Existe un principio lógico que ha llevado a mucha gente a concluir que la lluvia en Sevilla es una maravilla, tanto a lo largo de la tradición del pensamiento lógico y racional como a lo largo de la tradición, antagónica a ésta en sus principios más fundamentales, del folclore andaluz. Y por mucho que me empeñe en lo contrario, es este principio el que me lleva a mí a concluir, con similar propiedad en el campo de la lógica pero con notable menos propiedad en el campo del arte, el duende, el arsa y el tocotó, que la lluvia en Cantabria no sólo no es una maravilla, sino que es una absoluta mierda.
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Cosa que no me explico, oiga, el porqué de no poder asumir un enfoque más andaluz sobre los objetos del mundo. Un enfoque caracterizado por su perspectiva lerele, un enfoque en donde todo se resuelve con un fino y unos pescaítos, qué coño, arsa mi arma que arte tienes, un enfoque, en resumen, con el que da gusto ir por la vida. Y más en este país preñado de autonomías donde todos somos iguales en nuestra disparidad. Pues no hay manera. Existe alguna diferencia fundamental que marca la diferencia, oiga. Es por esto que no hay eminente orador en el planeta, así sea un filósofo sofista griego, capaz de sacar a un andaluz moderado de su proverbial erre que erre con que Andalucía es, de entrada, lo más mejor que hay en el mundo. Ya no digamos sacar a un andaluz integrista –ergo probablemente sevillano– de su empecine con que Sevilla es lo más grande jamás habido sobre la superficie del planeta, por encima no sólo de la rueda, la penicilina o la Ilustración, o incluso por encima de Rocío Jurado, y cuya única excepción a la grandeza de Sevilla es, por una cuestión de grado, Triana. Triana no sólo tiene, como Sevilla, un color especial; con Triana es que ya te cagas, directamente. Triana es el epicentro del universo conocido, el origen de la civilización y quién sabe si de la vida misma.






Publicado por
El Señor de las Moscas


