... El porqué de una mosca encerrada en un bote: Apología de mi nevera.

18 de julio de 2009

Apología de mi nevera.

18 de julio de 2009
Ya he tenido ocasión de confesarles alguna vez que la nevera de mi casa es una puerta a la tercera dimensión. Una nevera-poltergeist que guarda en su interior, entre otras paranormalidades, mitades de chopped que regresan misteriosamente a la nevera después de sacadas, cortadas en trocitos, incorporadas a ensalada campera e ingeridas; manchas de bélmez con la cara de Paloma San Basilio; y un huevo de origen desconocido, recubierto de hielo y adherido a una de las paredes, que amenaza eclosión desde vaya usted a saber cuándo, y del que a buen seguro emergerá un alien cantando Hello Dolly, según la teoría más aceptada, como solución de continuidad al hecho de que Paloma San Basilio se esté manifestando en las manchas. Científicos de todo el mundo se han desesperado y perdido la cordura ante los misterios de mi nevera. Iker Jiménez le ha dedicado retrospectivas enteras, incluyendo dramatizaciones y reconstrucciones de los hechos más siniestros, como las noches en que abres la puerta y, entre fosforescentes destellos, acontece en el interior de la nevera la cabecera de Noche de Fiesta, con sus brillos y sus letras efecto 3D y todo, y luego te es arrojado encima un puñado de confeti.


Mi nevera también es proclive a la vida, hasta cotas que catalogo yo de explosión cámbrica. Contábamos con que algunos de los alimentos habían empezado a desarrollar pensamientos abstractos –sospecha confirmada el día que encontramos en el interior un post-it en el que alguien había escrito, con letra trémula, ‘cogito ergo sum’, creemos que fueron cien gramos de jamón de york–, si bien últimamente tenemos fundadas sospechas de que hablamos ya no de vida inteligente, si no de que en mi nevera se desarrolla un clima intelectual que ni la Generación del 27. Esto constituye un hito importante en la historia de la biología y de la intelectualidad, pero también un hecho preocupante; decir que hay vida inteligente en la nevera es más de lo que se puede decir del resto de la casa.

Salón de mi casa. 21:00, horario peninsular. Con el folleto de Telepizza en la mano, sopeso la posibilidad de adquirir una pizza para cenar. Observo que hay un dos por uno en pedidos a recoger en local. José entra en el salón procedente de la cocina, en dónde le llevo oyendo cacharrear un rato, y le pregunto:

–¿Te has hecho ya la cena?

–No puedo –replica José–. Cuando he abierto la puerta de la nevera una voz me ha gritado que los organismos unidos de la nevera, reunidos en Cortes Constituyentes, declaran desde hoy su derecho a la autodeterminación y que pueden exigir y exigen el cese de hostilidades contra su territorio soberano.
Miro a José, guardo silencio, vuelvo a mirarle, vuelvo a guardar silencio, y finalmente le pregunto:


–¿Has emprendido hostilidades contra la nevera?

–Esta mañana le he echado amoníaco.

–¿Y ni aún así?

–Por lo visto, no.
Me levanto y me dirijo con paso firme a la cocina. ¡Esto se va a acabar! –proclamo por el camino–. ¡Vamos que si se va a acabar!

Abro la puerta de la nevera con energía y resolución. Miro. Cierro la puerta con energía y resolución.

–¿Tú has visto eso? –le pregunto a José, presa del pasmo–.

–¿El qué?

Las croquetas. Están haciendo una parada militar en la segunda estantería.

–Ah, no sé. Estaba mirando a la cajonera de las legumbres. Deberíamos ponerle dentro alguna legumbre, aunque sólo sea para guardar las apariencias.

–Ya. Oye, céntrate. La nevera se nos militariza, y tú pensando en comprar lechugas.


Punto uno; las lechugas no son legumbres. Son verdura. Y punto dos: hay que comer sano, Rubén. Que lo más parecido que tenemos ahí a una verdura es el chopped. Y porque se ha puesto verde.

Ése es el problema –replico–, que las cosas se nos cambian de color, y nosotros tan tranquilos. Te dije que teníamos que haber atajado el problema cuando la bechamel de las croquetas empezó a emitir rayos gamma.

La bechamel no es el problema –responde José, muy contundente–.

–¿Ah no? ¡Pues no veas qué lengua tiene! Anoche me dijo que me fuera a empanar a mi puta madre.

Te digo que la bechamel no es el problema –insiste, y tras pensárselo, añade–: El problema son las compañías, que le pierden.
–¿Ah si? –respondo, comprendiendo por dónde van los tiros– ¿Y qué compañías son ésas tan chungas que tiene la bechamel, si puede saberse?
–¡Pues el hongo ése que tienes tú en la nevera! –explota José– ¡Que a ver a quién se le ocurre meter un hongo en la nevera!

– ¡Dos cosas te voy a decir! –anuncio a gritos– ¡Primera, te tengo dicho que no es un hongo, es un kéfir y sirve para hacer yogur! ¡Y dos, no le gusta nada que le llamen hongo!

–¡¿Ah si?! ¡Pues fue el primero que empezó a hablar! ¡Y no es que hable, vamos, es que no calla!

–¡El kéfir no habla! –le grito a José–.

–¡El kéfir si habla! –me grita él a mí–.

–¡Que os estoy oyendo! –nos grita el kéfir desde la nevera–.

–¡Tú cállate y métete en el tupper, que buena la estás liando! –le grito al kéfir–.

–¡Fascista! –grita el kéfir–. ¡Vive la Liberté!
Retiro a José y nos alejamos de la nevera. Quién sabe qué tecnología espía habrán desarrollado ya.

Vamos a hacer una cosa –le digo–. Está claro que así no podemos acceder a la cena.
Aha.
–Entonces; voy a rellenar un extintor con antibiótico.

–¿Y yo qué hago?

–Tú coge el hacha de encima de la chimenea y cúbreme.

–Oki doki. ¿Sincronizamos los relojes?

–Yo creo que no hace falta.

–De acuerdo. Pero oye, una cosa. Te vas a quedar sin tu kéfir. O al menos, perderá sus propiedades fermentadoras y sus lactobacilos.


–Es una sacrificio que hay que hacer –anuncio con resignación–.

–Y sin los yogures que compré. Y sólo tienen dos meses.

–Lo que hay ahí dentro ya no son los yogures que conociste. Ésos ya no son tus yogures. Hazte a la idea.

–Ya. ¿Sabes qué es lo único que no vamos a perder?

–¿El qué?

–Legumbres.

–¿¡Quieres dejarme en paz con las legumbres, Paco Porras de los cojones!?

–¡Es que no entiendo porqué tenemos una cajonera para las legumbres, si no metemos legumbres en ella! ¡Explícamelo, si eres tan amable!

–¡José! ¡Céntrate! ¡Así no hay quien planee una ofensiva!

–¡Vale! ¡Pero luego compramos legumbres!

–¡Vale! ¡Pero, por el amor de Dios, vete a por el hacha!

–¡¿Qué hacha, si no tenemos hacha ni tenemos chimenea ni tenemos nada?! ¡Tenemos una nevera llena de alimentos maleducados! ¡Y una cajonera de legumbres! ¡Y lo único que no tenemos son legumbres, mira tú!
Respiro hondo.


–Voy a llamar a Telepizza. Está claro que si no, no vamos a cenar.

4 comentarios en el bote:

Sir Di dijo...

Mi nevera suele hacer eco.

Eso sí, en el cajón de la verdura algo siempre hay. Aunque sea un pimiento solitario.

Sir Di dijo...

Mi nevera suele hacer eco.

Eso sí, en el cajón de la verdura algo siempre hay. Aunque sea un pimiento solitario.

Sir Di dijo...

xq mis comentarios salen repetidos??

El Señor de las Moscas dijo...

Y porqué precisamernte los comentarios en los que denuncia que se le repiten, no se repiten?? Misterio, amigo.

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