Hoy he estado en el Carreflús. Les diré, como punto de partida, que yo no utilizo la palabra Carrefour. Uno, porque tengo prejuicios muy gordos en contra de los galicismos y el afrancesamiento en general. Y dos y más importante, porque una vez una cajera del propio Carreflús me lo dijo así, Ca-rre-flús, y yo pensé ole y ole la gente con arte y con duende. Desde entonces no me pidan que diga Carrefour, porque no me sale. Esto mismo me pasa con Bershka, que una vez le pregunté a una y tú donde trabajas, pequeño petisuis, y me respondió ella muy convencida que en el Breskas. Y desde entonces soy manifiestamente incapaz de decir otra cosa que no sea Breskas. Estoy de psiquiatra.
A lo que voy; que hoy he estado en el Carreflús con motivo de la vuelta al cole. Yo no es que vaya a volver al cole, Dios me libre. A diferencia de otros sujetos consumistas con menos perspectiva de su propia alienación, yo ni necesito ni maldita falta que me hacen excusas para ir a comprar cosas que no necesito. Y mucho menos cuando se trata de la vuelta al cole, que no sé a ustedes, pero a mí es el evento comercial que más me pone, más incluso que las Navidades. Para mí la vuelta al cole no es vuelta al cole; es vuelta al Carreflús. Desde que tengo memoria, todos los finales de septiembre de mi biografía me los he pasado correteando entre los estantes de la sección Vuelta al cole del Carreflús, otrora Continente, salivando con fruición y estallando yo sólo en risotadas por los pasillos como el psicópata que soy, presa del entusiasmo incontenible profundo que me da el ver esas estanterías, que da gloria verlas llenas a rebosar de bolis de todas las puntas y tintas existentes, cuadernos de todos los merchandisings imaginables y tacos de post-its de todos los colores del espectro visible.
Los artículos de papelería son una de mis filias sexuales más marcadas. Se lo confieso. Me revolcaría feliz en una camioneta llena de material de oficina. Siendo adolescente gané una vez un premio de un certamen de cómic consistente en un bono de 150 leuros canjeables por libros en una conocida librería-papelería de Santander y bueno bueno, qué despiporre, deberían haberme visto en aquella librería-papelería, entré como Richard Gere entraba a las tiendas en Pretty Woman –me refiero a exigiendo que cerrasen sólo para él, no a ir acompañado de una puta ; soy un parafílico de las papelerías, pero de momento el llevarme una puta a una librería-papelería no entra dentro de mis perversiones a consumar corto plazo–. Si mal no recuerdo, nada más entrar me compré El guardián entre el centeno en cutre-edición de bolsillo y para de contar; ahí me dije Rubén, basta de cultura, por Dios. Y con la ingente cantidad de leuros restantes me puse kurdo a lápices de todo el espectro de durezas comprendido entre el 6H y el 4HB, cuadernitos gilipollas, archivadores de anillas, carpetas con separadores, separadores de separadores –este concepto existe, no me lo estoy inventado–, expendedores de cinta adhesiva con motivos de fantasía y unos retuladores –también me niego a decir rotuladores pudiendo decir retuladores, es como con rotonda, que estarán conmigo en que ni punto de comparación que tiene con retonda– unos retuladores, les decía, súper chulos que la tinta tenía brilli-brilli y que cuando pintabas con ellos te quedaban los dibujos muy bonitos pero te mareabas un poco de los efluvios tóxicos que soltaban y en alguna ocasión me dio la impresión de que incluso podía ver a través del tiempo, y cuando se enteró, mi padre, que siempre creyó en mi obra artística, no sólo no me los prohibió, si no que me compró otro kit y me dijo que siguiera dibujando porque con aquellos rotuladores los dibujos me emergían directamente del subconsciente reprimido y eso era algo muy valorado en el arte contemporáneo. Dudo mucho que esté tan valorado por mamá –le dije yo, que siempre tuve un sexto sentido para precognoscer qué iba a valorar y qué no iba a valorar mi madre, no me pregunten por qué–. Mi padre dijo que es que tu madre de arte contemporáneo no entiende nada, está anclada en el arte figurativo y de ahí no la saques, y además no le gusta nada que sus hijos desrepriman cosas, mucho menos el subconsciente, así tú no digas nada. Craso error, porque yo todo lo casco –tenía seis años, mi padre aún no me conocía lo suficiente–. Mi carrera como niño artista de subconsciente desreprimido acabó un día que le enseñé a mi madre mi más reciente obra subconsciente-desreprimida, que mirándola se puso así como un poco verde –mi madre– y me preguntó qué clase de bizarrada es ésta, Rubén, hijo mío –dijo mirando el dibujo con cara de repulsión–, pedazo de friqui –añadió–, y yo le respondí no lo sé, mamá, es que tengo el subconsciente desreprimido perdido y eso te da una libertad creativa que no veas pero también mucho descontrol sobre tu propia obra, las cosas como son, aunque así a ojo yo diría que es una alegoría de mi desasosiego existencial porque, como niño que soy y como churriguerista vocacional que también soy, me espanta el vacío, mamá, horror vacui, se llama. Mi madre miró al dibujo, me miró a mí, volvió a mirar el dibujo y me dijo finalmente pero si tiene tentáculos, Rubén, no me jodas. Tentáculos y está ahorcado con uno de ellos, si te fijas –respondí yo, que siempre me ha jodido mucho que la gente no capte el mensaje de mi obra–. Mi madre salió corriendo sin mediar palabra, le estampó el dibujo a mi padre en la cara y le dijo enhorabuena, tu hijo mayor ya no sólo es un yonqui de los rotuladores esos, es que además se la ha ido la puta olla con seis años que tiene, estarás contento. Y mi padre le respondió que lo de la olla bueno, pues lo hecho hecho está, y que por de los rotuladores no preocuparse, que no había nada que no arreglara un buen tratamiento de metadona aunque él, personalmente, prefería probar antes el con dejarme tontear con el crack, que tenía mucho material aún por desreprimir y que de ésta salíamos de pobres. Crack al final no tomé, pero yo creo que los retuladores del brilli-brilli me dejaron el subconsciente más desreprimido de lo normal, porque sigo pintando unas cosas un poco grotescas que mi madre se sigue poniendo un poco verde cuando las ve y porque además, pienso yo, no es muy normal llegar a los veinticuatro años y no saber decir la palabra Bershka, ni la palabra Carrefour, ni la palabra rotonda.
Ustedes se pensarán que estas circunlocuciones de diecisiete párrafos que voy metiendo sin complejos día sí día también las hago yo porque, precisamente, tengo mucha libertad creativa en lo literario pero que cuando hablo lo mismo me las ahorro porque lo mismo me da compasión mi interlocutor oral. Qué equivocados están. Es más, cuando escribo, al menos puedo releer lo escrito antes de hacer ingreso en los Cerros de Úbeda y retomar el hilo y acabar de contar lo que pretendía, como pienso hacer ahora. Cuando estoy hablando no puedo, porque a mí de tanto concatenar se me fatigan las sinapsis y se me borra la memoria cerebral a corto plazo, soy así, y no me pregunten de qué estaba hablando hace tres minutos. El otro día –ahí vamos otra vez, no me digan que no es como el Dragon Khan pero en blog– el otro día estaba yo precisamente echándole a mi compañero de piso una filípica en tres actos sobre la diferencia fundamental entre las etnias sefardita y askenazí del pueblo judío, cuando me interrumpe y me dice que aligere, que me estoy yendo por las ramas. Que aligere qué, le digo. Coño –replica–, que me digas ya lo que te ha pasado esta mañana, que te has puesto a decir no se qué cosa que te ha ocurrido esta mañana, has empezado a remontarte a los visigodos y de repente ya estabas comiéndome la cabeza con que si los judíos para arriba y los judíos para abajo, y llevamos así veinte minutos. Y oigan, ¿se pueden creer que aún me estoy preguntando qué me ocurrió aquella mañana? Y eso que debió ser algo interesante, porque yo, o el tema tiene verdadera miga, o no suelo remontarme más allá de mi propia infancia.
En fin. Que hoy he ido al Carreflús, no les cuento a qué porque hoy es el cumple de mi amigo Luis y no quiero dar pistas, si piensan que soy un cutre por comprar los regalos en el Carreflús léanse el blog mañana, que les contaré ya que es lo que fui a comprar. Y que me he pasado por la sección Vuelta al cole y se me ha caído la baba pero no me he comprado nada porque tengo ya de todo y estoy rozando el umbral de la pobreza y quieras que no, la cajera se iba a pensar que soy un poco frívolo. La incontinencia verbal es lo que tiene: no sería la primera vez que me pongo a darle explicaciones a la cajera de porqué compro lo que compro.
(continúa mañana)





Publicado por
El Señor de las Moscas



8 comentarios en el bote:
Quiero una entrada sobre la adquisición secreta de un tarot esotérico en esa misma librería de Santander!!!!
Lako
"Adquisición secreta" suena raro no? suena como a hurto (sisar, en crucigramas) Eso promete.
Señores:
por lo que vengo leyendo, divagar en usted es un arte, con retus o sin ellos, en carreflús o en el aldidiplo, y aunque me gustaría hacer algún comentario más, la verdad es que no recuerdo bien de qué iba lo que ha escrito. Pero lo de la parafilia por el material de oficina sí, eso creo que lo ponía usted en algún sitio. Ah! cuántas veces no habré esnifado el olorcillo de un libro de texto, o acariciado la primera hoja de una libreta... cuantas veces no he mordido una goma Milán y luego me he arrepentido...
Amiga Lako;
Sepa usted que no es la misma librería esotérica, querida amiga. No se me amontone con los revivals, vamos de uno en uno que no queremos aturullar a la concurrencia.
Amiga Luc;
No le culpamos por no saber de qué va lo escrito. Entre la LOGSE y que nosotros tampoco lo sabemos, lo pasamos por alto. Y divagar es vocacional, amiga, no tanto un arte como sí una actitud ante la vida.
Qué intriga con la compra en el carreflús... y lo del tarot que han comentado promete.
Me encanta el slide ese que has puesto a la derecha.
Que grande es la seccion vuelta al cole del Carreflus, yo tambien me peirdo entre tanto colorin, pero me encanta... a ver si un dia de estos me paso a recordar viejos tiempos, y me ccompro unos cuantos bolis y post-it!!! que ganas! jajaja
Intrigado por saber que compraste!
saludos!!
F. Gordon; gracias, amiga, aún está en periodo de pruebas.
Yopopolin; pues ya ve, amigo, un día podemos organizar una excursión harto freak al Carreflús y ponernos kurdos.
Yo también soy parafílica de las papelerías, como mucha gente creo, por ejemplo Paul Auster lo confiesa en "La Noche del Oráculo ".
Pero a mí el Cuatro Carros (no, no es mío) no me pone nada, sino esas papelerías "tradicionales" con esos cuadernos tan bien ordenaditos, y esas cajas llenas de lápices....
Dear Loquemeahorro; pues me deja usted mas tranquilo, oiga. Ya empezaba a pensar que era the only one. Y a mí el Cuatro Carros me pone por una cuestión de amor a la abundancia, pero vamos, encanto ninguno.
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