... El porqué de una mosca encerrada en un bote: El amor en los tiempos del i-phone

20 de octubre de 2009

El amor en los tiempos del i-phone

20 de octubre de 2009
Reza el principio fundamental que rige toda pulsión amorosa que es condición sine qua non para su génesis que la persona amada tiene indefectiblemente que no amar a la persona amante. Dicho más propiamente: que la fuerza primigenia que mueve las poleas de la cuestión amatoria es que ni puto el caso que nos hagan.
Se lo crean o no, esta gran verdad del pensamiento humano se la escuché yo a Ana Rosa Quintana. Si si, a la mismísima Ana Rosa, un día que tuvo el acceso espiritual allí en plató, en su propio plató de su propio programa, El Programa de Ana Rosa, en riguroso directo. Y no encontró mejor manera para aliviar sus urgentes necesidades místicas que soltando esta máxima según le vino. Raca. Como las soltaba Sócrates, pues así. Sin venir a cuento. Y así se quedaron sus contertulios, claro: patedefuá todos ellos. Ay la hostia, decían sus caras. Qué se nos rompe el raccord, Ana Rosa, el raccord, el timing, el tono y todo ello. Y así me quedé también yo mismo, en mi mismo salón de mi misma casa, en mi misma mismidad: patedefuá también. Y pensé, ay la hostia, esta mujer está lela, esta mujer está boba, esta mujer es que se ha desayunado un gin-tonic o si no no me lo explico. Luego maduré, me volví místico y leí a Paulo Coelho y me di cuenta de la gran verdad subyacente en la máxima anarrosesca. Le cogí respeto a Ana Rosa Quintana, mira tú. Pensé huy, quien sabe, lo mismo está esta señora aquí emitiendo dogmas inapelables del devenir del pensamiento humano y sus coetáneos partiéndonos el culo de ella porque resulta que está adelantada a su tiempo. Y nosotros diciéndole Ana Rosa, gilipollas, que eres una ridícula y una gilipollas. Y Ana Rosa pensando ya ya, reíros, a ver si os reís tanto cuando mis teorías se llamen el Anarrosismo y sean la fuente de todo razonamiento en Occidente, dentro de trescientos años. Como le pasó a Sócrates. Que le escupían por la calle y le decían Sócrates, tontolaba, andamamarla, y cosas peores. Y mira ahora. Luego Ana Rosa soltó su célebre frase del somos negros, confirmé que es gilipollas profunda y ahí acabó nuestro idilio intelectual.

Les cuento todo esto, no lo de Ana Rosa si no lo del amor, porque he sido retado formalmente a tratar el tema en el blog. Que vas de frío, me dijeron. A que no tienes valor a hablar de amor en el blog. Te faltan huevos. Y yo, de ordinario inmune a las propiedades enajenantes transitorias que en la condición masculina ejerce el no hay cojones, no me he picado no por la mención a mi genitalidad. No jodas. Me he picado porque me han mentado la falta de registro. Te falta registro literario, añadieron. Y cojones. Pero sobre todo, registro. El amor es el gran tópico literario del ser humano. Ése y la muerte. Y tú llevas ciento cuarenta y dos entradas contando que si hoy te has peleado con el vecino, que si hoy tu prima cumple años, que si hoy te vas al dentista. Pareces la que escribe los cuentos de Teo. Así que, ya ven, sujeto a tan oprobiosa comparación, con mucho la peor de mi breve carrera como absurdo blogger –una vez me dijeron ay, escribes como Lucía Etxebarría, y yo pensé bueno, mírale la parte buena, ya no te podrán decir nada peor–, no me quedan más huevos que remangarme el registro y anunciarles: hoy hablamos del amor. Así, como abstracción. Y no quiero volver a oír que no tengo registro.
Y qué digo, le pregunté yo a mi contertulia. Qué cuento. No sé, díjome ella. Lo que se te ocurra. Cuenta alguna historia de amor que hayas tenido. Ah no, respondí. Lo que me faltaba. Contar aquí vida y obra. Además, que no he tenido grandes historias de amor. No de las que molan, desde luego. De estas ahí apasionadas que se te hace el pezón escarcha con sólo contarla de la pura pasión. De las otras, si. De las de qué mierda es el amor. De eso algo ha habido. Pero vamos, como todo el mundo. Ah no, me cortó ella, eso si que no, para decir que el amor es una mierda te ahorras la entrada en el blog. Tienes que decir algo bonito. Que el amor es bonito, por ejemplo. Y explicas por qué. Una cosa te voy a decir, anuncié; antes muerto, escúchame bien, antes muerto enterrado y agusanado que rebasar qué determinados niveles de cursilería. No hay nada peor que un blog repipi. Bueno, pues cuenta una historia de amor ficticia, te la inventas y ya está. Anda que no te inventas tú cosas cuando quieres, que mientes más que hablas. Ya me inventé una historia de amor una vez, le recordé yo, en la que el cantante de Franz Ferdinand y el de Muse se peleaban por mi amor. Y no coló. Hombre, me dijo ella, es que ésa estaba un poco cogida por los pelos. Y además eso no iba de amor; iba de sexo. Que es que no sabes diferenciar una cosa de la otra. ¿Yo?, inquirí indignado. Lo que me faltaba por oír. Yo diferencio perfectamente, querida amiga. Bueno, terció ella, me da igual: no se puede hablar de sexo, ni decir que el amor es malo. Tú verás lo que haces. ¿Puedo empezar con una frase de Ana Rosa Quintana?, pregunté. ¿No será la de los negros? Preguntó ella. No, respondí yo. Entonces vale, respondió ella.
Bueno, pues qué quieren que les diga, ya metidos en harina. Comentario de texto sobre el amor. El amor, dos puntos: a mí el amor me parece, en efecto, una cosa muy bonita. Eso, algunos días. Y otros me parece una puta mierda en su nominación superlativa. Esto es, putísima –la mierda–. Dijo una concursante de Gran Hermano –Ana Rosa Quintana, Lucía Extebarría, una concursante de Gran Hermano; grandes pensadores, los que citamos hoy, ya ven que no tenemos complejos–, dijo una concursante de Gran Hermano, les decía, y espero que no duden que fue así porque así fue, se lo juro por lo más sagrado que lo dijo una concursante en uno de sus vídeos de presentación del programa, que ella no quería enamorarse porque estar enamorado es estar enajenado. No sé en qué pictograma con iconos de publicación pedagógica para analfabetos lo leyó, pero lo dijo. Dijera quien lo dijera en su origen, porque dudo chísimo que fuera ella la ideóloga de la frase ante la presencia en la misma de sujeto, verbo y predicado en su correcto orden –y con esto dejo de darle caña–, el caso es que estoy moderadamente de acuerdo con la máxima. Enamorarse es enajenarse. Da gustito, sobre todo si te corresponden. De ahí que todos pensemos que es bonito y que Meg Ryan esté ahí en el candelero haciendo películas una detrás de otra desde hace treinta años así los pellejos le estén llegando al suelo. Pero enamorarse es enajenarse, y me da igual cómo se pongan. Puro instinto reproductivo. Mal entendido por nuestra mente, eso sí, que después de miles de años de evolución con el colofón final del Romanticismo del XIX, pues le llama pan a lo que es vino y tan panchos nos quedamos, oiga. Pero es instinto reproductivo. Hay quien dice que la vida es sagrada. Que cada cual acaba recibiendo lo que merece. Y hay quien piensa en la trascendencia del alma. En la comunión cósmica. En los ovnis. Yo, lo siento, prefiero observar una óptica más de Desmond Morris, que es un señor con mucha más autoridad intelectual que quien proclama las bondades del amor o de cualquier otro signo emocional sin más juicio que el fervor cantamañanas del que quiere vender su libro, o su peli. O su moto. Esto es así, fué así siempre y siempre será, creo yo. El amor en los tiempos del cólera no se diferenció, en su esencia, del amor en los tiempos del i-phone. Que es muy bonito, que sí. Que da gustirrinini, también. Pero que en el fondo, muy en el fondo, no se abstrae ni diferencia fundamentalmente del hecho de que conservemos un rabito en el cóccix. Somos animalitos, amigos. Y eso no nos lo quita nadie.
Dicho lo cual, doy por cumplido el reto, espero no haberme saltado demasiado la norma de no decir que es una mierda y espero con fervor que se dé por aludido quien debe y, por ende, me invite a cenar. Ya ven con qué sucintos métodos, qué imposturas narrativas tenemos que improvisar los parados para salir un sábado a cenar. Una desgracia. Quién nos ha visto y quién nos ve. Les veo en la próxima. Vayan por la sombra y no se enamoren.

6 comentarios en el bote:

Anónimo dijo...

considerame aludida

El Señor de las Moscas dijo...

Te considero.

Sir Di dijo...

"No se enamoren".

Bueno, pues yo no espero enamorarme, pero necesito urgentemente que alguien me haga señales (muy perceptibles) en plan: " Ayy, que bueno que estás!!!"

Semos animales con necesidades básicas.

bibliobulimica dijo...

mire que mi vida era más bonita sin saber eso de "somos negros" ehhh; de lo que se tiene una que enterar para leer qué cosa sucede con el amor en tiempos del i-phone.
Me da gusto que haya ud. conseguido su cena. Por mi parte, tendré que ir con loque para sacarme lo que no conocía de mi cabeza.

Ibán dijo...

El reto lo has pasado con nota. Los comentarios de texto en el colegio sobre el amor eran la cosa más ridícula (y vergonzante). El anarrosismo es mi nueva religión. Tu titular me vuelve loco. Y, en efecto, el amor es cosa muy bonita nunca correspondida.

El Señor de las Moscas dijo...

Sir Di; no se queje, que yo cada vez que veo su foto con la cara emergiendo entre los flecos de la puerta le acabo tirando el trasto. Retome su blog y consideraré la idea de que nos unamos en matrimonio.

Bibliobulímica; en efecto, amiga, la vida es dura. Y mire que para eso pongo los hipervínculos, para que los clique quien quiera y no obligar a nadie a ver nada. Piense, de todos modos, que la innoble Ana Rosa se lo dedicó a toda España sin previo aviso, zaca, sin necesidad de meterse en blog alguno.

Ibán: yo también estoy pensando en hacerme anarrosista ilustrado. Y los comentarios de texto del colegio, en general, de lo que fueran, eran ridículos y vergonzantes. ¿Te acuerdas de la parte de 'coméntalo con tu compañero'? Ahí es cuando yo decía: Dios, tengo ocho años, pero fulmíname, no te cortes.

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