Como hacía mucho que no les contaba una de estas historias que me pasan a mí en la que los transeúntes desconocidos me paran por la calle para emitir juicios sobre mi persona y decirme huy, has engordado o huy, te estás quedando pelón, y yo lo flipo en technicolor pero me tengo que callar porque tengo una educación británica y ustedes se ríen mucho y los transeúntes también y yo digo si, miren qué cosas, jajá, pero en mi interior muero un poco más por dentro, como hacía mucho de esto, les decía, hoy tengo una para ustedes.
Estaba yo el otro día en el Carrefour de Las Rozas, en el clásico área comercial que hay en todos los Carrefoures delante de la clásica línea de cajas, dentro del centro comercial en sí pero fuera del Carrefour propiamente dicho, no sé si me entienden. Estaba concretamente ahí, les decía, concretamente delante de una tienda de animales, concretamente ante el escaparate de las cobayas de la citada tienda y concretamente absorto ante las citadas cobayas.
No sé si lo he explicado alguna vez, pero las cobayas tienen el inquietante poder de hacerme entrar en trance mental psíquico profundo. No me pregunten por qué. La ciencia no tiene respuestas para todo.
Creo que tiene algo que ver con el hecho de que, cuando era niño, mis propias cobayas de mi propia sangre fueron brutalmente asesinadas por un zorro de las estepas cántabras. Porque ésa es otra; mucha Cantabria Infinita y mucho plano aéreo y mucha anchoa pero aquello, créanme, está salvaje. Se lo digo yo. Peor que la selva virgen. A mis peces se lo comieron unos renacuajos; a mi canario se lo comió un azor; a mi gato, un perro; y a mis cobayas, un zorro. La depredación, ya ven, está a la orden del día. Ninguna muerte natural. Y todo en cadena trófica ascendente, además. Como en el Pleistoceno. Así que cuando voy a Cantabria y estoy andando por el bosque y me voy admirando de la belleza de los parajes y disfrutando del follaje en eclosión y aspirando la fragancia del romero en flor y de repente un helecho se menea, pues miren, a mí es que me dan espasmos allí mismo. Porque de detrás de ese helecho lo mismo te sale una mariposa ignota que una manada de gorilas en la niebla sedientos de sangre. Y tienes que volver a tu pueblo, ya ves, corriendo campo a través perseguido por cantidades variables de animales salvajes. Que en tardes buenas lo mismo es un gato pero en tardes malas parece que estás en plena partida de Jumanji.
El caso es que, lo que les decía, tenía unas cobayas y esas cobayas se reprodujeron y tuvieron cobayitas y hacían cuí-cuí y yo estaba encantado y un día dejé en el jardín a la familia cobaya al completo para que hicieran la fotosíntesis y también para que hicieran cuí-cuí y esa familia cobaya fue asesinada por una alimaña que salió de la foresta con alevosía y mala baba y yo me las encontré ahí panza arriba y tripas fuera, que vaya estampa. Un cuadro de caza inglés, pero en plan tarantinesco. Y claro; se conoce que tengo un trauma enquistado en el cerebro. Del tipo siguen balando las cobayas, Clarisse. Y yo las oigo haciendo cuí-cuí. Desde entonces, cobaya que veo, cobaya que caigo fulminado por el hechizo de su embrujo. Ella me mira, yo la miro a ella y así podemos pasarnos horas. Que te lo haga Anthony Blake, pues bueno. Pero que te lo haga una cobaya queda como raro. Raro el ser humano, claro; en la cobaya, no tanto. Tampoco tiene nada mejor que hacer.
Bueno, el caso es que estaba yo ahí, en aquel Carrefour, delante del escaparate de la tienda de animales y perdido en las profundidades de mi mente tristemente anulada por los poderes telepáticos de un rebaño de cobayas cuando me se acerca un tipo y me dice alegremente:
–¡Hola! ¿Conoce los beneficios del lodo del Mar Muerto?
–Pues no.
Pero es que, entiéndanme; le dices que sí a los de Greenpeace o a los del Círculo de Lectores. Que si, lo conoces y que no, no te interesa. Pero cómo decir que sí si te mencionan los lodos del Mar Muerto. Cojones. Es como si te preguntan ¡hola!, ¿conoces el Paradigma de Lasswell? O, ¡hola!, ¿conoces los beneficios de empuñar el Cetro de Ottokar? Pues mira, oye, pues no. Yo qué quieres que te diga.
–¡Bien! –añade el tipo, que claramente tenía más reflejos que yo–, ven por aquí que yo hacer una dimostrasión.
Y me fui detrás de él cómo cual pollito detrás de mamá ganso. Ya ven; engatusado por un vendedor de barro, embrujado por unas cobayas… Gran resistencia mental, la mía.
Me sienta el amigo en una silla de estas plegables de tela cual silla de dirección de Isabel Coixet y no sólo no me da un cucurucho-altavoz para que dirija La vida secreta de las palabras, que va; es que va y saca, no me pregunten de dónde, un puñado de una sustancia pastosa, y me empieza la untar por la cara.
–Pero, oiga, vamos a ver… –replico dando manotazos al aire–.
–¡Sales! ¡Sales del Mar Muerto! ¡Son muy buenas para el piling!
–Ya, escuche…
–¡Son buenas para piel!
–Ya, seguro, pero mire…
Y repentinamente, se queda mirando fijamente a una parcela de piel de la cara. De la mía, claro. Hace esto durante diez segundos y finalmente, para tranquilizarme, articula cara de horror y empieza a señalarlo con la boca abierta y el dedo tembloroso.
–Qué, qué –le pregunto convencido de que tengo cáncer de cara–.
Y me responde la que posiblemente sea la frase de la semana.
–Es que veo que tener piel de mierda. ¿Tú alergia?
Me lo quedo mirando fijamente. Esto lo aprendí de las cobayas.
–¿Perdone?
–Que veo que tú piel de mierda.
–¿De mierda?
Se hace el silencio hasta que el tío cae como en la cuenta y dice:
–Ah, perdona que no hablo bien español, soy veinte días en España, yo Egipto, yo Avi, me puedes decir Javi, españoles llaman Javi, jajá. ¿Tú?
–Yo Piel de Mierda, por lo visto. Para servirte. ¿Me puedo ir ya?
–No no, tú escucha, veo granos, veo piel mierda, veo estrés, veo que tienes poco pelo, ¿tú alergia?
–Sí, alergia, sí.
Y pienso: a la vida. Pero sólo mentalmente.
–Ah –y se queda pensativo–. ¡Entonces no sal!
Y yo pienso, salir de donde. Pero no. Era sal, de sal. De sodio. La que tenía por toda la cara. Porque, por si la humillación no fuera completa, no se olviden: Piel de Mierda estaba en pleno Carrefour con una mascarilla de sal en la cara.
El tipo me da una toallita, me quita la sal y me viene con un bote de algo marrón.
–¡Lodo! –anuncia–. ¡Lodo de Mar Muerto! ¡Bueno para alergia!
Miro el bote.
–¿No pretenderá usted echarme eso en la cara, verdad?
–¡Si! ¡Yo prueba gratuita para tú!
–Ah, no. Lo que faltaba. Ponerme mascarillas aquí delante de toda esta gente. Que no les conozco de nada. Ni que fuera yo Tita Cervera.
–¡Es lodo! –me espeta, como diciendo, qué te has creído, gilipollas– ¡Lodo del Mar Muerto! – añade como dándole más valor, y apuntilla finalmente: –¡Cien por cien barro!–.
Como diciendo, de qué te crees que está hecho el lodo.
–Mire –le replico–, no sé a cómo se cotiza el barro en Egipto, pero le digo una cosa: en una escala del asco, eso, en España, es el estadio anterior a la boñiga. Así que a mí no me lo unta usted ni muerto.
–¡Pero bueno por alergia! ¡Yo piling a ti y –atentos, que aquí viene la segunda frase de la semana– luego yo pongo barro a ti y luego –atentos– yo desfollo a tí!
Pestañeo. Vuelvo a pestañear.
–¿Qué luego me qué?
–Luego yo pongo lodo y luego yo desfollo a ti.
Pestañeo diez veces. Trago saliva.
–Obviando las muy inquietantes implicaciones semánticas y también filosóficas, por qué no decirlo, del concepto ‘desfollar’ –acierto finalmente a decir–, a mí no me desfolla usted ni muerto. Y, además, lo que usted quiere, o eso espero, no es desfollarme. Es desfoliarme. Y mire, tampoco.
–Pero tú piel mala…
–Sí, piel de mierda, ya lo sé. Sabe qué –le digo, sacudiéndome las miles de toallitas y sobres de crema y cremas en sí que tenía encima; parecía uno de la Pandilla Basura cuando salía del cubo–, sabe qué –le dije–; que me voy. Desfolie usted a una señora de estas que pasan por aquí, que es lo propio.
–A las señoras las desfolla mi compañera –dice señalando a su compañera–.
Me doy cuenta de que tiene una compañera. Me doy cuenta de que, al otro lado del stand, está untándole ungüentos a una señora a la que tienen sentada en otra silla de Isabel Coixet. La señora no se queja, y además tiene cara de velocidad.
La miro, miro a la compañera y le miro a él.
–Qué degenerados –les espeto–.
Y me voy muy digno a ver a las cobayas.
11/07/2010





Publicado por
El señor de las moscas


5 comentarios en el bote:
Hacía ya un rato que no me reía tanto y para colmo, no me atrevo a hacer ningún comentario, porque ya tendrá usted bastante con la experiencia vivida,la de los cobayas y la estepa de Cantabria y la de el lodo del Mar Muerto y las amenazas de desfolle, digo yo que es mejor que me quede callada , llena de consuelo como me siento, por haberme librado de semejante bagaje cultural. Mi admiración a usted.
@ Estodevivir:
Y la mía a usted, por merendarse semejantes tochos y encima postearnos sus impresiones. Así ga gusto.Y en cuanto a lo que me comenta, pues sí; hay bagajes a evitar. Claramente. Pero uno es uno y sus circunstancias y le vienen de serie. Qué le vamos a hacer.
¿Quién será el villano que lo primero que le enseña a un extranjero que tiene que vender en España es "piel de mierda"?
Lo otro lo decía a posta, que lo mismo alguien cuela.
pd. ¿Has entrado en el blog de EstodeVivir? Pues entra, entra...
Ahhh cómo me he reído...que gusto ver que ha vuelto a publicar oiga. Terrible la historia de sus cobayas. Recordaré si algún día voy a Cantabria no salir al bosque, no me vaya a comer algún animal.
@Loquemeahorro; eso me pregunto yo, oiga. Qué ganas de andar enseñándole tonterías a los extranjeros
@Bibliobulímica; recuerde, si algún día va usted a Cantabria, avisarme. Y le invito a usted a un jugo de habichuelas on the rocks por ser tan maja.
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