Corromper.
(Del lat. corrumpĕre).
Me había propuesto no comentarles a ustedes nada del tema, principalmente porque cuando hablamos de política está demostrado empíricamente –tengo una página web que me demuestra cosas empíricamente; ya les he contado que tenemos un único lector en Estados Unidos y que con toda probabilidad es Gwyneth Paltrow–, está demostrado empíricamente, les decía, que cuando hablamos de política los ratings de audiencia de este blog se desploman como cuando ponen toros en La 2. Esto les honra tanto a ustedes como a los espectadores de La 2, si los hubiera. Los únicos que lo celebran son mis padres, fíjense ustedes, que cuando escribo sobre política me llaman y me dicen ah, pues me gustó mucho esto que escribiste sobre tal o sobre cual. Y no porque a mis padres les guste la política, ojo; lo que no les gusta es que escriba diálogos entre Robin y Ricky Martin, o que me ponga aquí a contar aventuras y desventuras de cuando voy a la farmacia a comprar condones. No les culpo.
Lo que les decía, que me había propuesto yo no hablar del tema por más que el telediario me lo meta por los ojos y Gabilondo-presentador –no confundir con Gabilondo-ministro– se rasgue las vestimentas día sí día también. Lo estaba llevando bastante bien, o eso pensaba yo, hasta que hoy, fíjate tú, estaba leyéndome el periódico en mi bar habitual de confianza y he leído la enésima revisión de la noticia –unas declaraciones del vicealcalde de Madrid–. Qué ejemplo de mesura estoy dando, pensé para mis interiores, que ni estoy volcando las mesas del local ni nada. Qué contención. Qué flema. Y en celebración mental de mis propias capacidades de autocontrol estaba yo cuando de repente he empezado a paladear una sustancia agria en mis propias instancias palatales. El café, dirán ustedes. Podría ser, les respondo yo, porque el café de mi bar de confianza sabe a muerto. Pero no. He comprobado no sin antes montar grande pajarraca –ahora sí; mesas volcadas, sillas volando, camareros invocando a Satanás, nubes de azufre, llamaradas, yo con los ojos encendidos cual niño de El Pueblo de los Malditos; un cuadro–, he comprobado, les decía, que la sustancia sujeta a paladeo era mi propia bilis. La bilis de mi propia glándula biliar intentado escapárseme del cuerpo, supongo que porque durante estos últimos días no he aliviado su evacuación de la forma acostumbrada. Esto es, en furibunda filípica en tres actos en este blog. Así que lo de hoy, aviso a navegantes, no es motu propio ni amor al arte: es una urgencia de tipo clínico. Seré breve.
¿Qué es esto, y repito, qué es esto, y añado por aquello del dramatismo, qué cojones, póngase énfasis en la jota de ‘cojones’, qué cojones es esto de que un partido político elija a dedo al nuevo presidente de Caja Madrid? Es más; ¿qué cojones –quiero oírles una jota con la misma sonoridad del rascar de su caja de cambios al meter la tercera–, qué cojones es esto de que un político, un político con todas las de la ley, un político en activo y militante de un partido como lo son Rodrigo Rato, Ignacio González o Manuel Pizarro, dirija Caja Madrid porque así lo decida su partido político? ¿Qué república bananera, qué país de polyspán es éste en el que en el Pepé se pelean como perros por el control de Caja Madrid sin ningún complejo, oyes, por el hecho, nimio a todas luces, de que los casos de podrida, viscosa y negra corrupción se les multipliquen exponencialmente –a la célebre trama Gürtel, destitución de un Secretario General inclusive sumen, entre otros, el Caso Poniente: chorropocientos millones de maravedíes que vienen mangando el alcalde de El Ejido y sus secuaces desde hace, redoble de tambor, dieciocho años, ahí es nada, cinco legislaturas de familiares del alcalde –y de familiares de sus secuaces– montados en el dólar–? ¿Por qué nadie se escandaliza? ¿Es que nadie encuentra una controversia ética bastante gorda aquí, o es que yo me he vuelto gilipollas integral profundo? ¿Por qué el gobierno, que se dice socialista así la tumba de Marx alcance un nueve en la escala de Richter de puro revolverse el inmortal alemán dentro de ella, no sólo no calla y otorga, atiende, si no que directamente intenta aupar a la presidencia de Caja Madrid a su propio candidato? Pero vamos a ver, ¿qué caciquismo atroz es este, en el que hasta el untarse las concesiones de obras públicas de los unos a los otros en las alcaldías de medio país parece poca cosa, visto que en las altas esferas se están repartiendo la cuarta entidad financiera de la nación con la saña con la que los buitres se disputan vísceras podridas? ¿Qué oscura lógica de la cosmogonía liberal o neoconservadora, o como coño se diga se diga en bonito, permite que un partido político, no el Estado, no una Comunidad Autónoma: un partido político, meta mano en el cuarto banco más poderoso del país sin más argumento que ah, se siente, es perfectamente legal? ¿Qué leyes tenemos, entonces, en el anteriormente citado país de polyspán? ¿Qué clase de legislación apuntala esta barraca de feria, máxime cuando dieciséis de los treinta y cuatro años de democracia –nuevo paladeo de bilis– han sido, técnicamente, gobiernos de izquierda? ¿Qué clase de valores éticos –ay la hostia: ha dicho éticos– tiene la clase política, los brahmanes del país, cuando de entre todo su rebaño, de todo el rebaño, Pepé, Pesoe, Izquierda Unida, partidos nacionalistas varios, no hay ni una sola voz que pida el micrófono para decir, señores, esto es de mear y no echar gota? ¿Qué país miserable es este, en resumen, en el que los filólogos son camareros del Starbucks mientras los analfabetos, los iletrados y los hijos de puta –categorías que son de todo menos reñidas entre sí– acceden al poder de un modo u otro, el partido es lo de menos, y se reparten impunemente las riquezas del país sin mediar en el reparto más sistema de puntos que a ver quién la chupa mejor, quién ha leído menos libros en su vida y quién es capaz de demostrar la más flagrante falta de escrúpulo?
Me he quedado mucho mejor, la verdad. No hay nada como un desfogue para enfrentar con alegría los restos de la jornada, sobre todo cuando de la jornada sus restos merman porque, oh prodigios, han cambiado la hora. No me pregunten por qué, pero seguramente porque alguien saca tajada de ello. Apuren, pues, los restos de la jornada, retiren sus ahorros de Caja Madrid y vayan por la sombra. Mañana hablaremos del cine español, posiblemente. Otro mosqueo a lo tonto, ya verás.






Publicado por
El Señor de las Moscas



4 comentarios en el bote:
Admítelo, éste era realmente el post sobre el amor para no encasillarte ¿verdad?
He llegado a este blog de oca en oca (creo que enlazando desde Lo que me ahorro en psicoanálisis) y sólo diré una cosa: me ha gustado lo de país de polyspan. Igual me hago lectora habitual y todo.
Comentamos:
F.Gordon; ahí ha estado usted rápida. Me ha gustado. Y sí, lo admito; para qué le voy a engañar.
Laesti: pues sea usted muy bienvenida y considere ésta su casa. Venir de Loquemeahorro son siempre unas buenas referencias. Esperamos verla en sucesivas.
VIva Suecia!!
Y soy filólogo y confirmo que somos camareros (no del Starbucks, que no hay en Salamanca), pero sí de otros bares iguales de cool.
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