... El porqué de una mosca encerrada en un bote: 1/12/09

10 de diciembre de 2009

El porqué de cincuenta moscas

10 de diciembre de 2009
(Pulsen play. De nuevo, éste es un post interactivo multimedia y tienen ustedes que leerlo mientras escuchan la música. Un millón de amigos, by Roberto Carlos. Empacho de almíbar hecho música que bien podría ser el himno nacional de la Aldea del Arce: hoy estamos de comunión mística con el mundo y me van a tener que aguantan la tontería.)
A continuación, hará su entrada en el estrado el Señor de las Moscas, mosca superiora del cotarro, que en esta fecha tan señalada tiene el deseo de dedicarles unas palabras. Como si de ordinario no les dedicase ya pocas. Tiene cojones.

3 de diciembre de 2009

La enana marrón, la mediana amarilla y la gigante roja.

3 de diciembre de 2009
Vaya por delante que yo soy poco aficionado a los videojuegos. Para empezar porque los videojuegos propios de mi generación son de simulación, del tipo Doom o Resident Evil, en los que eres un figurín que va tranquilamente andando por la calle sin hacerle daño a nadie para que de repente te aparezca un monstruo horrendo detrás de la esquina y te descuartice allí mismo. De poco me vale que el figurín vaya armado hasta los dientes y aprovisionado con una ametralladora cósmica de repetición a cuatro tiempos, con la que puedes matar diecisiete monstruos de una ráfaga: particularmente no puedo con estos juegos tan sorpresivos y con tan mala baba. Mi concepto de pasar el rato no incluye jugar a un juego en el que cada dos minutos sufra un conato de embolia porque un monstruo zombi horrendo mutante me salga de detrás de una esquina pegado alaridos.

2 de diciembre de 2009

Siempre nos quedará Dinamarca

2 de diciembre de 2009
Esta tarde un amigo de cuño reciente me comentaba que era francófilo. Yo francófilo, dijo. Francófilo confeso. Y feliz en mi francofilia. Y no francófilo por lo franco, les aclaro: francófilo por lo francés. Francófilo por lo franco es, por ejemplo, Curry Valenzuela. Y francófilo por lo francés es, por ejemplo, Rossy de Palma. Más afrancesada que francófila, poniéndonos técnicos, pero ustedes me entienden. Les explico la diferencia –entre francófilo por lo uno y francófilo por lo otro– porque una vez asistí a una conversación en la que uno de los contertulios acabó diciendo pero vamos a ver, francófilo es que te mola Franco, o cómo. Y yo pensé Señor, llévame pronto.
El caso es que este amigo me comentaba que él es feliz entre los alasanfán y yo le dije que guay y que lejos de los que pudiera parecer –y aquí mento yo hábilmente a PerroLunar y a mi amigo Ángel, entre otros afrancesados ilustres– a mí todo lo que huela a Francia me parece bien o, al menos, mejor que lo que huela a patrio. O que promete más, si ustedes me entienden. Y que afrancesarse es siempre una gran idea. Y luego le conté la historia ésta del rey sueco que era francés de nacimiento que cuando agonizaba inconsciente en la cama le descubrieron el pecho para auscultarle y encontraron ahí un tatuaje que decía muerte a los reyes, porque resulta que antes que rey fue general de Napoleón. Porque soltar una anécdota nunca viene mal, cultura de Trivial, y para enlazar con la cosa sueca, que ahí iba yo: porque, continué explicando, por declararse confeso de un país, soy más de… de… Y me quedé en blanco.
data:newerPageTitle data:olderPageTitle data:homeMsg