Esta tarde un amigo de cuño reciente me comentaba que era francófilo. Yo francófilo, dijo. Francófilo confeso. Y feliz en mi francofilia. Y no francófilo por lo franco, les aclaro: francófilo por lo francés. Francófilo por lo franco es, por ejemplo, Curry Valenzuela. Y francófilo por lo francés es, por ejemplo, Rossy de Palma. Más afrancesada que francófila, poniéndonos técnicos, pero ustedes me entienden. Les explico la diferencia –entre francófilo por lo uno y francófilo por lo otro– porque una vez asistí a una conversación en la que uno de los contertulios acabó diciendo pero vamos a ver, francófilo es que te mola Franco, o cómo. Y yo pensé Señor, llévame pronto.
El caso es que este amigo me comentaba que él es feliz entre los alasanfán y yo le dije que guay y que lejos de los que pudiera parecer –y aquí mento yo hábilmente a PerroLunar y a mi amigo Ángel, entre otros afrancesados ilustres– a mí todo lo que huela a Francia me parece bien o, al menos, mejor que lo que huela a patrio. O que promete más, si ustedes me entienden. Y que afrancesarse es siempre una gran idea. Y luego le conté la historia ésta del rey sueco que era francés de nacimiento que cuando agonizaba inconsciente en la cama le descubrieron el pecho para auscultarle y encontraron ahí un tatuaje que decía muerte a los reyes, porque resulta que antes que rey fue general de Napoleón. Porque soltar una anécdota nunca viene mal, cultura de Trivial, y para enlazar con la cosa sueca, que ahí iba yo: porque, continué explicando, por declararse confeso de un país, soy más de… de… Y me quedé en blanco.