... El porqué de una mosca encerrada en un bote: La vida en Technicolor (II); el porqué de un caballo verde -encerrado en un bote-.

27 de octubre de 2009

La vida en Technicolor (II); el porqué de un caballo verde -encerrado en un bote-.

27 de octubre de 2009


En la afoto: 'Die großen blauen' y 'Blaues Pferd I', ambos de Franz Marc. En 1911, a Marc le dio por ponerse a pintar caballos azules uno detrás de otro y fundó, junto a Kandinski, lo que se llamó Dier Blaue ReiterEl Jinete Azul–, uno de los más celebrados movimientos del expresionismo alemán. Y nadie montó tanto escándalo, oiga.
Hoy recogemos el testigo que nos lanzamos anteayer a nosotros mismos y les contamos la historia de cuando pintamos el caballo verde y nadie supo nunca si esto constituyó una gran genialidad o una gran cagada.
Érase que se era, hace muchos muchos años, en un lejano reino mágico muy muy lejano que se llamaba Cantabria, un niño de ocho años que iba a una escuela de pintura para niños que necesitaban una terapia ocupacional como el comer. Érase que a ese niño su profesora le dijo según entró –según entró el niño, no según entró la profesora: la profesora ya estaba allí, si no vaya gracia de escuela–, le dijo la profesora según entró: niño de ocho años, una cosa te voy a decir; para triunfar en el mundo del arte hay que dominar primero la pintura académica. Caballete, mezclar al óleo, dibujar a mano alzada, lo de coger perspectivas mirando el lápiz con un ojo guiñado, ese tipo de fricadas. Así que, niño de ocho años, ya me estás llenando un bol de frutas y pintando un bodegón. Y ese niño de ocho años pensó hay que joderse aquí con la Velázquez, siglo y medio de revolución de la pintura para que me ponga aquí la gilipollas esta a pintar tres peras en una palangana. ¡A mí me deje de bodegones!, le espetó a la profesora el niño de ocho años, henchido de fervor creativo, ¡quiero crear! Y yo para ser feliz quiero un camión, replicó la profesora. Nos ha jodido aquí el jovencito Renoir. Y acto seguido la profesora, que era una sucia reaccionaria del arte, metió tres peras en un bol, puso un flexo encima y le ordenó que pintara. Pinta, rata, gritó.
A lo mejor estoy exagerando un poco, pero es que mi primer contacto con el arte académico fue muy traumático y aún no se lo he perdonado. El caso es que estuve una semana pintando bodegones, al cabo de la cual le pregunté a la profesora:
–¿Puedo pintar algo que no sea fruta, por favor?
–Algo como qué, a ver.
–No sé, algo más moderno.
–Algo más moderno… ¿una estatua griega que le falten los brazos, dices?
–Bueno, estaba pensando quizás en algo incluso más moderno.
–¿Un paisaje?
–Si, bueno, no, no sé. Algo que no parezca que vivimos en el siglo XVII.
–Ay no sé hijo, me he perdido…
–¿Puedo dibujar el radiocassette? –hasta ahí llegaba mi desesperación­–.
En la escuela teníamos un radiocassette en el que ponían música para amenizar el proceso creativo de las personas que allí perpetraban sus cuadros y en el que, en consonancia con las inercias artísticas pictóricas del lugar, lo más moderno que sonó vez alguna fue una sonatina de Bach –sólo llegamos al Barroco–.
–¿Y para qué quieres pintar el radiocassette? –preguntó la profesora muy extrañada, como diciendo, pedazo de excéntrico–.
–Ay señora, no sé, para que no me den ganas de pegarme un tiro.
–¿No te gusta más este caballo? –dijo ella meneando en el aire una foto de un caballo–.
–Ni un cristo, señora.
–Perfecto. Pues a pintar el caballo, ale.
–Jódete y baila.
Y ahí que me puse a dibujar el caballo porque, lo dicho, los niños de ocho años pueden ser todo lo creativos que quieras que, de libertad creativa, ni una miaja. Y en la azarosa tarea de pintar un caballo y colorearlo a la acuarela me encontraba yo, casi a punto de acabarlo, cuando la profesora pasó por detrás de mí, vio el caballo y dijo:
–Rubén, ¿has pintado ese caballo tú sólo?
–Si.
–¿Y por qué lo has pintado verde?
Mierda, pensé. Yo es que empecé a pensar en tacos a edad muy temprana. Precisamente por esto me sentí tentado a contestarle:
–Porque me sale de los cojones, señora. A ahora váyase por ahí a limpiar un bote de pinceles, o a comprar trementina, o mismamente a cagar a la vía. Pero a mí déjeme en paz.
No lo hice, claro; mi libertad creativa, insisto, estaba coartada en todos los ámbitos de la expresión artística. Así que contesté.
–Porque así es más bonito.
Ahí has estado rápido, me dije a mí mismo. Es lo que se espera de un niño de ocho años, me añadí seguidamente.
La profesora miró al caballo. Me miró a mí. Volvió a mirar al caballo. Me volvió a mirar a mí.
–Cuando vengan tus padres diles que quiero hablar con ellos.
Mierda. Ya te la has cargado, pensé para mis adentros. Pero si yo no he hecho nada, me repliqué yo mismo también para mis adentros. Sólo me he confundido de color. De marrón a verde, ya ves tú, no es para tanto. Me he confundido me he confundido, me burlé de mí mismo para mis adentro con voz de falsete –voz mental de falsete–. Como ven, era un niño con una gran vida interior.
Esperé a que vinieran mis padres a recogerme mirando el caballo verde, un rato, y otro rato a los demás niños de mi mesa, que se me choteaban en las narices y a la postre descojonaban del equívoco. Principalmente porque me habían visto cagarla con el color y no habían dicho nada para, precisamente, proceder a chotearse cuando llegara la profesora. Esta actitud fue una constante en los niños que me rodearon en mi infancia desde mi bautismo de fuego: párvulos. Me pasas el pinturín verde para colorear la rana, le decía yo por ejemplo a algún niño de mi mesa de párvulos. Sí, contestaba, y me pasaba la plastidecor azul conteniéndose la risa. Y yo le decía, vamos a ver, mongólico; la verde. Ésta te la puedes meter por el culo –ya era agresivo a tan tierna edad, pero estarán conmigo, como para no serlo–. Esto, claro, si me pasaban la azul, o la negra. Pero como me pasasen la roja, tan feliz que me quedaba. Gracias, decía, y pintaba la rana de rojo para descojono generalizado de todos los parvulitos allí presentes. Me consolaría pensar que ahora son todos yonquis, mendigos o cajeros del Mercadona, pero entre que no es así y que yo mismo no estoy lejos de acabar siendo yonqui, mendigo o cajero del Mercadona, mejor no pienso nada y vivo en mi frustración.
El caso es que la señora profesora me había dicho que cuando llegasen mis padres quería hablar con ellos y yo los tenía de corbata, no sabía muy bien por qué, pero de corbata. Tampoco hizo falta que la avisase; desde la escena del caballo se pasó el resto de la clase mordiéndose las uñas y mirando nerviosa a la puerta, y cuando por fin llegaron mis padres se lanzó a correr escaleras abajo como una loca, agarró mi bloc de la mesa, a mí por una manga y nos llevó a todos, padres, hijo y bloc, a su despacho. Se sentó sin mediar palabra y empezó a buscar en el bloc hasta que llegó a la página del caballo verde. Todos esperábamos un discurso sobre un niño psicópata que pinta cosas de muerte y mutilación, como los niños atormentados de las películas de miedo. Incluso yo lo esperaba –y eso que yo ya sabía de lo que iba el tema: es que soy muy sugestionable–. Pero no. La señora extendió el dibujo del caballo ante nosotros, lo miró, sonrió, cogió aire y exclamó:
–Esto –dijo dándole golpecitos con el dedo índice–, esto, señores, es una genialidad.
Los señores y yo nos quedamos a cuadros. Por lo visto, pintar un caballo verde era síntoma de que yo tenía una creatividad desatada. Resulta que los grandes genios empiezan con tonterías de estas, que si un caballo verde, que si un perro rojo, y luego acaban siendo eso, grandes genios. Van Gogh, según dijo ella, se pasó media infancia pintando cosas del color que no eran, y sus padres se desesperaban y nadie le entendía y luego mira, un genio de la vanguardia europea. Hay que tener la visión suficiente para detectar eso y saber valorarlo –dijo ella señalándose a sí misma– y más –dijo ya señalándome a mi– en un niño cateto de pueblo, que ni está en contacto con las vanguardias europeas ni nada.
–Talento innato –concluyó–. Este niño tiene un potencial que tenemos que desarrollar, porque este caballo verde es un destello de genialidad.
Mi padre fue el primero en reaccionar. Se creció como un palomo, tosió y finalmente dijo que la verdad es que si, que desde siempre había sido un niño muy creativo y con unos destellos de genialidad que quitan el hipo. Me revolvió el pelo y me miró con cara de orgullo. Yo miré al caballo verde, mi pasaporte hacia el éxito. En ese momento me pareció el caballo más bonito jamás dibujado sobre un bloc de papel de esbozo.
Mi madre, que también tiene fe en mí pero tiene un sentido de la sinceridad más marcado, fue quién optó por romper el hielo. Al fin y al cabo, dijo, no era para tanto. Ya ves tú, un caballo verde. Cualquier caballo marrón es mejor que un caballo verde.
La profesora la miró con cara de no poder creer lo que oía. A la profesora se conoce que los caballos marrones debían parecerle una aberración de la naturaleza. Yo miré a mi madre con gesto de tristeza profunda, de niño brillante con destellos de genialidad pero incomprendido por su madre. Chantaje emocional del clásico. Yo es que en lo de la sinceridad he salido a mi padre. Pero mi madre no se dejó amedrentar: la verdad siempre por delante, hijo mío, parecían decir sus ojos. Mamá, que te veo venir, déjame disfrutar de la ilusión, dijeron los míos. Pero no. Mi madre cogió aire y le dijo a la profesora:
–Y le diré más –anunció blandiendo el dedo en el aire–: el niño vale, porque vale mucho, no le diré yo que no. Pero lo que le pasa a este niño es que es daltónico. Coño ya con tanta leche.
Entonces fui yo el mirado. Mi madre me miró con cara de no pongas esa cara, que ya lo sabías. Mi padre me miró con cara de se jodió lo que se daba, hijo, otra vez será. Mi profesora me miró con cara de que Van Gogh se tenía que estar revolviendo en su tumba. Yo miré a mi caballo verde. En ese momento me pareció el engendro verde más feo jamás dibujado por un niño sin destellos de genialidad.
Ése fue mi contacto más intenso con el éxito artístico. No sé si mi profesora pasó automáticamente a odiarme por haber fingido ser un genio del arte o es que pensaba que el daltonismo era un retraso mental; el caso es que me tuvo haciendo mezclas de colores seis meses. Al séptimo mes de estar haciendo mezclas sin más resultado que el marrón oscuro como resultado de cualquier color que me propusiera, anuncié a mis padres que ya no me gustaba pintar y que me desapuntaran de la academia. Mis padres se conmovieron mucho con mi renegar del mundo académico. Como los grandes, dijeron orgullosos. Me desapuntaron, colgaron el caballo verde en medio del salón y no replicaron mi decisión de abandonar la escuela. Lo dicho, porque estaban conmovidos. Por eso o porque pensaron que para estar pintando caballos verdes, mejor no pintar nada.

Pinten las cosas de su color y vayan por la sombra. Les veo mañana.

10 comentarios en el bote:

El Perro Lunar dijo...

Conmovedora y profunda inmersión en su mente infantil, oiga. Yo opino que las opciones no eran excluyentes y que usted era daltónico y un genio, 2 X 1.

No me resisto a señalar, aunque ya lo sabrán todos, que Pablo Neruda dirigió una revista que se llamaba precisamente "Caballo verde para la poesía", en cuyas páginas publicaron ilustrísimos poetas por todos conocidos, y que se vendía por dos pesetas y media.

Y en la portada había un puto caballo verde como está mandao.

El Señor de las Moscas dijo...

Perro Lunar:

Qué rapidez de posteo, oiga. Visto y no visto. Lo suyo tiene mérito.

De daltónico lo tenía -y tengo- todo pero de genio no tenía nada, siento decirle. A los resultados del test anterior me remito. Además, un verdadero genio domina las técnicas académicas. Ya luego hace con ellas lo que le sale del culo, pero las domina. Y yo, oiga, por más tiempo que le dedique, es que lo de la perspectiva con el lápiz el ojo guiñado, no hay manera. Yo creo que es un bulo. O un infundio. O una mamonada.

Y lo de Neruda, completamente cierto. Y también que fletó un barco para sacar refugiados de España despúes de la guerra y llevarlos a su país. Que se llamaba 'Winnipeg'. El barco, no el país. El país se llamaba Chile. Y se sigue llamando así, creo. ¿Sabe cuyal le digo, uno así alargado? Pues ese. Así que lo dicho: que viva Neruda y los caballos verdes.

S. dijo...

me has recordado,a que una vez le hice una trabajo en clase de pintura a un niño que me gustaba pero le dije que me tenía que dar 150 pesetas(una se enamora pero no es tonta)y el joputi aún no me ha pagado(al final enamorada y tonta)

Anónimo dijo...

Te atreverías con la sinestesia o es imposible de explicar ?Pater

Sir Di dijo...

Yo y la pintura somos enemigos declarados. Diría incluso más: los genes Blanco Y García no tienen la capacidad de pintar ni una triste maceta. Esa capacidad la tenía el gen Fraile, y ha ido a parar a mis primos lejanos (cagüen tó).

Yo en primero de la ESO: llega el profe con un balón medicinal, una caja de zapatos. Pone el balón sobre la caja, la caja sobre una silla, y dice: "Este es vuestro examen, a pintar sea dicho". Yo a cuadros.

Y lo del lápiz y la perspectiva tpoco lo acabé de pillar.

El Señor de las Moscas dijo...

S.; si es que ya lo dije yo hace dos actualizancias: el amor es enajenación. Me gustaría decirle que me parece muy inocente pedir 150 pesetas por hacer un dibujo. Pero es que no es inocente, oiga. Y a estas alturas de su vida, ¿se ha hecho usted ya rica?

Pater: bienvenido sea a esta nuestra humilde morada. Note usted que ya hemos tratado el tema de la sinestesia en varias ocasiones (la principal, en esta dirección: http://elporquedeunamosca.blogspot.com/2008/09/daltonismos-aparte.html). Tampoco queremos aburrir a la parroquia -más- con el recuento completo y pormenorizado de nuestros trastornos en el tracto visual. Bastante aguantan ya los pobres. No descartamos volver sobre el tema en sucesivas, pero antes mejor dejar respirar. Considere ésta su casa y haga el favor de no cortarse con las sugerencias.

Sir Di: vemos que los problemas técnicos con nuestro blog no han reincidido. Pintar esferas, del género que sea, pasa por ser la actividad más coñazo que jamás se pueda plantear en el mundo del arte, con excepción quizás de la sala de las tallas polícromas del Prado. ¿Y le quedó a usted un balón medicinal bonito?

bibliobulimica dijo...

pues siempre me río mucho con todos sus posts...a lo mejor no tenía el genio necesario para la pintura ¿pero que tal para la escritura? ¡que no se puede querer ser genio en todos los rubros oiga!

El Señor de las Moscas dijo...

Bibliobulímica: la escritura tampoco es nuestro rubro,oiga. ¿Usted ha visto qué perífrasis, que se pierde uno al leerlas? Me pierdo yo al releerlas, y eso que las he escrito...

Anónimo dijo...

bueno, mire que eso pasa solo con los grandes de la literatura ¿a cuántos conoce que hayan leído el Tristam Shandy, Ulises, Rayuela, y un largo etcétera y le hayan entendido a la primera o no se hayan perdido???
bibliobulimica (que la nave nodriza no me deja firmar de otra manera)

vivirviviendo dijo...

Y ji, ji... y ja, ja... esto es un no parar. Me tiene usted adiccionado a su blog y leyéndolo por fecha en sentido inverso al que fue escrito. Se los reconozco, tengo un temor en mi interior, que se acaben las entradas y la nada devore a la fantasía. Recuerdo sentirme asin cuando tocaba a su fin la décima temporada de Friends, Descanse en paz.
Bueno señor... de las moscas, que es un placer conocerle.

Jjo.

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