... El porqué de una mosca encerrada en un bote: Visita al Carreflús (II y final)

14 de septiembre de 2009

Visita al Carreflús (II y final)

14 de septiembre de 2009
Ésta es la compra que hice el otro día en el Carreflús; el auténtico y genuino clic Caballero Negro de Playmobil. 




Comprenderán que no haya podido contárselo antes para no estropearle a Luis mi fastuoso regalo estrella el día de su cumpleaños amiguito-que-Dios-te-bendiga. Si hay algo peor que el que te regalen un clic de playmobil a los veintinueve años es que te lo regalen, saberlo de antemano y tener que hacerte el sorprendido. Y eso que a mi amigo Luis le ha gustado y ha dicho que lo va a poner en su esquina-de-mal, que es una esquina que ha habilitado en el rincón de una estantería donde ya está un Darth Penguin customizado que le hice yo mismo, un Kill Pollito y los dos volúmenes editados de El Libro de los Conejitos Suicidas, que le he regalado yo también –ya ven que no hay nada como tenerme de amigo–.
A lo que voy: que no vean lo que vacila el clic Caballero Negro, que no sólo es que tenga una armadura negra-de-mal y unos accesorios-del-mal y un caballo-del-mal con faldones-también-del-mal –el pasamontañas del caballo, resumió Luis magistralmente–; es que el clic incluso tiene las cejas encorvadas hacia abajo, como diciendo che che che, cuidadito. Que soy un clic maligno.
No sé si ustedes eran fans de los clics. Yo sí. Yo con los clics a muerte. Mi infancia son recuerdos de un patio de Ruiloba jugando a los clics. Clics por aquí, clics por allá. Clics y más clics. Clics everywhere you look around.
Como hermano mayor que soy respecto de mis dos hermanos pequeños, válgame la refanfinfla, la gran tragedia de mi infancia fue que siempre estuve abocado a jugar a los clics con mi hermano César. No por placer, ojo. Con César uno no podía jugar por placer porque era un niño que a la hora de jugar hacía uso de su imaginación, pero no en plan de mirarlo y decir hay que ver, que imaginación desbordante tiene este niño y que eso es muy sano porque los niños de hoy en día tienen el cerebro podrido de tanta televisión. No. Era imaginación desbordante, si, pero en el sentido excesivo de la expresión. Y en el sentido literal; imaginación que se desborda. En el sentido que le miras con gesto preocupado y te dices, este niño está necesitando un psicopedagogo pero ya, o eso o que vea más la tele, a ver si es verdad que se le empoza un poco el cerebro. Había veces que se sentaba en el suelo a jugar con su imaginación, se pasaba veinte minutos dando palmas, luego se escondía en un armario, salía corriendo y estallaba en carcajadas él sólo, luego miraba un enchufe fijamente durante un cuarto de hora. Resultaba inquietante.
Lo que les decía, que dada su imaginación hiperbólica, jugar con César era un coñazo insufrible para los que éramos niños de imaginación rasa normalita, nunca seguías el hilo de sus fantasías patológicas. Si yo jugaba con él no era por placer; era por interés. En un vano intento por reconducir la psique descarriada de su hijo pequeño, una psique que a los tres años ya iba en caída libre, mis padres le compraban siempre los playmobil que más molaban. Que si el Asalto al Castillo de playmobil, que el propio Castillo de playmobil, que si la Granja de playmobil, que si el Fuerte del Oeste de playmobil, que si el Barco Pirata de playmobil. Y digo vano porque César no es de este mundo, su cuerpo está aquí pero por aquella época su mente ya volaba libre por la res cogitans, así que poco le importaron sus fastuosos accesorios playmobil, él siguió a su bola mística lo que le quedaba de infancia. Lo bueno de esta situación es que en efecto era un niño místico y con un punto rarito, pero también que era un niño libre de convencionalismos, a él conceptos tales como el de la propiedad privada se la traían al pairo y podías mangonearle los juguetes todo lo que quisieras, le daba igual.
Así que mi hermano Héctor y yo, que sí que creíamos en la propiedad privada de nuestros propios playmobil, jugábamos con los de César. Yo tenía que hacer esto porque a mi hermano Héctor y a mí, como niños sin trastornos mentales conocidos, mis padres sólo nos compraban los equipos playmobil más absurdos del mercado, supongo que para estimularnos un poco la imaginación, que teníamos la misma que un geranio. Y funcionaba, oigan. Mis equipos playmobil eran el Barco Patrullera de playmobil, la Rulot del Circo de playmobil y el Kit Desierto de playmobil, que incluía dos piedras de plástico, un árbol seco, una calavera de búfalo y tres buitres, dos con las alas cerradas y uno con las alas abiertas. Imagínense que esforzados ejercicios de imaginación bizarra tenía que hacer para poder jugar a algo con una patrullera, una rulot de circo y tres buitres.
Yo siempre valoré los esfuerzos pedagógicos de mis padres, pero reconozco que con Héctor se les fue un poco la mano. Cuando le compraron la Avioneta de playmobil adquirió la costumbre de meter dentro la ambulancia de la Pitufina –que como su propio nombre indica, era una ambulancia conducida por la célebre pitufa– y jugar a que la Pitufina conducía la ambulancia y la ambulancia conducía la avioneta. Y claro, cuando mis padres se dieron cuenta de que Héctor jugaba a que las ambulancias conducían avionetas y de que yo jugaba a las patrulleras conducidas por buitres, nos dijeron que porqué no jugábamos con los opulentos barcos y castillos de mi hermano César, que total a él le da igual, no ves que no se entera.
Una solución fantástica, porque además les diré que Héctor y yo no nos dejábamos mutuamente nuestros playmobil. Era una especie de challenge de desgaste psicológico que manteníamos, basado en dos pilares fundamentales; uno, no dejarse nunca nada en absoluto, antes muerto; y dos, siempre desear con todas tus fuerzas todo objeto que el otro tuviera en su poder, da igual lo que fuera, un playmobil, una bicicleta o un palo ignoto recién recogido del suelo. A él le debemos una de las grandes frases de la historia de nuestras infancias, con la que replicaba a mi madre cuando nosotros nos enzarzábamos en una pelea a tres bandas y nos poníamos a meternos tierra en los ojos los unos a los otros porque los tres queríamos jugar con la misma cosa. Y digo que nos peleábamos los tres porque César siempre acababa también metido en la reyerta. No por sentido de la propiedad, que lo que les digo, no tenía ninguno. Era en búsqueda de emociones fuertes. Como era un niño pacífico nunca experimentaba en su ser las clásicas andanadas de hostias que todo niño necesita experimentar, siempre que había un foco de violencia se ve que el cuerpo le pedía guerra y acudía como un niño kamikaze allí donde se repartieran hostias a mano abierta. Se ponía a defender a Héctor, unas veces, y a mí, otras veces, otras veces un rato a mí y otro a Héctor, y otras veces nos robaba el palo y se iba corriendo como un loco pegando carcajadas y Héctor y yo le estampábamos la cabeza a él contra una pared. El caso es que en ese momento bastante recurrente en nuestras biografías en el que estábamos los tres hecho un nudo de zarigüeyas rabiosas, mi madre aparecía y nos separaba como buenamente podía –y podía muy buenamente– y luego nos decía, muy pedagógica, la que siempre fue su solución a todos los problemas devenidos de tener tres zarigüeyas varones de edades parecidas y un poco obsesas que siempre querían la misma única cosa: Todo es de todos, anunciaba mi madre. Yo me quedaba muy pensativo ante esta reflexión y César también se quedaba muy pensativo –por imitación– y llegábamos a la conclusión de que era una planteamiento razonable para solventar este clima de hostilidades y dejar de arrastrarnos por los pelos constantemente los unos a los otros. A Héctor no acabó nunca de convencerle este entendimiento claramente bolchevique de la propiedad particular. Y, como les decía, hubo un día en el que se levantó del suelo donde un minuto antes nos revolcábamos sacándonos los ojos y anunció, muy digno: Todo es de todos, pero lo mío es mío. Así que con este razonamiento de niño perturbado que le duró hasta bien mayorcito, el tío nos manoseaba a los demás los juguetes pero su avioneta de playmobil y su pitufina ambulante es que no podías ni mirarlas.
Jugar con Héctor a los clics de César pronto se descubrió como una solución tanto a nivel lúdico como a nivel práctico; al no ser de su propiedad, el perturbado de mi hermano no podía dar rienda suelta a su fantasía burguesa de que todo era suyo, tenía que joderse y compartir. Les confieso que yo tampoco podía jugar a los clics con Héctor. Héctor era un niño sin sentido de la coherencia que mezclaba los clics con los action-man y con los dinosaurios, todos juntos en contubernio, y a mí eso me sacaba de mis casillas. Tú estabas, por ejemplo, defendiendo el Fuerte del Oeste con todos tus clics armados hasta los dientes, que invertías tres horas en montar todo el tinglado, y cuando tenías todo preparado y decía vale, que empiece el ataque, lo más probable es que Héctor se lanzase a la carga del Fuerte con un equipo de asalto compuesto de tres clics con pistolas, dos coches, la Pitufina en su ambulancia, un muñeco del power-ranger amarillo y un dinosaurio. Reconózcanmelo, no era serio. Para empezar, porque siempre cogía el power-ranger y, aprovechando que era un muñeco desproporcionadamente grande para el Fuerte, saltaba la empalizada, ponía el power-ranger dentro y decía muy convencido:
–Gané.
Y el juego acababa a los tres segundos de haber empezado.
No, no ganaste, Héctor –replicaba yo– así no se vale, dónde se ha visto un power-ranger atacando un fuerte, además no se pueden mezclar, tú no ves que el power-ranger es más grande que los playmobil.
Es que era gigante.
–No, no era gigante, déjate de inventos modernos, los power-rangers no eran gigantes.
–¡Espera –exclamaba, como quien tiene una gran idea–, voy a por el megazord!
–¡Déjate de megazord, Héctor, estamos jugando a los vaqueros! ¡A los vaqueros! ¡Y el dinosaurio ése también te lo guardas!
–¿Por qué?
–Pues porque, para empezar, en el Oeste no había dinosaurios. Y además eso es un avaceratops, y dónde se ha visto que un herbívoro ataque nada.
Como ven, yo también era un niño especialito.
–Vale. Pero la Pitufina la dejo.
–¿Y para qué quieres una pitufina en ambulancia, si estás asaltando un Fuerte?
–Por si se hiere alguno de mis clics –decía, poniendo cara de pena–.
–Vale, la Pitufina puede quedarse –a veces hay que saber hacer concesiones–.
Y luego jugábamos y él se pasaba el resto del juego trasladando a sus clics heridos –todos, oye, qué mala suerte– en la ambulancia de la Pitufina hasta la avioneta, desde donde los trasladaba a un cojín, que aseguraba que era el hospital de los power-rangers y de los clics. Lo dicho, que jugar con él era un infierno.
La reflexión que les traigo hoy después de contarles mi vida y obra es la siguiente: ¿no creen que los clics de ahora molan mucho más que los de antes? Porque, no sé si han estado recientemente cerca de un clic contemporáneo, pero no vean qué lujo de detalles. Y qué caballos, por cierto. Caballos caballos, con su crin y sus ojos y sus cascos, no los caballos de playmobil de nuestra época, que eran conceptuales. Las mujeres-clic ahora tienen el pelo largo –antes sólo se caracterizaban por tener la camiseta revirada, que ya me contarán ustedes qué marcador de género es ése–. Y hay clics negros, y clics chinos, de todas las razas, y clics uniformados, clics en pijama, clics caballeros negros, clics chonis, clics emos. Una diversidad que quita el hipo. Y clics de La Guerra de las Galaxias, oigan, ¡de La Guerra de las Galaxias! Cuando era niño, hubiera matado por un solo clic de La Guerra de las Galaxias. En resumen, ¿no creen que es profundamente injusto que los niños de ahora, que son todos una manga de psicópatas, carne de Supernanny todos ellos, disfruten de estos clics versión dos punto cero y que nosotros, una generación envidiable de sana, tuviéramos que conformarnos con los clics precarios y una jartá de sosos que teníamos? ¿No les parece injusto que este boom del mundo-clic se produzca cuando ya somos adultos? ¿No les parece insultante que hayan quedado para fetiche del diseño gráfico y para llaveros de los popis de más clásica escuela? Dejo ahí la reflexión en el aire, alúdase quien quién quiera.
Cerramos con esto la égloga que empezase tiempo atrás en el Carreflús -¡qué posibilidades tiene el discurso libre, oigan, ahora sé porqué los esquizofrénicos le tienen tanta afición!–, y les emplazamos para posteriores. Mañana, Berlusconi en El Porqué de una Mosca. Mientras, me disfruten del lunes, que los lunes con pan son menos –los que tengan pan– y me vayan aún por la sombra. Les veo en el post.

18 comentarios en el bote:

Sini dijo...

Buenos días Señor de las Moscas; ¿me va usted a explicar cómo es posible que en entrando yo a trabajar a las 7 de la mañana me encuentre con que usted ya ha publicado su correspondiente entrada? Hombredediosporfavor; tenga usted un poco de decencia.
En otro orden de cosas: pinchando sobre su "slide" (muy currado por cierto, aunque no sé exactamente a qué sexo se refiere (anda, "sliders", como la serie aquella...) en fin que yo también soy de los que hacen turismo verbal), decía que al pulsar sobre su slider se me abre otra ventana y en ella aparece UN ANUNCIO DE LA "IGLESIA" DE LA CIENCIOLOGÍA!!!!??
Por favor dígame que es una desgraciada coincidencia...

El Señor de las Moscas dijo...

Sini: vamos por partes. La intempestiva hora de la actualización se debe a que, como psicópata vocacional que soy, tengo usos nocturnos extremos, como los búhos. He intentado llevar una vida normal de persona que se acuesta a horas normales y no se levanta a la hora de comer, pero es que me resulta imposible a la par que un coñazo, oiga, misterios de la ciencia.

Y lo del slide, oiga, me deja de una pieza. Es que no está hecho para pincha, para empezar. Pero si pincho, a mí particularmente me sale el editor donde lo hice. Ahora que una cosa le digo, me parece mil veces más interesante la publicidad de la cienciología que no la de la faja-slim, ya sabe que aquí venderíamos a nuestra madre con tal de ser originales.

S. dijo...

qué barbaridad.Me acabas de recordar que mi madre me tiró una caja entera de clis,yo le digo clis,es más fácil de pronunciar.
Mi granja,mis caballeros del oeste...ainsss que penita

Azote ortográfico dijo...

a) Sus hermanos son la caña. Héctor en particular tiene el germen del totalitarismo en su ser. Además, es un genio del eclecticismo juguetil.

b) Quiero un amigo como usted para que me regale ese clic. Me encanta. Siempre quise el barco pirata de Playmobil, pero eran otros tiempos y no tener pito reducía considerablemente las posibilidades de que me lo regalasen en sustitución de muñecas repolludas y Barbies variadas.

c) Tenga usted cuidado en Cacafur, Carreflús o como usted prefiera denominar al insigne establecimiento, que ya hemos dado buena cuenta de que sus carteles son peligrosos para la salud mental.

d) El nuevo "slide" tiene su aquél, pero una servidora se pregunta el porqué de la ausencia de tildes.

Reciba un cordial saludo.

El Señor de las Moscas dijo...

Respondemos prestamente a nuestras dos posteadoras más incansables y más guapas:

S.: no se atormentem, amiga. Todos tenemos traumas. Mis clics también se fueron al cielo de los clics -sin pasar antes por el hospital de los clics-.

Azote, a usted le respondemos por partes, que si no nos desordenamos y no hay quien se siga el hilo a uno mismo:

a) La condición caña de mis hermanos es de sobra conocida, a mí particularmente me encantan mis propios hermanos. Y Héctor, fíjense lo que son las cosas, en un giro inesperado de las acontecimientos, ha acabado por abrazar la filosofía punk y el desapego a lo material.

b) Que razón tiene. Machismos aparte, hay cosas por las que decididamented me alegro dener pito. No hubiera soportado una infancia de muñecas repolludas (no me atrevo a pronunciar su nombre en inglés... cabaggepach... cachabaggkid... Que no, que no me atrevo)

c) Y usted que lo oiga. Pero a Carreflús se lo perdono más que al ABC, qué que quiere que le oiga.

d) Tiene usted toda la razón. Es más, me lo veía venir. Estaba haciendo los montajes en el photoshop y pensaba, verás tú como Azote me pone a caer de un burro, y con razón, por no poner tildes. Le explico brevemente; la culpa es de las tipografías que, moderno que es uno, las tiene todas bien rebuscadas y seleccionadas de entre los procelosos internetes, porque las que vienen de serie en los pecés y los macs son más feas que lo de atrás de una nevera, no me diga que no. Así que me descargo las más chulis, bonitas y modernescas tipografías de cada temporada, para ir acorde con los tiempos. Ocure que, salvo excepciones, son de autoría sajona, y carecen de tilde. No hay tilde, sencillamente. En casos de necesidad extrema -como en el banner de este blog, por ejemplo- nos armamos de paciencia, recortamos el palito de una ele y lo ponemos a guisa de acento. Pero me comprenderá que hay veces que a uno le entran calambres de tanto recortar eles y dice, ¡pues al carajo! Dígame por favor que m perdona, no podría vivir con este estigma...

Azote ortográfico dijo...

Queda usted perdonado, pero con la condición de que en sus ratos libres le eche ganas y paciencia y vaya arreglando el desaguisado poquito a poco. Que usted es de audiovisuales, hombre, no comience a parecerse a los de las tituladoras de Telahínco.

S. dijo...

escpge el premio o todos los que más le guste señor de las moscas

El Señor de las Moscas dijo...

Amiga S; no la entiendo a usted muy bien, querida amiga. ¿Espesor mañanero mío? Posiblemente si.

El Señor de las Moscas dijo...

No LE entiendo, sorry. Que si no Azote me Azota.

loquemeahorro dijo...

Envidio profundamente a tu hermano César, no por su rica vida interior (aunque sospecho que se lo debía pasar pipa), sino porque yo también tengo un gran sentido de la propiedad privada y hubiera matado por el barco pirata en mi infancia (hoy no, no por nada, sino por falta de espacio).

Incluso es posible que hubiera causado alguna herida grave por lo del desierto y sus buitres-clicks.

Pero por el del circo, no hubiera movido un dedo, que el circo es algo que me da cien patadas desde siempre.

Eso sí, la ganadora de todo, declaro que es Pitufina y su ambulancia. En serio ¿¿¿Pitufina Paramédica??? ¿A qué clase de enfermo mental se le ocurrió ese juguete? Perdón, "fubete".

El Señor de las Moscas dijo...

Amiga Loquemeahorro; venía con un kit. La Pitufina Ambulancia, el Pitufo Bombero, el Pufo Médico... Lo sé porque una vez lo ví en un catálogo, no porque tuviéramos más pitufos. Sólo la Pitufina Paramédica. Y sí, el circo me da igual número de patadas a mí. ¿Por qué, entonces, tenía la rulot? Misterios de la ciencia.

loquemeahorro dijo...

Supongo que tendrías la rulot por un error de Correos, que entregó la carta equivocada a los Reyes Magos y al final te mandaron lo que pidieron los hijos de Ángel Cristo: una rulot (separada de su padre)

Nando dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Nando dijo...

Yo era uno de esos desgraciados niños con una madre adicta a la limpieza y al orden. Tener muchos clics suponía que mi cuarto se convirtiera instantáneamente en una especie de baúl de los recuerdos de 4x3 metros, en el que ni el tío de El Último Superviviente se atrevería a adentrarse sin un cuchillo de caza, un botiquín y el testamento y seguro de vida en orden. Por consiguiente, tuve que reducir mi colección a un fuerte vaquero y un castillo (aunque el que salía en la tele molaba más... ¿Cómo era la musiquita? "¡Los valientes caballeeeeros venceráaaan!"), también con algún que otro elemento distorsionador que le daba un aire chic; uno encontraba zodiacs, guerreros medievales y floreros en cualquier esquina de las mazmorras. Muy minimalista todo, oiga.

Anónimo dijo...

En mi defensa tengo que decir que el asalto al castillo y el castillo eran una única cosa, que el Fuerte era de Héctor, y que la Granja tampoco era mía.

Ea.

César.

El Señor de las Moscas dijo...

Respondemos no tan prestamente:

Nando; ya veo ya, minimalista que quita el hipo. Pero los niños encuentran gran regocijo en la abundancia -yo, por lo menos, que no soy nada minimalista-, así que no creo que fuera una gran tortura entrar en aquella habitación -para el usted niño- donde los clics se esparcían por doquier.

Querido hermano: Licencias poéticas, coñe. Niégueme, si tiene valor, la existencia de la Pitufina. Si busca realismo no lo busque ni aquí ni en el cine de Coixet. Y por cierto, ¿el asalto al castillo no era un kit aparte del propio castillo en sí? Qué engañado he vivido toda mi infancia.

Anónimo dijo...

Lo de la pitufina es muy cierto, todos sabemos que hay videos que lo atestiguan. Sobre lo del castillo... creo que no, el susodicho castillo era una pared (con un agujero en medio) y una torre.

Mr.Incógnito dijo...

Uno. De lo mejor que le he leído.
Dos. Dan ganas de que rellene un libro por delante y por detrás contando estas cosas. Le llamarían a la tele por su literatura costumbrista y podía dejar de escribir para opinar de los escritos ajenos.
Tres. Podríamos hablar de lo icónico de los clics de antaño, de su representación conceptual de profesiones y caracteres. Pero es que hoy en día mete usted un click normal vestido de negro y con gorro diciendo que es un pirata y se come usted las cajitas de juguetes una detrás de otras. No es que estén muy bien hechos, es que de no ser así, hoy en día no se es capáz de añadir lo que falta.

Vamos, que es lo que creo, también me puedo equivocar. Que sabré yo de enanos y cachos de plástico.

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