Esta tarde llegué a mi casa y intenté acceder a mi habitación por el procedimiento tradicional, esto es, por la puerta. Giro el pomo y observo con gran asombro que la puerta no se abre. Vuelvo a girar el pomo y observo con gran asombro que me lo cargo.
Me ordeno tranquilidad mentalmente, me remango las mangas de la camisa y decido aplicarle al pomo el protocolo de actuación que todo hombre normalmente constituido aplicaría en estos casos; me agarro a él con ambas manos y empiezo a forcejear salvajemente mientras mascullo terribles amenazas con los dientes apretados. Misteriosamente, no se abre. Elevo el tono de mis demandas, tanto en el fondo como en la forma. No se abre. Decido acompañar el protocolo de actuación con una leve patada al pomo. Nada. Decido aplicarle una patada salvaje. Tampoco. Decido aplicar todas las técnicas a la vez, así que forcejeo, doy patadas y grito terribles blasfemias mientras echo espumarajos por la boca. No se abre.
Resollo, blasfemo en arameo y decido recurrir a la ayuda profesional a la que todo hombre normalmente constituido recurre en estos casos. Cojo el móvil y llamo.
–Mamá.
–Dime.
–Jodí la puerta de la habitación y ahora no se abre.
Mi madre responde:
–Tranquilo. Vamos para allá inmediatamente.
A los diez minutos aparece en lontananza un monovolumen gris a una velocidad de vértigo. Lo conduce un señor –mi padre– que por su cara de velocidad diríase que está pilotando el propio Halcón Milenario momentos antes de saltar al hiper-espacio. Acompaña una señora –mi madre– que viene también con cara de velocidad: lo sé porque viene con la cabeza por fuera de la ventanilla y gritándome algo. El qué, no me pregunten, viajaban a velocidad match-dos y el sonido iba por detrás de ellos.
El monovolumen gris entra en el jardín a ciento veinte kilómetros por hora y ejecuta un derrape mortal en forma de ocho. La madre baja más la ventanilla y se tira en marcha durante la ejecución del derrape. Esa madre tiene adiestramiento militar avanzado y conoce la técnica para evitar lesiones en ese tipo de aterrizajes forzosos, así que cruza los brazos sobre su pecho y rueda por el césped del jardín hasta estamparse contra la valiosa colección de bonsáis de mi padre. Esa madre emerge de entre la amalgama de árboles enanos como si nada, se desenreda la manguera del jardín de una pierna, se sacude el polvo de la ropa y corre rauda al lugar de los hechos. El padre sale del monovolumen por el procedimiento tradicional –por la puerta del propio monovolumen– y corre raudo a la amalgama de árboles enanos echándose las manos a la cabeza.
–En efecto, está jodido –fue el diagnóstico de la madre cuando observó detenidamente el pomo rebelde–.
Mi madre sugiere que entre por la ventana para intentar abrir la puerta por dentro. Replico que si se cree que soy Spiderman y pregunto que dónde está mi hermano Héctor, que es la única persona de mi familia con la suficiente habilidad psicomotriz como para encaramarse a la ventana de un primer piso. Mi madre responde que trabajando e insiste en que sea yo quién desempeñe el papel de hombre-araña. Mi hermano César baja de su habitación y pregunta que a qué viene tanto jaleo. Decido que se presente voluntario para entrar por la ventana. Mi hermano alega que tiene vértigo y anuncia que no se acercará a ventana alguna si no es en presencia de su abogado. Su alegación es rechazada por unanimidad. Mi hermano se aferra a la barandilla de la escalera con todas sus extremidades y amenaza con llamar al Defensor del Menor.
Un minuto después, mi hermano era aupado hacia la ventana contra su voluntad pegando terribles alaridos –porque en efecto, tiene vértigo– y gritando algo relacionado con no se qué familia de psicópatas, no me pregunten qué exactamente, en esos momentos de máxima tensión no está uno como para poner atención a lo que se le ocurra decir a todo el mundo.
El hermano no ha salido a su madre en las aptitudes para el aterrizaje, de modo cuando accede al marco de la ventana se descompensa y se estampa grácilmente contra el suelo de la habitación. El hermano volador sale del cráter e intenta abrir la puerta por dentro, pero no se abre. Le recomiendo a gritos que aplique el protocolo que todo hombre normalmente constituido aplica en esos casos. El hermano pregunta que si desatornillar la cerradura. El hombre normalmente constituido –yo– cae en la cuenta de que quizás debiera haber empezado por ahí.
Accedo al panel de herramientas que mi padre tiene en el garaje. El padre grita algo sobre joderle también las herramientas ahora que le habíamos jodido los bonsáis, pero el hijo –yo– no está una vez más como para prestar atención en esa situación de máxima tensión ambiental a lo que a cada uno se le ocurra decir. Le grito a mi hermano que qué herramientas necesita para desatornillar la cerradura. El hermano grita que no lo sabe, que la cerrajería es un mundo plagado de incógnitas para él, pero que quizás un destornillador estaría bien, para empezar. Grito que no está el horno para sarcasmos, y que de qué número. Qué número de qué, grita él. Qué número de desatornillador, grito yo. Grita que no sabía que los desatornilladores iban por números. Grito que sí, que van por números de mayor a menor tamaño, y que si el tornillo del pomo es más bien grande o más bien pequeño. Grita que más bien mediano. Grito que eso no me ayuda. Me grita que le tire todos los números, y el ya va probando. Le grito que si planos o de estrella. Grita que de qué le estoy hablando. Grito que los tornillos pueden ser planos o de estrella y que cómo es el de la cerradura. Grita que tiene forma de pentágono. Le grito que qué clase de gilipollez es esa. Reitera que tiene forma de pentágono. Le grito que eso es imposible. Mi padre intercede y dice que eso es que es un tornillo de Allen y añade que lo que nos hace falta es menos Muchachada Nui y más Bricomanía. Le grito que vale y que qué es un tornillo de Allen. Mi padre grita que no le grite, que está al lado mío, que le he dejado sordo, y que un tornillo de Allen es un tornillo con la cabeza en forma de pentágono que se inventó un señor llamado Allen. Le anuncio que se ahorre la clase de historia del bricolaje y que me diga dónde están los desatornilladores de Allen. Mi padre dice que se dice llaves de Allen, no desatornilladores de Allen. Le reitero que no está el horno para historia del bricolaje. Mi padre me entrega un kit de llaves de Allen y regresa desesperado a su montón de bonsáis agonizantes murmurando algo sobre unos hijos inútiles, no sé a quién se referiría.
Arrojo el kit de llaves de Allen hacia la ventana, que mi hermano recibe con los brazos abiertos dejando así vía libre a su cabeza, lugar del aterrizaje de kit. El hermano se frota la frente y me felicita por mi extraordinaria puntería. Le doy las gracias. Me da las de nada. Somos una familia educada hasta en los momentos de mayor tensión.
Mi hermano se pone a desatornillar la cerradura por dentro, mientras mi madre y yo entramos y esperamos al otro lado de la puerta. Mi madre pregunta que si no podríamos haberla desatornillado por fuera, evitando así la escena del castellers y de paso el peligro de matar a mi hermano de un defenestre o mismamente de un infarto. Me doy cuenta de que también es verdad. Le replico que es muy bonito hacer sugerencias a toro pasado. Ya he quitado el último tornillo, anuncia mi hermano desde el otro lado de la puerta. Presa del entusiasmo, empujo la puerta con una energía innecesaria –las puertas se abren con una facilidad pasmosa cuando carecen de una cerradura– y se la estampo a mi hermano en la cara. Pum. Mi hermano recula hacia atrás tambaleándose y echándose la mano a un ojo, se da de espaldas contra la pared y viaja nuevamente al suelo. Mi madre me dice algo sobre ser una mala bestia pero tampoco presto yo mucha atención, qué manía tienen en esta familia de ponerse a hablar en los peores momentos.





Publicado por
El Señor de las Moscas



9 comentarios en el bote:
Te digo que debería estar prohibido escribir así, me he reído tantp, pero tanto y cada vez que imagino a ésta madre con formación militar lanzándose del carro y estampándose contra la colección de bonsais, me muero, es que me muero...
qué bueno! me he reído mogollón. Reitero las palabras de Estodevivir: me encanta cómo escribes!!
Luego no reanimásteis a tu hermano? Digo, para dejar las cosas como estaban.
Yo utilizo las mismas tácticas que tú para los desastres caseros: llego a casa y no hay luz, ¿y qué se tiene que hacer? pues llamar a mi padre, claro!
Comentamos:
Estodevivir; muchas gracias amiga, hay que ver, usted siempre tienes palabras amables.
Isi; no se fustigue, es una constante generacional de todos los tiempos. Y así nos luce el pelo. ¿Se da cuenta de que algún día seremos los padres a los que llamar en este tipo de situaciones?
jajajajjaja vaya movida jajajajaj deberías haber hecho de hombre araña!
Pobrecito tu hermano jajajajaj
Desde luego que siempre pensamos en buenas soluciones cuando ya ha pasado todo!
Amiga S.; yo ya he dicho que no pienso a ponerme a trepar por las paredes cual cucaracha si no es equipado con el disfraz último modelo de Spiderman y el lanza-redes original de ¡Si-si-si, Simba! Yo las performances o las hago bien, o no las hago.
Dios mio!!! menos mal que gracias a mi formación superior por valor de 4000 leuros al año conozco la gran familia de los desatornilladores: papa llave Allen, mama llave Inglesa, los gemelos cabeza plana y cabeza estrella y el primo lejano taladro-desatornillador... No obstante, mi baratísima formación superior de 4000 leuros anuales me ha enseñado a fijarme en el color del pomo y en si éste se sale o no de la gama cromática de la habitación en vez de a pensar como el de Bricomanía y desatornillar todo el mecanismo.
Conclusión: dada la situación, me habría resignado a no entrar en la habitación, permaneciendo inquieto todo mi ser al intentar dilucidar si ese pomo concreto supone o no un anacronismo histórico en el conjunto de mi vida finisecular.
Princesa Consuela Banana: grande, su comentario. No me cabe la menor duda de que, en efecto, actuaría así. ¿Ha pensado udted en hacerse un blog?
Me halaga Master, pero mis dotes literarias temo que se ciñen bastante a temas tan vacuos banales como discutir si una silla es Luis XV o Luis XVI o si el turquesa es azul o verde. Más allá de estas nimiedades estéticas, no hay nada. Recuerde Master, que cierta gente me suele llamar Esteta, con cierta sorna y un mínimo grado de insulto. Pero, a mí que me importa: la Estética es bonita; lo social... es social y, por tanto, deprimente. He dicho.
Princesa Consuela; dése por agradado. Mucho me temo que no puedo ayudarle en sus diatribas sobre el turquesa. Piénselo, anyway. En este mundo hay gente para todo.
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