El otro día me vine para Madrid y antes pasé por casa de mi abuela, que es una cosa que tengo que hacer siempre que me vengo a Madrid porque si no mi abuela se enfada terriblemente, monta en cólera y te pone en su lista negra. Y que mi abuela te ponga en su lista negra es tan peligroso como que Black Mamba te ponga en la suya: ya estás muerto en la bañera, amigo.
Total que paso a ver a mi abuela, le doy un beso y le digo lo de siempre, que me voy ya para Madrid, y ella me dice lo de siempre, que si tengo ganas y yo le digo lo que le digo siempre, que no, que ninguna, porque si te vas a algún sitio a las personas de Cantabria no les gusta que les digas que tienes ganas de irte a un destino que no sea, a lo sumo, otra parte de la propia Cantabria. Máxime si ya te estás yendo, y no digamos ya si a dónde te estás yendo es Madrid. A las personas de Cantabria les gusta oír que no tienes ganas de irte y que estás deseando volver a esta tierruca de tu corazón en dónde no puedes hacer nada, ni ir a la Fnac ni al Ocho y Medio ni al cine 3D, y te aburres como el hongo más silencioso del más silencioso bosque y te crece moho en los sobacos de lo que llueve, pero que aún así estás deseando volver. Y yo ahí, miren, cumplo, porque ya saben ustedes que la sinceridad no es mi fuerte.
Mi abuela me dice que se ha enterado de que el otro día jodí la puerta de mi habitación y que se lo ha dicho mi tía, que la historia le hizo mucha gracia porque la leyó de una página. De una página, así, a secas. Como las grandes editoriales del país me hacen el vacío y no me quieren publicar, deduzco que la página no es de la gran novela autobiográfica de mi vida, si no que es una página web, y le explico que lo leería en el blog.
–¿Qué es eso? –me pregunta con cara de profunda extrañeza.
Caigo en la cuenta de que para explicarle a mi abuela qué es un blog habría que empezar por explicarle qué es internet, y para ello explicarle en qué consiste un ordenador, y así sucesivamente, y no tenía yo tiempo material ni ganas para remontarme hasta la Revolución Industrial. Así que opto por la abreviada:
–Es como un diario, que tú escribes todos los días lo que quieras, y luego la gente lo lee. Pero no en un papel, si no en un ordenador.
–Nunca me acuerdo de lo que es un ordenador… –dice mi abuela, que se lo hemos explicado trescientas veces porque la mitad de sus nietos son ingenieros informáticos, y no hay manera de que retenga–.
–¿Sabes la televisión que tiene Diego, que tiene debajo pegada una máquina de escribir? –magistral síntesis de lo que es un ordenador, no me digan que no–.
–Si.
–Eso es un ordenador.
–Ah. Y tú escribes todo lo que te pasa.
Me lo pienso unos segundos, y respondo:
–No, todo lo que me pasa no, porque hay cosas que a la gente no le interesan y que no tienes porqué contar en el blog.
–Ah.
–Por ejemplo, llevo una semana con gastroenteritis cagándome por las esquinas, y eso no lo he contado.
Mi abuela me chistó para que me callara. Por un momento pensé que a ella tampoco le interesaba mi gastroenteritis, pero no: es que empezaba Saber y Ganar. Saber y Ganar provoca una extraña fascinación en mi abuela, no me pregunten por qué. Quizás es porque Jordi Hurtado no envejece jamás y quiere descubrir el secreto. El caso es que cuando empieza Saber y Ganar ya puedes estar hablando de que tienes gastroenteritis o cáncer con metástasis, a ella le da igual: se queda atornillada a la silla hasta que acaba el programa.
–Éste es el programa más importante de la televisión, ¿verdad? –me preguntó el otro día, cuando empezaba–.
–Por supuesto –le respondo yo, que lo que les digo, la sinceridad no es mi fuerte–.
Mi abuela me lo pregunta porque sabe que he estudiado cosas de la televisión y ella se piensa que dirijo el grupo PRISA o poco menos. Cuando gané un concurso de cortometrajes de mi facultad, estuvo dos meses diciéndole a las vecinas que a su nieto le habían dado un Óscar por un programa que hizo. Mi padre siempre dice que mi abuela no es exagerada; es hiperbólica.
Acaba Saber y Ganar y mi abuela retoma la conversación con la noticia de que ha visto a su madre y a su abuela. No por hurgar en la herida, pero la madre de mi abuela murió hace ciento cincuenta años, y la abuela de mi abuela lleva muerta más tiempo que la abuela de Napoleón. Así que le digo:
–Que has visto fantasmas, vamos.
Y ella afirma muy convencida que sí. En la cocina. Echemos cuentas, me digo mentalmente. Mi abuela tiene ochenta y muchos años. No los aparenta, porque no los aparenta, pero los tiene. Las vecinas se lo dicen siempre que se la encuentran en el portal cuando va al Simago por las mañanas –el Simago ya no existe, ahora se llama Carrefour, pero eso a mi abuela le da igual, ella está convencida de que va al Simago y de ahí no la saques–. Baja al Simago por las mañanas, les decía, y las vecinas le dicen en el portal:
–Hay que ver, Teresa, se conserva usted estupenda, cualquiera diría que tiene usted sesenta años.
–Pues ya ves, y eso que tengo setenta –mi abuela es que, con estas comparaciones, se anima se anima y no se quita dos o tres años; se quita quinquenios enteros–, y echa una chavala que estoy. Es porque sólo como agua.
Y es verdad. Bueno no, exagero. Come agua, y a veces un tomate. Durante un momento de nuestras vidas pensamos que entraríamos en la Historia como la primera familia con una abuela octogenaria anoréxica. Y luego le añade a las vecinas:
–Y de la cabeza también, ¿eh? Que yo estoy muy centrada.
Y ahí las vecinas dudan un poco más porque a mi abuela se le encendió la sartén hace poco y cuando empezó a salir el humo por la ventana y luego siguió saliendo y al final llamaron al timbre porque la columna de humo que salía por la ventana ya alcanzaba las cotas altas de la estratosfera, su única solución fue salir de casa, dejarse las llaves dentro y decir que nada nada, no pasaba nada, y los vecinos le decían pero señora, si está saliendo humo negro de la ventana de su cocina, y ella que no, que no pasa nada, y cuando al final llegaron los bomberos y tiraron la puerta abajo ya había ardido toda la cocina y el fuego estaba entrando en el salón, y mi abuela tan tranquila pero a los vecinos casi les da una arritmia masiva y desde entonces han comprado todos extintores y se han unido a la plataforma Todos Contra el Fuego. Así que claro, mi abuela les dice a las vecinas que está muy centrada y las vecinas la miran sin saber qué decir, pasan unos segundos de tensión en el ambiente, y finalmente declaran:
–Lo que le digo: que está usted echa una chavala.
A lo que iba; mi abuela me dice que había visto fantasmas, los fantasmas de su propia madre y su propia abuela, y yo echo cuentas mentalmente. Viendo la edad sobrehumana de mi abuela, la madre de mi abuela debió nacer aproximadamente en el Renacimiento. Y la madre de su madre, en algún momento impreciso de la Baja Edad Media. Estaba a punto de decirle que me parecía una cosa harto improbable que se le manifestaran unos fantasmas tan antiguos, que los fantasmas que se manifiestan son siempre de los muertos más frescos, cuando veo que se empieza a descojonar por lo bajo y de repente estalla en carcajadas ella sola. Me dice que no, que es que eran dos vecinas que habían entrado, pero que en un primer momento las confundió con dos fantasmas pero que como está muy centrada, al final se dio cuenta de que eran dos vecinas. Y se sigue descojonando.
Es que ella es así, a sus ochenta años tiene un gracejo que le haría sombra al mismísimo Jim Carrey. El problema de sus bromas es que hay gente sin sentido del humor que no las entiende. Por ejemplo, cuando yo tenía seis años un día cogí un bote de amoniaco de debajo del fregadero de su casa y le pregunté que qué era eso. Mi abuela me miró, arqueó una ceja lentamente y dijo con mucha tranquilidad:
–Perfume. Huélelo.
Y como si esto no fuera poco, añadió:
–Pero huélelo fuerte, que tiene poco olor.
Así que claro, ese niño que era yo, ese niño de seis años inconsciente y sin sentido de la medida, se embutió el pitorro en la nariz y aspiró tan fuerte le dieron los pulmones, y a ese niño hubo que sacarlo al jardín y practicarle la respiración asistida porque ese niño es que se les iba. Mi abuela pataleaba en el suelo ahogándose de la risa y casi hubo que hacerle a ella también la respiración asistida. Pero, lo que les digo, que por ejemplo mi madre, en esa ocasión, no le vio al asunto maldita la gracia.
Y no la culpo, porque mi madre ha sufrido grandes experiencias paranormales al lado de mi abuela. El primer día que mi madre acudió a la casa de la familia de mi padre cuando eran novios recién formalizados, y cuando la familia de mi padre vivía en una casa de pueblo normal, y cuando mis padres estaban a punto de cruzar el umbral de la puerta principal, mi abuela apareció por el balcón corriendo como una loca y les tiró encima una bombona de butano. No es que se la tirase encima, a ver, es que mi abuela tenía la costumbre de arrojar las bombonas de butano balcón abajo cuando ya se habían acabado, porque le parecía bastante tonto acarrearlas por las escaleras pudiendo aprovechar las leyes de Newton, y no hubo manera humana de convencerla de que eso constituía un riesgo bastante alto de morir en una deflagración infernal. En aquella ocasión, no hubo deflagración y la bombona tampoco le cayó encima a mi madre cuando pasaba por debajo de la puerta, vamos, le cayó como a medio metro. Y mi madre subió y le ofrecieron café y mi madre dijo que mejor un coñac para quitarse el susto de encima, y luego pidió otro para quitarse el regusto del primero, porque a mi madre no le gusta el coñac, y en casa de mi abuela siempre recuerdan la anécdota de cómo mi madre se tomó dos coñacs nada más llegar por vez primera a aquella casa, pero misteriosamente nadie parece recordar que le tiraron encima una bombona de butano. Somos una familia con grandes secretos.
Les decía que ese día no hubo deflagración porque, en efecto, la deflagración acabó ocurriendo. En una cena familiar a la que lograron arrastrar a mi madre, que dijo que no volvía a aquella casa porque cuando iba le tiraban bombonas de butano desde un primer piso y quieras que no, no se sentía querida. Cuenta mi prima Esme –testigo del hecho con suficiente memoria cerebral para recordarlo, yo aún era un óvulo– que momentos antes de la cena en sí estaban todas las mujeres en la cocina, en un extremo de la casa, y todos los hombres en el salón, en el otro extremo de la casa. Y todos los niños en el pasillo, entre ambos extremos.
Cuenta el testigo-prima que primero se oyó una enorme detonación en la cocina, boum , y que lo siguiente que se vio fue lo siguiente, dos puntos: por la derecha, todos los hombres de la casa saliendo por el pasillo en tropel hacia la cocina, en la clásica formación de manada-de-ñus-cruzando-rio-con-cocodrilos-dentro-del-río, atropellándose los unos a los otros y atropellando niños y muebles a su paso; y por la izquierda, la zona de la detonación, la puerta de la cocina cayendo redonda al suelo, humo saliendo detrás de la puerta y a mi tía saliendo detrás del humo, como en Lluvia de Estrellas, a una velocidad increíble teniendo en cuenta que iba a cuatro patas, con las medias llenas de agujeros, la cara negra y los pelos a lo afro. Fue la única que consiguió salir; cuando la manada de ñus llegó a la cocina descubrió que mi otra tía había salido despedida por la onda expansiva y ahora se encontraba debajo de una mesa rezando los siete rosarios; mi abuela, responsable de la explosión, también voló, pero como es como un gato había caído de pies y se había quedado en esa posición, parada y con cara de velocidad; y mi madre resultó prácticamente ilesa pero, convencida ya de que era objetivo primordial de la banda terrorista ETA o de mi abuela, y no sé qué es peor, estuvo a punto de arrojarse al vacío por el balcón cual bombona de butano.
Mi abuela siempre recuerda este momento como el día que explotó la olla a presión aunque allí no hubiera olla a presión alguna: ella es reconstructivista histórica y recuerda las cosas como le da la gana. Y además no quiere ni oír la teoría de que lo que explotó fue una bolsa de gas procedente, muy probablemente, de las bombonas de butano, que estaban todas abolladas porque alguien tenía la costumbre de tirarlas por el balcón. Así que ella dice el día que explotó la olla y se queda tan tranquila, aunque resto de la familia lo recuerde como el día que casi nos mata a todos la jodía vieja.
Cuando ya me voy, mi abuela me despide, me da un beso, me dice que no corra y me mete cincuenta euros en el bolsillo con cara de gran misterio. Es una costumbre que ha adquirido, la de poner cara de gran misterio mientras me cuela un billete en el bolsillo, porque mis padres dicen que está feo que me de dinero, que ya soy mayorcito, y yo también lo veo feo porque me recuerda que soy un parásito de la sociedad, pero rechazar su sucio dinero es como no visitarla cuando te marchas: estás muerto en la bañera. Así que en todas las reuniones familiares siempre me llega el momento en el que una señora octogenaria empieza a acercársete corriendo de una esquina a otra, escondiéndose de las miradas y guiñándote los ojos incontroladamente, como quien no quiere la cosa, y da un poco de miedo ver que una señora de ochenta años está acechándote como los leones a las gacelas de Thompson, pero al final te jodes y aceptas los cincuenta euros, por eso y porque nunca vienen mal. La cosa es que no ha perdido la costumbre de hacerlo incluso cuando estamos a solas, y es un poco absurdo que te aceche de esa manera sin nadie mirando, pero es como los críos, cuando coge una mala manía, no hay manera de que la suelte.
Actualización: la historia continúa en La güelita hiperbólica (II).





Publicado por
El señor de las moscas


19 comentarios en el bote:
Ay!!! las abuelas... o güelitas, como también las llamamos en Asturias... son un mundo aparte, aunque todas parecer tener una serie de puntos en común: ninguna sabe a ciencia cierta lo que han estudiado sus hijos. La mía se empeña en verme algún día en la tele, a pesar de que le haya explicado cientos de veces que he estudiado comunicación audiovisual y que como mucho me verá en los créditos del final de alguna serie barata tipo José Luis Moreno.
Otro punto en común parece ser el de los 50 leuros. Cada vez que visito a Güelita (así la llamo yo), me mete en el bolsillo un billete de estos (y siempre es de 50, nunca dos de 20 y uno de 10 u otra combinación posible...) sin importar la frecuencia con la que acuda a verla.
Y como no, otro elemento de unión entre todas las abuelas del mundo es un cierto grado de locura. La mía, en este caso, no está obsesionada con provocar explosiones, aunque con los años parece aumentar una cierta tendencia a manifestar el Síndrome de Diógenes.
Así son nuestras abuelas... un mundo por estudiar...
Qué risa lako, hacía mucho que no entraba en el blog...... me estoy partiendo.....
Me ha gustado tanto, tanto...qué ternura...
Casi me meo de risa, y eso que ya las conocía todas (excepto la de los fantasmas, pero espera que le haga la próxima visita).
Fdo. Otra testigo ocular de la deflagración-estampida de mamuts
y eso por no contar la tarde entera que se estuvo riendo de mi a costa del tenderete, las penonas de Esme, el photoshop casero de documentos legales.... etc,etc
Ana ( yo no me acuerdo del tema de la deflagracion )
Que a pesar de los setenta y muchos años que tenia en la epoca consiguio ganarnos a todos (hijos/as, yernos/nueras, nietos/as) en la estampida de la pergola a la casa el dia de las culebras (otro gran dia a recordar)de sus carreras en bici y "la llevas" antes de entrar al coche, el whisky casero, el descolgamiento via sabana anudada a la viga cual tarzan...
Muchas, muchas historias para recordar...
Congratulados por el gran interés suscitado, respondemos sin demora:
Princesa Consuelo Banana; yo es que pienso que todas las abuelas del país se parecen. Y las de la Cornisa Cantábrica, directamente podrían pasar todas por la misma. Lo del Síndrome de Diógenes es también una constante; la mía recorta fotos de pimientos de sus revistas sobre salud en la tercera edad y las pone a modo de collage-pop sobre las fotos de sus nietos. Hay quién dice que es senil, pero usted y yo sabemos que eso es de un almodovariano que quita el hipo.
Leocadia Lako Parda; es verdad, ¿dónde se mete usted? ¿Cuándo piensa reabrir su chiringuito?
Estodevivir; gracias amiguita, ya nos conoce, con cualquier tontería montamos un post.
Almudena; diga que sí, oiga, piense en lo largo que me ha quedado la actualización, y en las muchas que se me han quedado en el tintero. Quizás debiera hacer una segunda entrega.
Ana; lo que le digo, muchas en el tintero. La del photoshop al DNI es una de las grandes de su etapa azul.
Anónimo (¿Esme?); yeah. Se me había pasado por alto la de la carrera de la pérgola... Lo que le digo, me voy a pensar muy mucho hacer una segunda parte, que luego hay quien dice que doy información sesgada.
Compartiendo con nosotros este fantástico retal esotérico-costumbrista-pirotécnico,nos damos cuenta de dónde viene lo suyo, en el buen sentido.
Mr. Incógnito; yeah. En mi caso, la bizarrez es congénita, como queda patente. Si es a eso a lo que usted se refiere.
jajajjaja oye cuida a tu abuela que no todos podemos disfrutar o haber tenido una!
Dile que me de 50 euritos a mi tambien...
Ah no, si yo la cuida, amos a ver, no confundamos los términos.
Madre mía, yo que me creía un bloguero moderno con sus cientos de blogs imprescindibles en sus marcadores y un chisme que te indica cuáles se han actualizado desde tu última visita, me acabo de dar cuenta de que debí de hacer algo mal cuando lo del cambio de nombre de esta santa casa y no me estaban llegando las noticias de las actualizaciones.
Y estaba yo sorprendido de la inactividad en el bote de las moscas cuando me decido a visitarlo y comprobar que lleva un ritmo de entradas que ya lo quisieran para sí los más insignes lugares de la blogosfera.
Pero no se preocupe porque yo soy muy fan y me he leído nueve entradas del tirón y sin despeinarme. Vaya preciosidad de dibujos que tiene usted en eso del carbonmade, por cierto.
Así que nada, me despido dejando presente mi admiración y sin poder evitar mandar un saludo a Gwyneth, que espero que lea los comentarios también. Ahora Gwyneth, lo de llamar a tu niña Apple no hay por dónde cogerlo y probablemente se desate un matricidio en tu hogar en cuánto la chiquilla crezca.
Amigo Perro Lunar:
Pues en efecto, quizás haya algún error en su blog roll, porque últimamente estamos que no podemos parar de crear, así se lo digo, una, otra, otra, otra, llevamos un ritmo de prolifiquez tal que ni Agatha Christie, oiga.
Agradecido y emocinado me encuentro de que se lea usted nueve de nuestros tochos del tirón, lo suyo tiene mérito. Se le agradece el detalle pero la próxima dosifíquese, caballero, que el empacho es cosa mala y nosotros somos muy de subordinadas de las largas.
Por último, le comento que he sido avisado de que Gwyneth no vive en EEUU si no en Londres, con su marido cantante de Coldplay y su hija fruiti. Anyway, apuntamos su comentario para ella y se lo trasnsmitiremos cuando nos salga un lector habitual el UK.
Reciba un abrazo fraterno y un suyo afectísimo.
Intentar explicarle a la abuela lo que es un ordenador, y además un blog, me parece un deporte de riesgo, por lo menos, pero claro, en tu familia estáis acostumbrados a vivir al filo... con esos atentados con gas butano....
A mi una vez me cayó un saco lleno de cascotes como a medio metro de donde estaba, porque un ser humano decidió tirarlo por el balcón, para evitarse el desagradable trámite de tener que bajarlo por otros medios.
Menos mal que había tomado la precaución de decirle a otro, que estaba en la calle, que le avisara si pasaba alguién.
Y efectivamente, le avisó diciendo "peráaaa!", momento que aprovechó el otro para tirarlo (se ve que quizá no habían entendido muy bien para qué era la señal, exactamente)
Amiga Loquemeahorro; a raíz de este post me han sido transmitidos ya varios testimonios de este tipo; que si a mí un saco de cascotes, que si una carretilla llena de tejas, que si una maceta con geranios, que si un yunque marca Acme... ¿No piensa usted, que es de mente preclara y sin igual lucidez, que deberíamos hacer disciplina olímpica de esto? En este país íbamos a llevarnos la plusmarca mundial, vamos, arrasaríamos. Tiro al viandante, podríamos llamarlo.
¡ay cómo me he reído! ¡mis abdominales ya son de acero puro!
televisión que tiene pegada una máquina de escribir=ordenador ¡genial!
otra cosa que me encantó: el término "reconstructivista histórica". Mi mamá es de ese club. El otro día que regañé a mis hijos en su casa me dijo "¡no los regañes! ¡pobres niños! yo a ustedes nunca las regañé!" y mis hermanas me bañaron con la sopa que escupieron al reirse...
También me encantó leer cuando usted en la infancia casi se muere al inhalar el amoniaco. Genial su abuelita...(lamento su trauma, pero véalo por el lado positivo: ya se ha podido reir del incidente -o al menos, hacer reir con él-).
Gracias por la risoterapia,
Ale.
Amiga Bibliobulímica; ya ve usted. Nos alegramos que le haya gustado. Todo lo que aquí cuento es radicalmente verdadero y real, licencias poéticas ni media. Y le comento que el reconstructivismo histórico es una condición intelectual que le entra a una cuando se convierte en abuela sin distinción de familia. Misterios de la ciencia, oiga.
pues mire que reclamaré a mis maestros en la universidad que eso no me lo habían enseñado...mire por donde he venido a enterarme...lo dicho: navegar por el mundo de los blogs es de lo mejor para aumentar la propia cultura ;-)
Pues la bisnieta se ha meado de la risa, con charquito y todo.
PD: Yo también viví la estampida de los ñus
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