... El porqué de una mosca encerrada en un bote: Apología de la Biodiversidad II. Acto1. La Amenaza Invisible.

26 de septiembre de 2009

Apología de la Biodiversidad II. Acto1. La Amenaza Invisible.

26 de septiembre de 2009
Cuando los integrantes de la familia en la que me integro acuden al tendedero del jardín movidos por las pulsiones normales que ordinariamente impelen a cualquier ser humano a ir a cualquier tendedero, esto es, tender o destender la ropa, no sé a ustedes, pero a nosotros la relación con nuestro tendedero tampoco nos da para mucho más, cuando los integrantes de esta familia vamos al tendedero, les decía, tenemos que coger el cubo de la ropa y ejecutar una ginkana alrededor de la casa que incluye salir por la puerta del salón, saltar el jardín japonés, acceder al jardín occidental –o jardín en sí mismo, propiamente dicho–, sortear entre brincos las obras faraónicas que mi padre ejecuta en una parte del citado jardín, dar la vuelta completa a la casa por su parte de fuera y llegar finalmente al tendedero. Esto tiene su gracia cuando vas con el cubo vacío, pero si el cubo va lleno ríase usted del Grand Prix. Yo ya he sugerido que podríamos ponernos un traje de luchador de sumo para implementar la dificultad del recorrido, amén de la gracia. Un gordo mórbido cayéndose al suelo es una cosa muy graciosa, no me digan que no. O soltar una vaquilla por el jardín, mismamente, que es una cosa menos graciosa pero que siempre confiere emoción. Pandora, la vaquilla que da la hora, por ejemplo.

La razón de los integrantes de esta familia para emprender semejante epopeya es que hace tres días el jardín de mi casa amaneció cortado en su zona central, en el medio, en lo que un geógrafo llamaría la puta mitad del jardín, por una tela de araña con su correspondiente araña. La tela va de lado a lado, de la casa a la verja, y el paso por esa zona está sencillamente impedido. Y en la tela, la araña. Como diciendo, qué pasa.
Las razones de los integrantes de la familia para no acabar con la tela de araña dependen del integrante en concreto al que nos refiramos, aunque en todas prevalece en mayor o menor medida una cierta dote de gilipollismo. Mi hermano Héctor, por ejemplo, no acaba con la araña porque Héctor ama a la naturaleza hasta en sus más aberrantes manifestaciones, como las arañas o María del Monte. Si por él fuera corretearía por el bosque dándole besos de ventosa en los morros a todos los animales que se encontrase, arañas, perros, osos, murciélagos.
Mi hermano César, por el contrario, odia a la naturaleza y en concreto odia mucho a las arañas. Siempre que tiene que enfrentarse a una por la razón que sea –entiéndase por ‘enfrentarse’ a que vea una mierda de araña ignota detenida en el suelo a siete metros de distancia–, monta una escena que parece que le está atacando Ella-Laraña, la araña gigante de El Señor de los Anillos. Así que como para acercarse a ésta, que no vean si es gorda, sin licencias poéticas se lo digo, parece un perro de lo gorda que es, debe pesar como medio kilo, no exagero.
Mi padre, en una vuelta de tuerca más a la cosa filántropa, no acaba con la araña porque admira profundamente su tela. La de la araña. Desde un punto de vista intelectual. El otro día me tuvo un cuarto de hora explicándome las virtudes de su entramado.
–Mira –explicaba con entusiasmo señalando la tela–, ha hecho un hilo de la verja a la pared de la casa…
–Ahá –replico yo, que no me entusiasmo con tanta facilidad–.
–… y luego del centro al suelo. Para tensar el conjunto. Luego otro del seto al hilo principal y otro de éste al hilo tensor.
–Ya.
–Y en la confluencia de éste, ha hecho el círculo donde atrapa a los mosquitos. Y, qué perfección, son círculos concéntricos perfectos.
Mi padre alababa las virtudes de aquella tela como si la hubiera construido Santiago Calatrava.
–Además, fíjate –continúa–, se nota que está bien construida porque está llena de mosquitos. Luego ya se los comerá de noche, si eso. Las arañas es que duermen de día y viven de noche.
–Que crápulas.
–Si. ¿Y sabes cómo se los comen? Les inyectan un fluido disolvente, los licúan por dentro y luego las van absorbiendo. Pero no de golpe; se lo racionan, porque son animales muy inteligentes. Un día se comen un poco, otro día se come otro poco, hasta que al final sólo dejan la carcasa.
Si, en cómodos plazos.
Algo así. Es un sistema muy sofisticado.
–Ya veo. ¿Y Ferrán Adriá está al tanto de esta técnica?
–Oye, menos cachondeo –me espetó muy ofendido–, encima que te explico las cosas, pedazo de ignorante.
Y yo no estaba de cachondeo, pero es que mi padre hablaba de aquella araña con una fascinación que parecía que reunía ella sola todos los talentos de los grandes genios españoles del siglo XX y a mí ésta es una costumbre que me chirría un poco. Es como cuando ponen un documental de La 2 sobre tiburones y te dicen no, los tiburones es que son muy inteligentes, atacan a sus víctimas urdiendo una estrategia ahí súper complicada, y encima tienen un radar biológico, vamos, en resumen, que los tiburones son la polla. Y tú piensas ya, pues dile que haga una división con decimales, tan listos que son. O que inventen un i-pod. O los coches de choque. No te jode.
A lo que voy; que ni mis hermanos ni mi padre están dispuestos a matar a la araña por lo que les digo, argumentos diferentes que abundan todos ellos en el gilipollismo más incomprensible. Y mi madre tampoco la mata porque se pliega a la voluntad de la mayoría, en eso ella es muy democrática, dice que siempre tiene que acabar quedando como la mala de la película y que si nadie mata a la araña, pues hala, ahí se queda. Así que se dedica a odiar a la araña en silencio y echarle miradas de resentimiento desde la ventana.
A mí lo de la voluntad de la mayoría me suena a mariconada, no hay más que leerme. Y además pienso que en esta casa entre el gato, los ratones rusos de mi hermano, la increíble cantidad de moscas, el autillo cantor de Viena, los gorriones de por las mañanas y las cabras pigmeas del vecino hemos superado hace tiempo el número de animales exóticos que diferencia una casa normal de la isla de Parque Jurásico. Como para añadir encima a la colección una araña tamaño-perro.
Estoy resuelto a acabar con la araña. ¿Cómo? Mañana se verá, que toca el nudo. Lo de hoy sólo era el planteamiento. Y pasado mañana, desenlace. Estén atentos a sus pantallas.

1 comentarios en el bote:

bibliobulimica dijo...

me da un enorme gusto haber llegado hoy, que no tengo que esperar 24 horas para saber que pasó porque tengo el alma en un hilo con el pendiente de lo que suceda a usted, o a la araña....corro a leer la siguiente entrada

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