Yo amo a mi nuevo dentista y mi nuevo dentista me ama a mí. Mi nuevo dentista y yo nos amamos recíprocamente. Si pudiéramos, mi nuevo dentista y yo correríamos por la playa al atardecer el uno hacia el otro hasta abrazarnos a cámara lenta. ¿Porqué tan inusual ósmosis entre mi dentista y yo? Las razones son surtidas.
Él me ama, para empezar, porque todos los dentistas me aman. No hay nada particular en este extremo. Detrás de mi perfecta piñata sonrisa profidén, obra de Catherine, francesa y ortodontóloga infantil, se esconde la Quinta Dimensión de la odontología y la Quinta Dimensión casi a secas; aberrantes muelas del juicio que emergen de los lugares más insospechados, extraños trastornos que acaban en sufijos tan sugerentes como ‘-sis’ y peor aún: ‘-rrea’. Y todas las intervenciones posibles del espectro de sustantivos permitidos por la combinación de cualquier lexema con el morfema ‘-doncia’. Grandes oportunidades, en resumen, para que el común de los dentistas ejercite su creatividad a la par que ingresa unos miles de euros, que nunca vienen mal.
Mi nuevo dentista también me ama porque es argentino y yo a los argentinos los tengo a todos miren, tal que así. Comen de mi mano, oye. Yo no sé qué les doy.
Yo le amo a él, se lo confieso aquí a ustedes, por el interés te quiero Andrés. Las cosas como son. En primer lugar por su incomparable dominio del arte banderillero, esto es, que te pone unas anestesias que te quedas mira, así. Patedefuá. Ni sientes ni padeces. La gloria, vamos. A mí particularmente me puso una vez una que miren, oigan, en mitad del paladar y de ahí directamente al cerebro. Exfelente téfnica, le felicité, y luego no me acuerdo de más. Ni de la intervención ni de la semana siguiente. La segunda porque tiene la consulta al lado de mi casa y para ir no tengo que andar empalmando autobuses unos con otros en interminables periplos homéricos, lo que siempre es un plus en un barrio como el mío, que es una ciudad dormitorio de Madrid y un yermo comercial en donde de noche se oirían hasta los grillos si no los solapase la bachata de los dominicanos, guili-guín guili-guín. Y la tercera porque es bastante económico, que también se agradece en estos tiempos de carestía y porque además estoy ahorrando para comprarme una recortada de repetición y cometer varios crímenes de puerto hurraco algunos dirán que con el agravante de xenofobia, aunque yo les aseguro a ustedes que el verdadero agravante es la bachata.
Conocí a mi dentista un día que pasaba por allí y entré a ver qué se cocía y le dije a la chica recepcionista hola, qué te iba a decir, que venía a ver si me dan un presupuesto para un raspado, y la chica recepcionista me dijo sí, mira, pasa por aquí, y yo dije qué fácil, y ella dijo ya ves, y nos hicimos súperamigos y me metió en una habitación y me enseñó una especie de robot futurista del año tres mil ochocientos que colgaba del techo y me dijo muy amablemente pon la cabeza aquí y yo le dije que los cojones, porque quería que la pusiese entre lo que vendrían a ser, por forma del conjunto, las piernas del robot, y miren, no les digo más, que manera tan tonta de perder la dignidad. Así que le dije que eso, que no, y ella me dijo, así como tranquilizadora, que me iba a hacer una foto panorámica directamente a mi anatomía bucal interna, que aquel no era un robot cualquiera sino un robot fotomatón de rayos X, pero que para eso tenía que poner la cabeza ahí, dijo señalando la entrepierna robótica, y morder ese palito, dijo señalando un palito que emergía de la entrepierna.
Yo miré el palito, la miré a ella, volví a mirar al palito, volví a mirarla a ella y le dije que si era estrictamente necesario, porque ahora que se están recuperando los formatos televisivos de los noventa yo, se lo juro, ya me estaba viendo como fulgurante estrella del nuevo programa de cámara oculta de Antena 3 y acumulando posteriormente millardos de trillardos de fans en los grupos de facebook dedicados a mi persona, con títulos como ‘señoras que le hacen felaciones a robots’ y cosas peores, presa del oprobio y el escarnio público sin poder salir a la calle porque la gente me señalaría con el dedo, como a las hijas de Zapatero.
Ella respondió que sí, era estrictamente necesario, así que al final mira, le dije, ni para ti ni para mí, pase lo de poner la cabeza y morder el palito, pero al palito me le pones una protección porque póntelo pónselo, nena, y además paso de compartir el palito con todas las viejas de mi barrio, que este barrio es muy de viejas y las viejas son muy de churrepetear las cosas. Y ella dijo que sí, que claro, y le puso un condón al palito, un condón pequeño, un condón para palitos, y yo metí la cabeza y lo mordí pese a las implicaciones ciber-porno-punk que estaba adquiriendo la escena y repentinamente la chica me ató la cabeza al robot con el palito mordido y yo le dije qué haces, hija de la gran puta, y ella nada, caso omiso, me dijo que ahora ella se tenía que ir porque aquello emanaba rayos gamma y efluvios radioactivos cancerígenos y que luego venía a por mí.
Ah muy bien, le dije. Perfecto. Tú por mí no te preocupes, como soy inmortal. No te jode. Pero ella nada, oye, como el que oye llover. Se conoce que no me entendía, recuerden que a todo esto estaba yo con la cabeza atada en posición caidita de Roma y con un palito fálico metido hasta el garjuelo. Inasequible a mis agresiones verbales, lo que hice fue pasar a la ofensiva, asirme al robot con ambas manos y tirarle a la señorita recepcionista unas patadas voladoras que si le llego a dar la desgracio porque otra cosa no, pero el lenguaje no verbal lo manejo yo muy bien. Ella tampoco acabó de entender esto, yo creo que más que no entender, se conoce que no estaba familiarizada con la ironía. La recepcionista culeó magistralmente sorteando mi patada y le dio al botón, me dijo que buena suerte y se fue cerrando la puerta. Plam. Y yo ya estaba pataleando llamándola hija de puta a gritos cuando una voz enlatada, poderosa pero enlatada, emerge del robot y me dice que me esté quieto porque el ejercicio va a dar comienzo, y yo, que estaba allí con la cabeza metida donde la tenía metida, imaginen la escena, talmente era yo la putita del robot, me quedé quieto, a ver, qué remedio, y el robot de repente empezó a mover sus piernas en torno a mi cabeza a una velocidad endiablada que no vean. Ay va Dios, pensé. Amárrame los pavos. Era como Lina Morgan cuando hacía la remanguillé esa que hacía con la pierna sólo que en plan futurista, tipo videoclip de Björk, que vaya estampa, querida amiga. Así que así estaba yo, echando ya un rosario y una encomienda a Santa Nejifa, patrona de las prostitutas, y diciendo ay virgencita, que voy a morir felando a un robot, esto ni Asimov en sus tardes más toreras, el robot de repente para, se me suelta la cabeza, se abre la puerta, entra la enfermera y me dice que el cunnilingus aquel 2.0 ya ha acabado y que por favor la siga a la consulta, propiamente dicha, del dortor Grijander.
El doctor no se llama doctor Grijander, claro. Yo es que a todos los doctores los llamo así porque me parece un nombre mucho mejor que el suyo propio, sea el que sea.
Total que llego a la consulta del doctor, imagínense cómo después de la escena del robot fotomatón proxeneta, un desecho humano de persona que era, sólo quería ir a casa a llorar abrazándome a mí mismo en la ducha, que es lo propio cuando te violetean, pero el doctor me dice que de irse a casa nada, que me calle y me tranquilice, que aquí nadie es una sucia puta, y que me siente en el potro. Cosa a la que me negué, ah no, le dije, lo que faltaba, vamos, otra vez no, porque el potro no era un potro de dentista normal, que va; era otro robot cósmico, que tenía miles de accesorios así en blanco pulido y tentáculos acabados en instrumentos de cirugía ortodental y un grifo incorporado y hasta una pantalla y todo, y le dije que eso, que otro robot ni muerto, que además éste ya no era de pon la cabeza, éste era de tumbarse en él, de relájate y disfruta, ya me entienden, y además no se le distinguía la forma humana que, estarán conmigo, puestos a que te violetee un robot, la forma humana es de lejos lo más deseable. A todas luces, vamos. El doctor dijo que no, que lo que pasaba es que era un potro de dentista vanguardista, un potro que parecía el i-potro, el novamás de los potros. Y mira, dijo, y le dio al botón de la pantalla, la pantalla se encendió y apareció la foto interna de mi boca, y me dijo que es que es que el robot fotomatón proxeneta me había echado la foto y la foto ya estaba cargada en el servidor de la consulta, porque aquella consulta tenía un servidor de carga que ni Prado del Rey, y la foto ya aparecía instantáneamente en la pantalla de su potro y así él podía trabajar con la foto de mi anatomía bucal interna de primera mano. Y yo le dije doctor, esto no es una consulta, esto es la Enterprise. Y ya me recliné y me quedé más tranquilo, porque a mí, es lo que tengo, se me conquista con tecnología.
Desde entonces, lo que les comentaba, mi dentista y yo vivimos un apasionado idilio. Yo sé que él está conmigo por dinero, me lo intuyo, principalmente porque cada vez que le veo, no me pregunten cómo, pero acabo aflojando setenta leuros. Un día hasta le hice una broma, llegué y le dije hola, y él me dijo hola, qué va a ser hoy, y yo le dije un completo, jaja. Y él me miró con una cara que yo pensé vale, hoy me van a violar todos los robots de Matrix. Pero bueno, a mí me da igual ser el Richard Gere del affaire, porque he ganado en calidad de vida y ahora hasta tengo una muela más falsa que un euro de México pero que no vean si funciona, oigan, corona, se llama, y primor de muela, no vean, como asiduo usuario de la endodoncia les digo, nunca más en la vida, vamos, from now on coronas dentales así me maten. También es cierto que son súper amables y además cuando llegas te hacen pasar a la sala de espera y te dan el ¡Hola! o la Quo o hasta la Psychologies, por si tienes inquietudes intelectuales así más elevadas o incluso te apetece leerte puntualmente la columna de Espido Freire, y mientras te invitan a un café de una cafetera que tienen allí de ésas del anuncio en que George Clooney sube al cielo y le atiende San Pedro, que es John Malkovich y tú piensas pero vamos a ver, desde cuando es bizco John Malkovich. Y tú le dices que no al café, y yo al menos, porque comprenderán que no es plan de ir al dentista con toda la piñata apestando a nespresso, las relaciones hay que cuidarlas.
Y de momento, así a lo tonto a lo tonto, ya llevo un raspado, un perno, mi muela de mentira y casi mil leuros. Y los que te quedan, asegura mi dentista, porque según mi dentista mis exdentistas son todos una manga de indeseables que me han tenido la cavidad bucodental manga por hombro y luego me mira esa misma cavidad bucodental con fascinación y susurra con genuino pasmo: –Con la de cosas que se podrían hacer aquí…–. Y a mí, miren, qué quieren que les diga; en esos momentos es que se me cae la baba. Porque sé que soy su oscuro objeto de deseo y también porque me tira de los carrillos y me mete trece aparatos a la vez y claro, la baba se escurre, es lo que pasa. Por suerte han contratado a una nueva recepcionista y han puesto a la recepcionista maligna que me atendió a mí a manejar el genuino aparato aspira-babas y la chica se desenvuelve bastante bien con el aparato, oigan. Tanto así que en más de una ocasión en la que estaba yo ahí en plena faena he pensado oye, y si le escupo a esta hija de la gran puta en toda la cara, ¿lo interceptará a medio camino con el aspira-babas? Y mi dentista, que yo creo que me ve las intenciones porque la miro con ojos de odio y además una vez me pilló presto a escupirla cuando ya estaba rascándome la garganta, haciendo cjjjjj, y ella se olió algo y me incrustó el aspira babas hasta la junta de la tráquea y aquel día casi llegamos a las manos, mi dentista, digo, me gira la cabeza con gentileza argentina y me dice:
–Che miráme, nene, relajáte. Vos sólo abrí la boca y miráme a mí–.
Ay.
21/08/2010





Publicado por
El señor de las moscas


14 comentarios en el bote:
Jo, qué miedito...
Yo tuve que visitar a ese señor hace un par de meses porque la madre Natura será muy sabia pero, tal y como dice el bueno de Vonnegut en su Galápagos la dentadura humana es sencillamente un error de la evolución. A partir de las tres décadas de vida empieza a dar problemas, por lo general. En mi caso la genética juega en contra y tengo una dentadura bastante patética, le pasa de todo.
En fin, que por allí estuve y en octubre deberé regresar. Y no es agradable, no señor. Su caso (humano que es uno y, por tanto, incomprensible) tal y como lo relata me ha producido risa. Claro, que ya me veré yo dentro de poco en esa misma situación. Para colmo las revistas no son las que usted cita, que ni ese consuelo me queda: son una serie de revistas diseñadas para esperar en la consulta. Sí, como se lo digo. Cuando vaya por allí prometo conseguir la foto de alguna o, al menos, su nombre.
Saludos.
El tema de este post suyo, amigo, me sobrepasa.Hablando de argentinos, tuve un conocido de esa tierra , que cuando le preguntabas así, normal:¿Cómo estás? te contestaba: Bien o querés que te cuente?. No quiera usted que le cuente, no,porque no termino hoy, qué va. Buena suerte en su idílica relación dental y yo, que no soy creyente, le digo: Y que Dios lo acompañe.
Los dentistas me dan escalofríos desde que a los 12 años me arrancaron con tenazas los dos colmillos de leche y me dijeron que me faltaba un incisivo inferior, que digo yo que si estoy mal hecho ya se me podía compensar, qué se yo, con una plaza de aparcamiento en mi calle o un detallito de esos por parte del ayuntamiento.
Comentamos prestamente:
@Homo Libris; Gracias por los ánimos, que le sean cumplidamente devueltos. Al toro, amigo. En cuanto a lo que me comenta, a mí es que las cosas que empiezan a pasar a los treinta me empezaron a pasar a los veinte. Será que soy precoz o un desgraciado, pero el caso es que yo a la treintena no llego con pelo. Se lo digo desde ya. Consígame, for God's sake, una de esas revistas. Le prometo a usted retribuirle debidamente con la apropiada friquez literaria -¿conoce usted 'La Atalaya', publicancia de los testigos de Jehová? Primor de cosa, oiga-.
@Estodevivir: y usted que lo oiga, oiga. Me ha enamorado lo del bien o querés que te cuente. Me lo apunto para plagiárselo suciamente, que lo sepa. No le puedo ofrecer royalties, principalmente porque yo mismo no veo ni medio. Pero le puedo invitar a un café o un flash de lima-limón, si gusta.
@Aitor Maiden; le entiendo, amigo. A mí me hicieron lo mismo con los premolares. Apunto su reivindicación municipal en mi lista de ojalás que never ever, pero se le reconoce a usted el optimismo. Es usted nuevo por estos lugares, si no me equivoco. Sea bienvenido y agradecido por la visita. El nombre de su blog me da placer que me meo encima, por cierto. Felicidades por él. Y sepa que lo envidio por atesorar el dominio.
Yo también tengo en la boca más obras que las que provocó el trasvase Tajo-Segura.
Los dentistas también se alegran al verme de forma malsana, y sus cuentas corrientes, mucho más.
En mi barrio también se oye el gliringlin-glin, ese, que oye, con tres acordes han conseguido hacer un género musical completo.
Pero los argentinos no me aman y yo a ellos, tampoco, me temo.
@Loquemeahorro:
Lo de los argentinos me lo sabía. Yo ya sabe que lo mío es italofobia, la cosa argentina me es más indiferente -aunque haya quien diga que es lo mismo-. Y el guiliguín; es la cosa caribeña, oiga. Al igual que el celebro que inventó el reggaetón con su chun, dachún dachún, dachún dachún, que si se fija también son tres y son iguales. Qué ingenio para la música la de ese mar, oiga. Ni en la Viena del XIX se dió tamaña acumulación de genios musicales.
Afortunado eres de ese amor, a mí el mío me trataba con alevosía y saña. Claro que no era argentino. Aunque los argentinos también me trataban con alevosía y saña, ahora que lo pienso.
@Ibán: Ah, amigo. Alevosía y saña argentinas. Es como que te azoten con un látigo de seda, pero evitando esdrújulas y alargando las llanas.
Yo he tenido suerte. Nunca he tenido aparato, ni caries, ni me han dolido las muelas del juicio. Así que está bien, que alguien le de comer a los pobres dentistas.
Me acabo de acordar de que tengo un empaste a la virulé. Y yo NO AMO a mi dientólogo. Maldición.
@Sir Di: afortunado usted, amigo, y sin duda tocado por los hados benefactores. Cabrón.
@Salamandra; como decía, no desespere. Acabará encontrando usted a su medio dentista, se lo aseguro. Como dijo Coelho, el universo entero confabula para ello. Que no es poco.
voy a pedirle a mi dentista una anestesia como esa, que me haga olvidar una semana entera porque la que usa debe estar defectuosa porque ¡viera que bien me acuerdo de lo que sufro cuando voy! y luego por eso no quiero regresar :(
me da gusto que haya encontrado a su medio dentista. Algo hizo bien en otra vida oiga y esta es su recompensa ;)
@Bibliobulímica; claramente, en mi otra vida fuí Juana de Arco. O eso, o un campesino chino del siglo XI, aún no lo her decidido. Lo que está claro es que sembré el Bien allá por donde pasé: no hay más que ver la suerte que estoy teniendo.
Obvia usted que estos establecimientos, veladores de la salud premolar, son en los únicos en los que la inyección de psicotrópicos rebajados con absenta no sólo no están condenados, si no que se ven como un servicio a la comunidad. Así que puede pasear tranquilo, con ese labio digno de protagonista hastiado de cine negro puede pasear por la rue mostrando al mundo los efectos secundarios de esa droja sin sonrojarse.
Además, que tampoco uno tiene la oportunidad de salir en una de Cronemberg todos los días.
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