Sirva la absurdah Sarah Jessicah solamente para ilustrarnos; no pretendemos parodia alguna con Sex & The City.
Hoy me llama mi amigo Álvaro por teléfono y me dice que si le hago un favor. Le respondo que faltaría más.
–Cómprame condones de sabores –pide–. Es que me da cosa ir a la farmacia.
–Álvaro, que tienes veintinueve años.
Desde que entré en la edad adúltera (me maravillo con mis propios dobles sentidos), he sido el único de todos mis amigos capaz de entrar a una farmacia y decir hola, quiero condones. Esto lo recalco yo no porque diga mucho de mí, si no porque dice muy poco de mis amigos.
La cosa empezó hace bastantes años, un día que otro amigo cuyo nombre no pienso citar me llamó al móvil y me anunció, presa del entusiasmo:
–Lucía reventó como el Machichaco. Necesito condones de sabores.
Lucía era su novia de la época. Y el Cabo Machichaco, no sé si lo saben, fue un buque que explotó en la bahía de Santander a principios de siglo. Y, silogismo elemental, yo me imaginé a la tal Lucía explotando espontáneamente, ¡bum! Casi me da un infarto. Y luego me pregunté que, dado este reventamiento espontáneo de Lucía, uno, a qué venía tanto entusiasmo, y dos, para qué necesitaba condones de sabores. El susto y las dudas se me pasaron cuando supe que lo del Machichaco no era un silogismo, si no un símil.
–Quiero decir que le ha venido la regla –aclaró–.
Nuestros símiles tienen un grado de sofisticación que ya ven, ni Moncho Borrajo en sus más picantes retruécanos.
El amigo en cuestión arguyó que pensaba invitar a su novia a un fin de semana en una casa retirada –en Cantabria no utilizamos la acepción casa rural porque todas las casas ya son, en sí mismas, rurales, nos parece una acepción un poco redundante– y que, en estando ella en este estado tan pintoresco (canastos, hoy estoy sembrado), y al no poder practicar el sexo tradicional por razones igualmente pintorescas, se decidiera por fin –ella– a catar las mieles del sexo oral (¡repámpanos, es que no puedo parar de crear!). El chico pensaba llevar los condones de sabores como aliciente.
–Porque no tiene el paladar educado –explicó– y tampoco quiero ser yo aquí un tirano.
–¿Qué concepto tienes tú de lo que es un fin de semana romántico? –le pregunté yo cuando logré salir del estado de estupefacción–.
–Tú vete a la farmacia y cómpramelos–.
Y lo que les digo, que al principio eran condones de sabores, como mucho, y muy bien. Pero poco a poco, conforme estos amigos y otros amigos crecían, y todos ellos e iban ahondando más en las posibilidades que ofrece la vida adúltera, los encargos farmacéuticos empezaron a ser más exóticos. Y yo, que creo en la libertad y también creo en el libertinaje y no le doy al asunto mayor funfún, no me he dado cuenta del crescendo dramático que estaban adquiriendo mis compras farmacéuticas habituales hasta que hace poco la señora farmacéutica, que siempre ha tolerado bastante bien que vaya allí y le empiece a preguntar por toda clase de chismes extravagantes, se puso un poco pálida cuando llegué y le pregunté si tenía lubricante pero no del normal, si no del efecto-frescor. La señora farmacéutica pestañeó, tragó saliva, pestañeó otra vez y me dijo finalmente así como en voz baja que no, que no tenía de eso. Digo yo que ya después de haber ido allí preguntando por condones de todos los sabores del espectro gustativo y de todas las texturas del espectro táctil y de todos los materiales incluyendo en poliuretano –que haberlos, haylos–, y por gel estimulante de no me pregunten qué zona concreta del cuerpo, e incluso por un anillo vibrador extra-powerful, pues no sé de qué se extraña esta señora. A estas alturas debe pensar que tengo la vida sexual de, precisamente, Rocco Siffredi. Y hasta arriba de crack. Rocco, digo. No yo. Yo no tomo crack.
Por esto mismo ha habido un momento en que he decidido acudir a manos profesionales, esto es, a los sex-shops. Las navidades pasadas acudí con mi amiga Eva a uno a comprar un genuino pene de goma. Mi amiga Eva es psicopedagoga diplomada, el pene de goma lo necesita para impartir clases de sexualidad a los adolescentes de los institutos públicos de Cantabria, que es a lo que se dedica mayormente. A ver si se van a pensar que mi amiga Eva lo quiere para ella sola, pedazo de ordinarios.
–Es que estoy harta de ponerle condones a un plátano –me explicó cuando ya estábamos allí intentando decidirnos entre tantos modelos–. Los chicos necesitan un modelo más realista.
–Ya. ¿Por eso te lo compras tres días antes de que vengan los Reyes?
–Lo compro cuando tengo tiempo libre –me espeta, y alzando en el aire un inmenso mamotreto de látex, pregunta: –¿Qué te parece éste?
–Pues hombre, es rosa. Así a ojo diría que mide veinticinco centímetros. Y tiene más diámetro que un bote de mermelada. Realista realista, no es.
–Y encima tiene un botón.
Eva pulsa el botón, y el pene de goma empieza a vibrar, girar y cabecear en todas las direcciones, todo a la vez. Parecía un besugo recién sacado del agua. Eva y yo nos quedamos mirándolo fijamente.
–Insisto en que esto no es realista –consigo articular finalmente, con los ojos clavados en el chisme–.
–Y tiene distintas velocidades. Mira.
Eva le da a la palanca de las velocidades y lo pone al máximo. Tuve que ayudarla a sujetarlo, porque es que se le iba de las manos. Entre sus vigorosas maniobras a todo trapo –las del chisme–, conseguí leerle el nombre.
–Eva, ¿quieres saber cómo se llama?
–¿Cómo? –dijo Eva, que seguía sin ser capaz de apartar la mirada del aparato–.
–Perforator 2000. ¿Tú crees que es edificante hacerles creer a las niños adolescentes que éste instrumento de Satanás representa la realidad?
–Vamos a ver, Rubén. ¿Quién es aquí la psicopedagoga?
–Tú.
–Pues eso. Me lo llevo.
Pagó y le dijo a la dependienta que no se lo envolviera para regalo, que se lo llevaba puesto, y acto seguido estalló en tremendas carcajadas. Yo sigo pensando que no es un ejemplo edificante. Y el pene enorme, tampoco. Pero allá ella.
Estaba yo contándole hace trescientos cincuenta párrafos que mi amigo Álvaro me había llamado una vez más para que le comprara condones de sabores en la farmacia y que yo, que estoy un poco harto de ser aquí la Lorena Verdún de todo el mundo, le decía que si no le daba vergüenza venirme con ésas a sus veintinueve años.
–Pero es que la de la farmacia me conoce –arguyó–, y conoce a mi madre.
Y es verdad: a su madre, a su padre, a sus abuelos y a sus antepasados remotos. Así hasta remontarse a los visigodos. En este pueblo no hay secretos para nadie. Así se lo dije:
–En este pueblo no hay secretos para nadie. Y si no, puedes comprarlos en el súper.
–Es que en el súper no hay de sabores.
–¿Y para qué quieres tú condones de sabores? –pregunto yo, no por enterarme, si no porque con mi historial farmacéutico y sex-shópico lo mismo una tarde me conozco todas las prestaciones sexuales de cuanto objeto fálico haya en la Tierra y a la tarde siguiente me entran razonamientos de catequista y me pregunto con genuina ingenuidad para qué sirve un condón sabor grosella silvestre: estoy de psiquiatra–.
–¿Tú para que crees que los quiero?
Total, que le digo que sí, como siempre, y que esta noche se me invite a cenar y se los llevo a su casa. Algo bueno tendré que sacar yo de todo esto.
Entro a la farmacia y le digo a ese fistro de farmacéutica:
–Hola señora. Lo de siempre.
No, no le dije esto, porque lo de siempre últimamente son mis antihistamínicos. Estaba de broma. Le dije hola señora, quiero preservativos de sabores. Porque decirle condón a una farmacéutica es como decirle caca a un médico; está feo. Y ya no digamos decirle mierda, o boñigo, o peor, zurullo. Doctor, me he observado molestias abdominales en el momento de plantar el zurullo. Quieras que no, queda ordinario. Se le dice deposición. Al médico. Y a la farmacéutica, preservativo. Vamos, depende de las necesidades comunicativas específicas del momento, pero suele ser así.
La señora se agacha hacia el muestrario de condones y me pregunta que de qué sabor. Y con toda la naturalidad del mundo y sin maldad ninguna, le digo:
–Pues ni idea, porque yo no me lo voy a meter en la boca. ¿Usted cuál me recomienda?
Silencio en aquella farmacia. La farmacéutica se me queda mirando, muy quieta, con los ojos muy abiertos, en la misma posición agachada. Yo la mira con igual estupefacción. Así nos quedamos, mirándonos súper-estupefactos, por lo menos, y no exagero, como diez interminables segundos de máxima-tensión-ambiental. Yo esperaba que pasara la clásica planta rodadora de las películas del Far West, pero las farmacias no suelen ser su nicho ecológico. Así que no pasó ninguna. Y yo, para salir de aquella situación tan tensa, miro al estante de los condones y elijo el primer sabor que veo.
–Tuttifrutti.
La señora, sin dejar de mirarme, agarra la caja de condones tuttifrutti y la planta en el mostrador.
–Nueve noventa. ¿Algo más? –espeta–.
–No señora.
Esto se lo dije como agachando la cabeza un poco. No me pregunten por qué.
Esta noche he quedado a cenar y haré solemne entrega de los condones tuttifrutti. Más te vale, Álvaro, desde aquí te lo digo, que los disfrutes con salud. Me han costado convertirme en persona non grata en la farmacia que, como bien sabes, es la única del pueblo. Que sepas que a partir de ahora te toca ir religiosamente a comprarme los antihistamínicos.