que decir tiene la alta cocina española, y qué no había ninguna diferencia de base entre una escultura de Rodin, por ejemplo, o un libro de Dovstoievsky, y un buen plato de soufflé de berenjenas abstractas cocinadas por el señor Ferrán Adrià. Abriendo así la veda, el feliz ministro, a que hoy se afirme sin vergüenza alguna –y digo vergüenza porque no quiero mentar la ética que implica torturar animales; en bastantes jardines me voy a meter hoy– se afirme sin vergüenza alguna, decía, que darle capotazos a un toro es un arte, y a que en breve se considere cultura a tirar cabras por campanarios –siempre que sea con salero característico–, a las carreras de carretillos o al muy exquisito pero históricamente denostado arte de sacudirse la chorra los unos a los otros. Y si no, al tiempo.
En fin; que el ministro de Cultura, que no. Así que estoy bastante contento con su mutis por el fórum. Le deseo una larga y feliz vida escribiendo sonetos a la luz del candil, pero lejos del ministerio. Hoy le dedico el post a la ministra entrante, la señora González Sinde. Y no porque me suscite un entusiasmo especial, que quede bien claro que no. Y si no, a sus guiones me remito, por llamarlos de alguna manera. Se lo dedico y rompo lanza a su favor, craj, porque la pobrecita ministra ha sido ya objeto de petición de dimisión. Al segundo día de su ministerio, nada menos, marcando así récord y plusmarca en la historia de los ministerios españoles del tipo que sean.
Han pedido su dimisión las asociaciones de internautas, así, en grueso. Y las asociaciones anti-SGAE. Y las asociaciones pro-abolición de derechos intelectuales en internet –que ustedes dirán, ¿también hay de esas? Y yo les respondo: haylas, haylas–. De un lado, este conjunto de asociaciones, que llamaremos alegremente Asociaciones de Amigos de lo Ajeno –este nombre se lo pongo yo sin complejos desde esta tribuna, que para eso es mía; ustedes llámenlas como les dé la gana– estas asociaciones, decía, acusan a la ministra de ser la cabeza pensante de los instrumentos del Estado para coartar la libertad que tenemos los ciudadanos a apropiarnos alegremente de lo que nos salga de los cojones, siempre y cuando esté en internet. Contenidos culturales, lo llaman. Capítulos de “Perdidos”, lo llamo yo. Y discos de Melendi. Y por otra parte, los enemigos de la SGAE, que de un tiempo a esta parte son todos los enemigos del Gobierno sin distinción de causa, acusan a la nueva ministra de ser poco menos que una dictadora pagaartistas y cobracánones que es, en resumen, a lo que se dedica la SGAE. A la cabeza de este segundo movimiento está, cómo no, Pedro J. Ramírez, llámenlo periodista llámenlo Faro de Occidente, que el otro día le dedicó a la ministra un editorial en la edición digital de El Mundo que bueno bueno, un primor de editorial. Se lo recomiendo encarecidamente.
Yo es que, llámenme raro, desviado, o directamente puto excéntrico, pero no me parece que esté bien coger lo que no es mío. Poco me importa que las discográficas sean de un usurero que da asco, o que las majors americanas que distribuyen el cine sean poco menos que la encarnación del mal. O que haya cosas difíciles de conseguir si no es en internet. O –ésta es muy buena– que cómo en las salas no ponen cine español, pues me lo bajo de internet. Todos estos factores, verdades gordas como cocos, por otra parte, me la traen al pairo frente a la certeza impepinable de otra máxima universal –aunque no tan universal en qué determinados países; lean entre líneas–: no se roba. No se coge lo que no es tuyo. Las cosas –la mayoría de las cosas– tienen un dueño. Si la cosa te gusta pero no es tuya, te jodes. Consecuencia ésta –el te jodes– en la que reside el verdadero problema, no se crean; los millones de usuarios que robamos en internet pertenecemos mayoritariamente a una generación poco acostumbrada, en términos generales, a jodernos. No va con nosotros, sencillamente. Si algo nos gusta, para nosotros. Y punto. No creo que este razonamiento lleve a ninguna parte buena, pero tampoco voy a incidir aquí porque, lo dicho, mejor ir de jardín en jardín.
Soy consciente de que cuando se dice “derechos de autor” la mayoría de la gente –desde la ignorancia, muchas veces, o desde el razonamiento que resulte más cómodo para el pensante, que es decir lo mismo que ignorancia– cuando se dice derechos de autor, decía, pensamos en Bisbal recibiendo sus pingües beneficios de manos de la SGAE, en sacas con símbolos del dólar, y comprándose con este dinero un yate. Y se nos llena la boca con argumentos. A nadie se le ocurre pensar –o no quiere, que es peor– en los miles de puestos de trabajo de las industrial culturales que se pierden no por una descarga, ni por dos, si no por el asalto colectivo y a mano armada que en España hacemos con los tan cacareados contenidos culturales. Un saqueo masivo al que tenemos que agradecer que cada vez haya menos puestos de trabajo para técnicos de sonido, realizadores, guionistas, scripts, microfonistas, eléctricos, figurinistas, decoradores, actores, montadores, técnicos de etalonaje, fotógrafos, técnicos de laboratorio de revelado, cámaras, dialoguistas, mezcladores, editores de audio, profesionales de producción, jefes de efectos, iluminadores, maestros de armas, maquilladores, peluqueros, caracterizadores, técnicos de estudio, dobladores, jirafistas, diseñadores, cabinistas, proyeccionistas, técnicos de efectos, dibujantes, locutores. Y un larguísimo etcétera, de cuya magnitud se darán cuenta si en algún momento desvinculan esta discusión de la imagen de Pilar Bardem abanderando manifestaciones, y atienden a la cruda realidad de los hechos: el cine español, la producción audiovisual española y la música española se están yendo al carajo, literalmente. Y que su supervivencia no esté supeditada a la subvención pública o al cobro de cánones no depende, como muchos dicen para hervor de la sangre de otros –de la mía, por ejemplo–, de que mejore en calidad. Depende que todos dejemos de robarle sistemáticamente el fruto de su trabajo, si no es por ética, que está visto que no, porque el robo está prohibido por la ley, y punto. Cuando la música, el audiovisual y el cine españoles recojan sus legítimos beneficios, verán cómo la cosa crece, se suspenden las subvenciones, se paga a mejores profesionales, se hacen productos mejores y, en fin, oferta y demanda elementales. Es, creo yo, de una evidencia tal que me parece gilipollas explicarlo. Ojalá –y ahora les hablo como profesional de los medios que conoce el sistema mínima, muy mínimamente– ojalá el cine español no tuviera que vivir de subvenciones. Sería un cine muchísimo mejor. Más abundante, y mejor.
En fin, que me enervo vivo, y no es plan, que es domingo y hace solecito. Me he quedado a gusto, y eso es lo importante. Les dejo que reflexionen y, si quieren, que me llamen demagogo en el post. O que me acusen de no tener perspectiva histórica, que también me da mucho gustito. Mientras, sean felices. Feliz domingo.
El anterior ministro de cultura a mí me caía regulín regulán. Les explico. Hace tiempo estaba yo viendo la televisión, empapándome de actualidad como ciudadano informado que también soy, a ver qué se van a pensar, mientras me comía un tazón de choco-crispis a palo seco, que es una cosa a la que le estoy cogiendo mucho gusto porque combina mis dos factores gastronómicos favoritos, a saber; el chocolate y comer a puñados. Bueno, pues estaba yo viendo la televisión, les decía, y dándole a los crispis como si no hubiera mañana, raca raca, cuando aparece en mi pequeña pantalla el ministro de Cultura César Antonio Molina, con su tupé característico, imponiéndole una medalla a un torero que, si no me equivoco, era Francisco Rivera. Hasta ahí todo correcto. Pero, en sintiéndome yo intrigado de porqué, fijate tú, el ministro de Cultura le ponía una medalla a un torero, subo el volumen de mi aparato televisor y oigo que la medalla es, agárrate a la goma de la braga, la de las Bellas Artes. Y no me pregunten qué más, porque no me enteré; con el estupor, un crispi providencial atragantóseme en plena junta de la tráquea, ni para atrás ni para adelante, y me pasé el resto del reportaje rodando por el suelo. Una vez expulsé de mi cuerpo el crispi y casi los ojos corrí raudo al televisor de nuevo, pero sólo alcancé a ver el final del reportaje, en el que ponen al ministro en cuestión soltando el speech correspondiente y diciendo, atiende, que si si, los toros son Cultura. Tan Cultura como cualquier otra cosa cultural. Como leer a Valle-Inclán, por ejemplo. O a Foucault. Decido qué no me lo puedo estar creyendo y, no teniendo un vaso de agua a mano y no encontrando mejor manera para expresar mi indignación, me tiro el tazón de crispis a la cara.
Ésta es sólo una de la escalada de despropósitos y más difíciles todavía, alehop –me digo a mí mismo mientras recojo los crispis– que se ha marcado el ministro Molina con arte, duende y tocotó, en una intentona bastante lograda por extender los límites de lo considerado Bellas Artes hasta los extremos del siempre dilatado espectro de la mamarrachez humana. Recuerdo con friolera y erizamiento de pezones el día en el que asistí atónito a la imposición de la misma medalla a Ferrán Adriá y, cómo no, al speech posterior, en el que el ministro afirmó y bien convencido, el hombre, que la cocina también es un Bello Arte, no digamos la alta cocina, y bueno, ni que decir tiene la alta cocina española, y qué no había ninguna diferencia de base entre una escultura de Rodin, por ejemplo, o un libro de Dovstoievsky, y un buen plato de soufflé de berenjenas abstractas cocinadas por el señor Ferrán Adrià. Abriendo así la veda, el feliz ministro, a que hoy se afirme sin vergüenza alguna –y digo vergüenza porque no quiero mentar la ética que implica torturar animales; en bastantes jardines me voy a meter hoy– se afirme sin vergüenza alguna, decía, que darle capotazos a un toro es un arte, y a que en breve se considere cultura a tirar cabras por campanarios –siempre que sea con salero característico–, a las carreras de carretillos o al muy exquisito pero históricamente denostado arte de sacudirse la chorra los unos a los otros. Y si no, al tiempo.
En fin; que el ministro de Cultura, que no. Así que estoy bastante contento con su mutis por el fórum. Le deseo una larga y feliz vida escribiendo sonetos a la luz del candil, pero lejos del ministerio. Hoy le dedico el post a la ministra entrante, la señora González Sinde. Y no porque me suscite un entusiasmo especial, que quede bien claro que no. Y si no, a sus guiones me remito, por llamarlos de alguna manera. Se lo dedico y rompo lanza a su favor, craj, porque la pobrecita ministra ha sido ya objeto de petición de dimisión. Al segundo día de su ministerio, nada menos, marcando así récord y plusmarca en la historia de los ministerios españoles del tipo que sean.
Han pedido su dimisión las asociaciones de internautas, así, en grueso. Y las asociaciones anti-SGAE. Y las asociaciones pro-abolición de derechos intelectuales en internet –que ustedes dirán, ¿también hay de esas? Y yo les respondo: haylas, haylas–. De un lado, este conjunto de asociaciones, que llamaremos alegremente Asociaciones de Amigos de lo Ajeno –este nombre se lo pongo yo sin complejos desde esta tribuna, que para eso es mía; ustedes llámenlas como les dé la gana– estas asociaciones, decía, acusan a la ministra de ser la cabeza pensante de los instrumentos del Estado para coartar la libertad que tenemos los ciudadanos a apropiarnos alegremente de lo que nos salga de los cojones, siempre y cuando esté en internet. Contenidos culturales, lo llaman. Capítulos de “Perdidos”, lo llamo yo. Y discos de Melendi. Y por otra parte, los enemigos de la SGAE, que de un tiempo a esta parte son todos los enemigos del Gobierno sin distinción de causa, acusan a la nueva ministra de ser poco menos que una dictadora pagaartistas y cobracánones que es, en resumen, a lo que se dedica la SGAE. A la cabeza de este segundo movimiento está, cómo no, Pedro J. Ramírez, llámenlo periodista llámenlo Faro de Occidente, que el otro día le dedicó a la ministra un editorial en la edición digital de El Mundo que bueno bueno, un primor de editorial. Se lo recomiendo encarecidamente.
Yo es que, llámenme raro, desviado, o directamente puto excéntrico, pero no me parece que esté bien coger lo que no es mío. Poco me importa que las discográficas sean de un usurero que da asco, o que las majors americanas que distribuyen el cine sean poco menos que la encarnación del mal. O que haya cosas difíciles de conseguir si no es en internet. O –ésta es muy buena– que cómo en las salas no ponen cine español, pues me lo bajo de internet. Todos estos factores, verdades gordas como cocos, por otra parte, me la traen al pairo frente a la certeza impepinable de otra máxima universal –aunque no tan universal en qué determinados países; lean entre líneas–: no se roba. No se coge lo que no es tuyo. Las cosas –la mayoría de las cosas– tienen un dueño. Si la cosa te gusta pero no es tuya, te jodes. Consecuencia ésta –el te jodes– en la que reside el verdadero problema, no se crean; los millones de usuarios que robamos en internet pertenecemos mayoritariamente a una generación poco acostumbrada, en términos generales, a jodernos. No va con nosotros, sencillamente. Si algo nos gusta, para nosotros. Y punto. No creo que este razonamiento lleve a ninguna parte buena, pero tampoco voy a incidir aquí porque, lo dicho, mejor ir de jardín en jardín.
Soy consciente de que cuando se dice “derechos de autor” la mayoría de la gente –desde la ignorancia, muchas veces, o desde el razonamiento que resulte más cómodo para el pensante, que es decir lo mismo que ignorancia– cuando se dice derechos de autor, decía, pensamos en Bisbal recibiendo sus pingües beneficios de manos de la SGAE, en sacas con símbolos del dólar, y comprándose con este dinero un yate. Y se nos llena la boca con argumentos. A nadie se le ocurre pensar –o no quiere, que es peor– en los miles de puestos de trabajo de las industrial culturales que se pierden no por una descarga, ni por dos, si no por el asalto colectivo y a mano armada que en España hacemos con los tan cacareados contenidos culturales. Un saqueo masivo al que tenemos que agradecer que cada vez haya menos puestos de trabajo para técnicos de sonido, realizadores, guionistas, scripts, microfonistas, eléctricos, figurinistas, decoradores, actores, montadores, técnicos de etalonaje, fotógrafos, técnicos de laboratorio de revelado, cámaras, dialoguistas, mezcladores, editores de audio, profesionales de producción, jefes de efectos, iluminadores, maestros de armas, maquilladores, peluqueros, caracterizadores, técnicos de estudio, dobladores, jirafistas, diseñadores, cabinistas, proyeccionistas, técnicos de efectos, dibujantes, locutores. Y un larguísimo etcétera, de cuya magnitud se darán cuenta si en algún momento desvinculan esta discusión de la imagen de Pilar Bardem abanderando manifestaciones, y atienden a la cruda realidad de los hechos: el cine español, la producción audiovisual española y la música española se están yendo al carajo, literalmente. Y que su supervivencia no esté supeditada a la subvención pública o al cobro de cánones no depende, como muchos dicen para hervor de la sangre de otros –de la mía, por ejemplo–, de que mejore en calidad. Depende que todos dejemos de robarle sistemáticamente el fruto de su trabajo, si no es por ética, que está visto que no, porque el robo está prohibido por la ley, y punto. Cuando la música, el audiovisual y el cine españoles recojan sus legítimos beneficios, verán cómo la cosa crece, se suspenden las subvenciones, se paga a mejores profesionales, se hacen productos mejores y, en fin, oferta y demanda elementales. Es, creo yo, de una evidencia tal que me parece gilipollas explicarlo. Ojalá –y ahora les hablo como profesional de los medios que conoce el sistema mínima, muy mínimamente– ojalá el cine español no tuviera que vivir de subvenciones. Sería un cine muchísimo mejor. Más abundante, y mejor.
En fin, que me enervo vivo, y no es plan, que es domingo y hace solecito. Me he quedado a gusto, y eso es lo importante. Les dejo que reflexionen y, si quieren, que me llamen demagogo en el post. O que me acusen de no tener perspectiva histórica, que también me da mucho gustito. Mientras, sean felices. Feliz domingo.





Publicado por
El Señor de las Moscas



6 comentarios en el bote:
Por favor, podrías indicarme en que punto la ley dice que quieres que diga.
¡Señor Astorgano! Cuán grato encontrarlo por estos lugares.
Una vez entendida su propuesta –que le prometo, sin acritud ninguna, que no la entendía–, le traigo DOS a falta de una ley.
Ley de propiedad intelectual de 2006. Artículo 25. Compensación equitativa por copia privada.
1. "La reproducción realizada exclusivamente para uso privado, mediante aparatos o instrumentos técnicos no tipográficos, de obras divulgadas en forma de libros o publicaciones que a estos efectos se asimilen reglamentariamente, así como de fonogramas, videogramas o de otros soportes sonoros, visuales o audiovisuales, originará una compensación equitativa y única por cada una de las tres modalidades de reproducción mencionadas, en favor de las personas que se expresan en el párrafo b) del apartado 4 [las personas concesionarias de los derechos de autor], dirigida a compensar los derechos de propiedad intelectual que se dejaran de percibir por razón de la expresada reproducción. Este derecho será irrenunciable para los autores y los artistas, intérpretes o ejecutantes".
Y a un nivel más genérico:
Constitución española de 1978. Artículo 33, punto 3.
3. "Nadie podrá ser privado de sus bienes y derechos sino por causa justificada de utilidad pública o interés social, mediante la correspondiente indemnización y de conformidad con lo dispuesto por las leyes".
En donde engloba el término "derechos" –entre otros muchos y mucho más importantes– a los derechos de autor. Los derechos de autor –y a la citada ley de 2006 me remito– reservan únicamente al autor –autor, artista, intérprete o ejecutante–, la potestad para autorizar la copia, reproducción y exhibición de la obra. Y para más abundancia, este derecho es irrenunciable.
Nunca contradiga a un polemista, señor Astórgano, pues siempre muere con las botas puestas; arañaré, rabiaré, escupiré y patalearé antes de dar la razón y con independencia de tenerla, ojo. Soy muy profesional de lo mío; yo no entro en polémicas: me revuelco en ellas. Reciba saludos cordiales e invitaciones a tomarse una caña.
Ninguna de los dos párrafos de tu comentario dice que descargarse contenidos de internet sea ilegal.
El artículo 25 de la reciente reforma a la Ley de propiedad intelectual, viene a dar forma legal al manido canon.
El problema de buscar en internet el artículo que me conviene es que deja uno de leerse los demás.
Tienes delante a uno de los tontos que fue leyendo borradores, enmiendas, (algunas de ellas graciosísimas) que finalmente parieron aquella mierda.
Te recomiendo el artículo 33, que hace referencia al artículo 18 (en si mismo la mayor subnormalidad legal que se pueda escribir)
La copia privada existe, guste o no.
En cuanto al artículo 33 de la constitución española, te recomiendo que lo leas detenidamente, ya que no hace sino quitarte la razón.
Por cierto, la imagen de omaita que estás usando debajo, también tiene derechos de autor. Has creado una imagen diferente a partir del original, sin respetar el derecho de cita (citando la fuente, y sin permiso del autor).
Fíjate tú quien ha resultado ser el delicuente aquí.
El actual sistema de copyright perjudica al creador bastante mas que que las descargas. Soys prisioneros de la industria. www.creativecommons.es
Cuando quieras nos tomamos esa caña.
En efecto. Si lees atentamente, he empleado la primera del plural con el verbo robar, de modo que no hace falta llamar delincuente a nadie. Tienes toda la razón, y con esto doy el tema por zanjado.
Dios la cosa está que arde por aquí.
Como leguleya que soy me veo en el deber pedagógico de arrojar alguna aclaración legal. En cuanto a ese artículo de la ley de propiedad intelectual no habla en absoluto de la piratería. Hice una práctica precisamente sobre el mismo que me llevó sudor y sangre. El art. 33 de la Constitución se refiere a la expropiación forzosa -en la práctica jurisprudencial de terrenos, principalmente-. Comprensiblemente, nunca se hará una expropiación de productos culturales por causa de 'utilidad pública'. ¿Qué artículos tendrías que haber mencionado? Pues mira chico, que a estas horas, una no tiene la cabeza para estas exquisiteces. Pero si quieres otro día lo miro un poco y hago algo constructivo y no tan sólo destructivo. En cuanto a lo del cánon, estoy parcialmente en contra. Como consumada pirata que soy -la confesión no supone una prueba plena en el proceso penal actual ¡digan lo que quieran!- me toca mucho la verga metafórica pagar a toda esa turbamulta de artistuchos de medio pelo -porque, lo siento mucho, el cine español es una puta mierda salvo perlas muy contadas- con cánones y polladas. Lo mismo digo de la música española; en mi vida me he descargado un disco en español, a excepción de la canción de mama ladilla de 'en el vergel del edén'. Si pagara a los cineastas europeos, americanos, o músicos en su mayoría británicos, perfecto, no hay quejas. Y supongo que mucho de lo mismo tiene que decir el empresario que realiza compras masivas de cds y demás soportes y periféricos para trabajar con los productos de su propia empresa, gastándose un dineral en pagar a Ramoncín -perdona que use personajes tan sobados, pero mire a donde mire, me parecen todos de la misma calidad ¿alex ubago? ¿amaia cojones? ¿el canto del loco?-.
Resumiendo: cierto todo lo de los puestos de trabajo, cierto todo eso, y vale que hay que acabar con la piratería -por mucho que me pese dada mi imposibilidad económica- pero los cánones no me parecen la forma adecuada. No creo que se discrimine en cuanto a la calidad artística a la hora de otorgarlos (puede ser que se haga en proporción a las ventas?) y artistas de tres al cuarto faltos de talento pueden estar viviendo del cuento forever and ever. Corrígeme si no es así. Contra la piratería hay que luchar a través de la ley para que los sujetos de los derechos de autor ingresen por ventas y no por cánones. Pero el fariseismo en este tema está claro, que lance la primera piedra el que no sea adicto a la piratería. No le interesa a nadie a título individual acabar con ella, mas que a los perjudicados.
En cuanto a lo del cine subvencionado, ¡nooooorrrrrrl! Subvención significa dependencia gubernamental, y ésto a su vez coerción (coerción?) de la libertad de expresión. Cine politizado y progubernamental. Al más puro estilo soviético.
Crispi
Amiga Crispi:
Hay que ver qué niveol de indignación ha suscitado esta actualización...
Primero; por increíble que le parezca al lector, estoy tan en contra del cánon cómo el que más.
Segundo; no era mi intención mentar leyes, cosa que sólo hice a petición del señor Astorgano. Y no era mi intención por una razón bien sencilla: las leyes sobre propiedad intelectual patinan cosa mala. En abstracto, prohíben la piratería -a la Ley sobre Propiedad Intelectual que mencionaba mas arriba me remito, diciendo bien claro que TODA REPRODUCCIÓN DE LA OBRA DEBE IR CONSENTIDA POR SU AUTOR -creo que está bien claro aunque, incomprensiblemente, haya quien no ve aquí veto legal a la apropiación y reproducción de obras ajenas-. Y a nivel concreto, las leyes se diluyen en miles de vacíos, vericuetos, entelequias -como la del beneficio cesante- que permiten, en la práctica, ejercer la piratería de un modo no contradictorio con las leyes -mediane redes P2P, entre otras-. De ahí que se absuelva sistemáticamente a piratas confesos. En resumen; que puestos a citar leyes, creo que podríamos emprender una discusión en la que todos tendríamos la razón: por una parte, la copia privada es legal, el intercambio P2P también, etcétera. Por otra, la ley dice bien clarito que SÓLO el autor legalmente reconocido tiene la potestad de autorizar la reproducción de la obra. O lo que es lo mismo; se puede uno descargar algo de forma enteramente legal, pero en el momento en el que le das al play y lo visionas sin consentimiento del autor o de los depositarios legales de los derechos de autor, estás incurriendo en delito. Me gustaría que me citasen la ley -yo también se pedir- en donde se autoriza a ver una obra sobre la que no se posean los derechos de exhibición sin consentimiento de su dueño y sin que sea de utilidad pedagógica o pública.
Y tercero; de lo que hablaba en mi actualización, que está claro que no lo dejé suficietemente claro, es de la CALIDAD MORAL, ÉTICA o sencillamente CÍVICA -llámenla como quieran- del pirateo en internet. No de si la copia privada constituye un hecho legal -que lo constituye-, o de si el intercambio P2P es legal o de si la grabación de un streaming constituye delito. Está claro que existen miles de práctcas perfectamente legales a través de las cuales tiene lugar el pirateo. No les hablo de ellas, sino del pirateo en sí. Del hecho de apropiarte de algo que no es tuyo, por mucho que existan métodos legales para hacerlo. Porque, por si nadie mas que yo se da cuenta -empiezo a pensar que no-, que algo sea legal -o susceptible de ser legal, o parcialmente legal- no significa que esté bien hacerlo.
Y en afán de explicarme, sin que nadie me lo pida, le comento; yo vivo de la producción audiovisual, y tengo que asistir atónito e indignado al espectáculo que supone ver cómo te es sistemáticamente robado el fruto de tu trabajo. Cómo los beneficios económicos legítimos de una obra dparecen, se esfuman, proque alguien ha decidio que le gusta y que eso es suficiente motivo para apropiárselo, pese a la expresa negativa de su propietario legal. Cómo, del hecho de que no haya beneficio económico, no haya sueldos para todos,los puestos de trabajo desaparezcan o se precaricen hasta extremos tercermundistas. Como el productor audiovisual español tiene que vivir de subvenciones porque sin beneficio, sencillamente no habría audiovisual español. Cómo se protege sistemáticamente a otros sectores y no al audiovisual por la razón bien sencilla de que a todos nos gusta piratear. Les inviten a que imaginen un negocio en el que los clientes entrasen -una charcutería, por ejemplo, una carpintería, un puticlub- y se llevasen el producto o servicio sin pagar, por el mero hecho de que les guste y encima con el amparo legal de unas leyes que todos tenemos mucha prisa en mencionar porque, fijate tú, le dan la razón al cliente.
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