El tercer problema de España es, por lo visto, la clase política. La clase política así, en abstracto. Como concepto.
No lo digo yo, ojo; lo dice la propia España. En boca del último barómetro de opinión del CIS. Que la clase política es el tercer problema, con un veintiuno por ciento; que el segundo es la economía, con un cincuenta; y que el primero, con un setenta y ocho por ciento, es el paro. Problemas que lo son, al menos, según la ‘percepción subjetiva’ que los habitantes de este país hacemos del inmenso chocho en el que estamos inmersos. Me encanta este palabro, por cierto. No chocho, que también; ‘percepción subjetiva’. Es un concepto subjetivo que incluye la noción ‘subjetivo’ en su propia enunciación. Es metasubjetivo, no sé si me entienden. Y una gilipollez.
Otra palabra que me encanta es ‘clase política’. Los hispanohablantes es lo que tenemos; a la hora de hispanoablar según rezan las normas del más papismo que el papismo de lo políticamente correcto –un invento tan norteamericano que por carecer carece hasta de una forma sustantiva en nuestro idioma–, no hay otros que con tanta vocación y denuedo nos entreguemos al destile de eufemismos, discursos de género y génera, dispersión de arrobas desde avioneta fumigadora y demás mearses en el sentido común. Así que a mí, que soy muy sentido para según qué cosas, muy dogmático para otras y un poco sobreactuado en general, me restallan los oídos cuando oigo palabras como, qué les diría yo, ‘familia unipersonal’. Por ejemplo. O ‘infravivienda’. O ‘aprendiza’. Y blasfemo en arameo elevando los puños al cielo y bramo non fuyades, malandrín. Barra, malandrina. Y todo eso.
No lo digo yo, ojo; lo dice la propia España. En boca del último barómetro de opinión del CIS. Que la clase política es el tercer problema, con un veintiuno por ciento; que el segundo es la economía, con un cincuenta; y que el primero, con un setenta y ocho por ciento, es el paro. Problemas que lo son, al menos, según la ‘percepción subjetiva’ que los habitantes de este país hacemos del inmenso chocho en el que estamos inmersos. Me encanta este palabro, por cierto. No chocho, que también; ‘percepción subjetiva’. Es un concepto subjetivo que incluye la noción ‘subjetivo’ en su propia enunciación. Es metasubjetivo, no sé si me entienden. Y una gilipollez.
Otra palabra que me encanta es ‘clase política’. Los hispanohablantes es lo que tenemos; a la hora de hispanoablar según rezan las normas del más papismo que el papismo de lo políticamente correcto –un invento tan norteamericano que por carecer carece hasta de una forma sustantiva en nuestro idioma–, no hay otros que con tanta vocación y denuedo nos entreguemos al destile de eufemismos, discursos de género y génera, dispersión de arrobas desde avioneta fumigadora y demás mearses en el sentido común. Así que a mí, que soy muy sentido para según qué cosas, muy dogmático para otras y un poco sobreactuado en general, me restallan los oídos cuando oigo palabras como, qué les diría yo, ‘familia unipersonal’. Por ejemplo. O ‘infravivienda’. O ‘aprendiza’. Y blasfemo en arameo elevando los puños al cielo y bramo non fuyades, malandrín. Barra, malandrina. Y todo eso.
Pero a lo que voy es a que cuando un hispanohablante necesita verdaderamente un eufemismo, uno como Dios manda –y esto es; poner uno ahí dónde hace falta porque resulta que dicha la cosa por su nombre, sea la cosa que sea, pues queda fea– cuando un hispanohablante, lo que les decía, necesita echarse un eufemismo a la boca, uno verdadero, resulta que, oh prodigios, no lo tiene. Porque estamos tan ocupados acuñando filigranescas acepciones incoloras, inodoras e insípidas de conceptos tan inocentes como chavola –‘infravivienda’–, soltero –‘familia unipersonal’– o gitano –éste es tan ridículo que me encanta; ‘persona de etnia gitana’–, tan enfrascados, decía, que cuando de verdad se impone el uso de un eufemismo, al gilipollas correspondiente –ministro o ministra, frecuentemente; también directores y directoras del instituto de la mujer y similares y similaras, sin olvidar el reverberar clientelista e indocumentado de periodistas y periodistos– al gilipollas de turno, les decía, se le ha olvidado inventarlo. Ya he comentado en alguna ocasión que ‘quitamiedos’ es, por atrozmente literal, uno de esos casos. Porque sólo quita el miedo, querida amiga; nada más. El cráneo te lo vas a abrir igual, con quitamiedos o sin él.
A ‘clase política’ le ocurre igual; yo entiendo, llámenme excéntrico, que en una democracia –ya salió la bicha– deberíamos aparentar que la política no es una clase, sino un –atentos que aquí viene un eufemismo– estrato –¿Ven que fácil?–. Si, digamos estrato. Y que en principio todos podríamos, si quisiéramos, acceder a él. Por aquello de la igualdad de oportunidades. Y, en fin, que deberíamos llamarlo estrato, por ejemplo. Estrato político. O, qué se yo. Bloque político. Cuerpo político. Cualquier palabra que sirviera para referirnos a la pluralidad de personas que dirige esta inmensa casa de putas. Pero sin utilizar la palabra clase.
Pero es que la política, dirán ustedes, o digo yo que dirán ustedes, es en efecto una clase. Del género social, esto es; que nace, crece, se reproduce y muere, todo ella misma consigo misma. A la clase política, a la alta, a la que manda de verdad, se entra por nacimiento y extracción social. O lo que es lo mismo; que a la política, dirán ustedes, sólo acceden los ricos. Amigo, respondo yo. Es que no estoy hablando de hechos. Estoy hablando de apariencias. Las apariencias necesarias, esto es; las que hay que guardar. Para que nos creamos la mandanga, principalmente, y les vayamos a votar y hagamos lo que dicen y no hagamos lo que prohíben y además les financiemos la reforma del baño o los estudios de la carrera diplomática de la niña, para que la niña, el día de mañana, haga lo mismo que su padre. Y así.
A ver si me explico, que me estoy alargando; Pilar Rahola, por ejemplo, que fue vicealcaldesa de Barcelona y diputada, roja ella como la que más y nacionalista que quita el hipo, es sobrina nieta de un Ministro de Marina de la República. De la República de España, se entiende. Mariano Rajoy y Rodríguez Zapatero, encarnaciones unas y trinas de la bipolaridad nacional, casi metáforas parlantes de las dos Españas, fueron al mismo colegio de pago. Trinidad Jiménez, Ministra de Sanidad y Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, enfrentados hace tiempo por la alcaldía de Madrid, son primos segundos; Ana Botella, concejal de Madrid, o nunca un braguetazo fue tan evidente; la primera dama británica, llámese primera dama, es hija de un senador del PP; Adolfo Suárez Illana, hijo de Adolfo Suárez; Leire Pajín y su madre, la medio tránsfuga; etcétera. Por no hablar de aquellos que, transversalmente a la política, van de oca en oca yendo y viniendo de la política a los restantes poderes fácticos del país –en la práctica; los bancos, Endesa y Telefónica–. Rodrigos ratos de la vida que lo mismo te vicepresiden y luego presiden una cosa que la otra. Presidentes del Banco de Valencia que primero lo fueron del PP de Valencia y ahora le pagan la fianza de tres millones de euros a Jaume Matas. No importa, como ven, signo político, derecha o izquierda, ser nacional o nacionalista o estar en el poder por voto o en el poder por dinero; todos, del primero al último, son iguales. Y viene del mismo sitio. De la misma casta de brahmanes de siempre. De los mismos colegios. De las mismas familias. Una manga de desgraciados, diputados y consejeros de bancos, ministros y presidentes de corporaciones, iletrados todos con licenciatura y chorizos que son todos primos entre sí.
Y ahora resulta que son el tercer problema del país. Nos ha jodido el CIS con sus flores y su color. ¿Saben lo que más me molesta? Joder, dirán ustedes; todo te molesta. Bueno, un poco si. Todo. Ya les he ficho que soy muy sobreactuado. Como Joan Crawford. Pero yo, como el CIS, también hago taxonomías y categorías absurdas y luego las ordeno por jerarquías igualmente absurdas y digo esto primero, esto segundo y esto tercero. Así que saben, dentro de este todo, lo que más me molesta. Que les llamemos ‘clase’. Clase. Que lo digamos como a quien se le escapa aquello que sabe que es verdad pero que no quiere saber. Que correspondiera, como les contaba, un eufemismo, y que no haya cojones de inventárselo. Que admitamos, con la literalidad terrible con la que la lengua ilustra los modos de pensar, que somos su rebaño y ellos nuestros pastores. Que no tengamos ni siquiera el consuelo, estéril y onanista, pero consuelo, de poder llamarlos de otra manera.
Lo que yo les decía. Que hay que joderse.





Publicado por
El Señor de las Moscas



4 comentarios en el bote:
Leyendo esto me acabo de acordar de lo que pasó en Brasil hace unos días. Lo viste?
http://www.periodistas-es.org/index.php?option=com_content&view=article&id=8228:la-comunidad-de-avaaz-en-brasil-triunfa-contra-la-corrupcion-gracias-a-una-masiva-campana-ciudadana-por-internet-&catid=79:derechos-humanos&Itemid=204
César
@César;
Pues no, no lo había leído. Me parece súper interesante. No sé si aquí funcionaría una propuesta similar, la verdad. Pero haría falta. Sobre todo para desinfectar según qué comuniudades autónomas en las que el tema parece ser generalizado.
Soberbio. No sólo ha regresado, lo cual ya me colma de gozo, si no que lo hace por la puerta grande. He leido editoriales de periódicos "serios" con menos garra y menos interés por relacionar la información. No estamos en esto por las notas pero: Matrícula.
Sini
@Sini;
Muchas gracias; aunque parezca méntira, me pongo colorada cuando me miras. Cual en canción de Las Ketchup. Note usted que los periódicos tampoco suelen ser muy serios. Y que además tienen menos amor propio que yo. Que yo tengo mucho.
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