... El porqué de una mosca encerrada en un bote: El porqué de una avispa encerrada en un vaso.

21 de septiembre de 2010

El porqué de una avispa encerrada en un vaso.

21 de septiembre de 2010
Vean esta foto.



No es que sea exactamente una mosca encerrada en, precisamente, un bote. Pero el parecido es razonable y miren, la ocasión la pintan calva. Así que cuando ayer tarde aconteció esta escena saqué rápidamente mi genuino móvil de chorropocientos megapíxeles, cual Robert Capa postmoderno, y zasca; ahí lo tienen. Un auto homenaje que me hago yo a mí mismo, como hace Tarantino. Y para que vean que no les miento, les señalo el punto exacto en el que encontrarán al bicho.


Además, por esta vez, les voy explicar efectivamente el porqué de la mosca encerrada en el bote. O la avispa en el vaso, relativizando. Y qué fue de ella. Aunque destripándoles el final al principio, como en La Dama de las Camelias, les anuncio que no es una historia que acabe precisamente bien.   

Mi santo y yo tenemos un problema. Siempre que podemos bajamos a la terraza del bar de debajo de mi casa para tomarnos un café y leernos El País –yo– y La Vanguardia –él– y luego, como los ciudadanos informados que somos, discutimos la actualidad sociopolítica del día y él me llama español opresor y yo le llamo catalufo chovinista y victimista periférico y cosas peores, siempre desde el cariño, y ya luego reconciliamos posiciones o nos tiramos las sillas a la cabeza, eso depende del día.

El caso es que esta rutina esnobista que hemos adquirido se ve normalmente interrumpida por la intervención de una avispa. Un fistro de avispa que llega y empieza a ejecutar mortales idas y venidas alrededor de nosotros. Mentiría si dijese que las avispas no me molestan y que no están en mi lista de animales que si se extinguen, mejor. Mentiría como una perra, porque creo habérselo dicho alguna vez, yo no me explico que se tengan que extinguir los delfines mientras las avispas y las culebras y las hienas y David Civera tengan la salud de hierro que tienen. Me indigna. Y aunque bien es cierto que normalmente practico la tolerancia hacia las avispas, porque creo en el derecho a la vida y porque pican, les confieso que con esta avispa en particular estoy a punto de llegar a las manos. 

–Pero estate quieto –me dice mi santo–. Si te mueves, te va a picar.

–¡Pero es que mírala! –le grito yo entre mortales aspavientos–. ¡Mírala! ¡Me está haciendo rasantes sobre el periódico!

Y la avispa hace una rasante sobre el periódico. Ñiaaaoon.

Y es que ahí está; es una avispa más provocadora que un artista plástico francés. La enfant terrible de las avispas. No viene a libar el azúcar del plato, que va; viene a dar por culo. Se lo juro a ustedes. Y además nos conoce. En cuanto nos ve llegar, alza el vuelo, se nos planta delante de las jetas respectivas y empieza a hacer acrobacias aéreas en una clara estrategia de provocación. Rasantes aéreas, lo que les digo, y figuras más complicadas. Porque les juro, así me muera, que he visto a esa avispa hacerme un triple loop con tirabuzón delante de la cara. Y claro, comprenderán que así no puede uno ni tomarse un café ni leerse el periódico ni emprender polémicas autonómico-reivindicativas con el santo de uno ni nada de nada. 

Mi santo dice que no es siempre la misma avispa, que son avispas diferentes y que lo que me pasa es que tengo un claro problema de que creerme que todo va conmigo. 

–Anda –le espeto–. Y cómo explicas tú, entonces, que siempre venga una avispa, sólo una, adonde nosotros, y siempre adonde nosotros, y se ponga a dar pertinazmente por el culo.

–Lo primero y lo segundo –responde sin inmutarse–, por casualidad. Lo tercero porque las avispas es lo que hacen, hijo. Revolotear, dar por culo. No querrás que se siente con nosotros y pida un menta poleo.

A veces pienso que están compinchados, se lo prometo. Que la tiene amaestrada para sacarme de mis casillas o algo así. O lo mismo es que también es catalana.

Pero ocurrió que ayer, mientras mi santo estaba en el curro levantando este país con ambas manos, yo estaba haciendo exactamente lo contrario, esto es; que me estaba tomando un café con mi prima Ana en esa misma terraza de ese mismo bar. E imagínense quién apareció.

Primero estuvo haciendo las acostumbradas figuras acrobáticas aéreas y yo hice lo que hago siempre; permanecer hierático durante diez segundos, conservando la dignidad como hacen las personas normales, y luego ponerme a ejecutar yo también acrobacias aéreas a ver si la espanto o, por lo menos, a ver si nos sale una coreografía decente. Hay días que hay tanta gente mirándonos, a la avispa y a mí, que les juro que me entra pánico escénico. 

Y la cosa fue que cuando se cansó decidió posarse en el vaso de coca-cola de mi prima y meterse a investigar qué había dentro. Ahí aprovechamos y zas; pusimos encima la carta con el menú y encima de ésta el paquete de tabaco y hala, ahí te pudras. Hija de puta. Esa es la foto que acabo de enseñarles. Y mi prima y yo seguimos charlando animadamente sobre nuestras cosas.

–Quieres hacer el favor de mirarme cuando te hablo –me acabó diciendo mi prima–.

–No puedo –dije yo mirando el vaso–. Me da pena. Tan pequeñita y encerrada.

Y la avispa, que se había mojado de coca-cola, hizo prfffff. 

–¿Podemos soltarla? –pregunté yo–.

Lo sé; soy un hombre lleno de contradicciones. O una personalidad en claroscuro, si prefieren. 

–Eres un freak –me dijo mi prima–. O sea que nos pasamos un cuarto de hora intentando atraparla para que ahora la quieras soltar.

Total, que la soltamos. Ella, claro; yo dije que ni muerto me acercaba a ese bicho inmundo. Que me daba ascopena, que es la sensación esta que tengo yo tan rara, y que no no. Ni muerto. Así que mi prima, pobrecita, tuvo que ser la que oficiara la suelta oficial. También decidí inmortalizar este momento. 


Acto dos. Mi prima y yo seguimos charlando animadamente cuando, a los diez minutos, la avispa reaparece, rumbosa y zumbona, en nuestras vidas. 

–¡Hija de la gran puta! –grito yo, siempre tan fino–. ¡Ha vuelto!

–Bueno hombre –dice mi prima desde la completa rigidez corporal–, será otra.

–¡No no no! ¡No te confundas! ¡Es la misma! ¡Mírala! ¡Mírala bien!

Mi prima la mira, me mira a mí, vuelve a mirar a la avispa. 

–Yo creo que es otra.

Total, que la avispa hace su performance aérea, yo salto entre las sillas y las mesas gritando blasfemias y dando manotazos al aire, la gente nos mira. Lo de siempre. La avispa se cansa, se acerca a la mesa y esta vez decide meterse en la botella de coca-cola vacía. Le pongo encima el paquete de tabaco y le deseo una muerte lenta y agónica entre los efluvios de coca-cola.


Mi prima y yo nos quedamos mirando la botella como dos tontos. 

–Y ahora ­–me advierte ella– sí que no la sueltes. Que además, mira, se está poniendo fina a coca-cola. Cuando salga de ahí va a estar como una moto.

–Tranquila –respondo–; esa botella será su tumba. 

Y me carcajeo mortalmente entre relámpagos de fondo. Esto no ocurrió realmente así, pero hubiera molado bastante. 

–Lo que tú digas –replica–. Pero no la sueltes.

–Que no hombre que no.

A los cinco minutos ya la estaba soltando. Con el particular de que esta vez mi prima dijo que ella no iba a ponerse a hacer el freak de nuevo, faltaría más, si quieres la sueltas tú, me dijo, o no, pero deja de dar por culo, coño, que molestas más tú que el pobre bicho. Qué bonita es la familia. Así que me fui lejos, a donde cristo perdió el poncho, y oficialicé yo la suelta de la avispa. De esto no hay foto porque comprenderán que no puedo soltar una avispa de una botella, huir despavorido con los brazos en alto y sacar una foto todo a la vez.

Y acto tres, ahí estaba yo, a los diez minutos, charlando animadamente con mi prima cuando zasca; la avispa vuelve furiosa, cafeinosa, enfila hacia mí y se me queda fija como un colibrí a escasos veinte centímetros de mi cara. Desafiándome con la mirada, que parecía decir de acuerdo, tío, tú lo has querido; este pueblo es demasiado pequeño para los dos. Así que, con todo cuajo, tranquilamente, cogí la carta del menú de la mesa, que es de cartoné, miré a la avispa, estallé en gritos y de un certero golpe la chafé contra la mesa. 

–¡Cojones! –grita mi prima–. ¡Qué puntería! ¡Qué tino! ¿Cómo lo has hecho?

No contesté; en esos momentos entré en un estado de furia asesina y me dediqué a ensañarme con el cadáver, chaf chaf chaf, hasta asegurarme de que estaba bien muerta.

–Ya, ya, ya valió –me corrigió mi prima cogiéndome el brazo–. Hace rato que está muerta.

–No lo hago por ella –contesté–; lo hago por mí.

Y chaf, rematé contra la mesa. Por si acaso.

Así que la avispa, protagonista de nuestra historia, está muerta. Ya les dije al principio que esto era como la Dama de las Camelias. Que por cierto es un sobrenombre bastante adecuado para una avispa. Me arrepiento, claro; ya les he dicho que amo la vida. Además, ya ven que si yo lo reflexiono, acabo sintiendo empatía por los bichos y los dejo en libertad. Pero miren; deducen de leerme, hoy y cualquier otro día, que no soy un ser humano caracterizado por su paciencia. Es lo que hay. Que más quiera yo, como dijo aquella, que no ser testiga; pero soy testiga y no puedo mentirles. Así que figure nuestra entrada de hoy como panegírico póstumo a la difunta avispa muerta a mis propias manos, hay que joderse. Maté mi propia mosca encerrada en el bote. Muy metafórico, sí. Y muy auto homenaje. Pero la maté. La maté bien muerta. Y yo, la verdad, no se qué pensar de eso.

9 comentarios en el bote:

Salamandra dijo...

Plas, plas, plas, plas!!! ¡bravo! ¡bravísimo!
Cómo me gustan estas entradas tuyas en las que me mondo hasta dar la vuelta ...
Autonomías, avispas, coca-colas y Chus Lampreave todo en único post!! ... ¿has pensado en hacerte guionista de Muchachada Nui?
Petonet

Sir Di dijo...

Me encanta matar insectos con saña.

Y yo creo que tu Santo tiene razón, son diferentes. Ya verás como dentro de poco viene otra, porque si es la misma, llama a Iker Jiménez.

Anónimo dijo...

Qué maja es tu prima.

Tu prima.

El Señor de las Moscas dijo...

@Salamandra; difunta Muchachada Nui, oiga. Tristemente difunta. Tengo entendido que ahora harán un programa llamado 'Museo Coconut'. No me pregunte de qué va, porque no lo sé. Pdt. Los chistes autonómicos y Chus Lampreave son como el negro: van con todo. Petonet.

@Sir Di; ¿no será usted de esos que se afanan en dar la razón a mi santo constantemente sólo para fustigarme? Pdt. Iker Jiménez no me coje el teléfono. Ni su mujer, la de los dientes. No me pregunte porqué, porque fenómenos paraanormales los tengo yo a cholón. Para parar un tren. Pero no me lo coje.

@Mi prima; maja, indeed. Majísima. Pdt. Y un rebecu, ni te cuento. Besos, tu primo.

Espita Gorgorita dijo...

jajajaja casi me caigo de la silla de la risa, tu santo es... un santo!
Y tu prima también...se ha debido llevar los genes intrépidos.

Ay que imágenes, que risa...

F. Gordon dijo...

No te fustigues por matar a la avispa, ya le habías perdonado la vida dos veces, ella se lo buscó. Ahora que lo pienso, igual era de una variedad emo y quería morir, por eso te incitaba al zoocidio con esas provocadoras rasantes.

Homo libris dijo...

Yo persiguiendo bichos por el monte, simplemente para sacarles una foto, que huyen despavoridos y esa avispa que insiste una y otra vez en libar con fruición el néctar azucarado que son para ella vuestras bebidas, impávida ante el trato recibido... ¿Cómo lo haces? :D

Me ha encantado esta entrada multidisciplinar y, como siempre, inteligentísima.

Un abrazo.

Salamandra dijo...

Te hemos dejado un regalito en nuestro blog!!
Un beso

estodevivir dijo...

Pues mire usted, yo hubiera hecho lo mismo hace rato, no le hubiera perdonado la vida tantas veces, es que yo, como usted, respeto mucho la vida salvaje siempre y cuando no interfiera directamente y con alevosía con esta salvaje que le escribe. Bien por usted.
Dónde la enterró, por cierto? No la habrá dejado ahí tirada en la mesa a la pobrecita...

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