Sabrán ustedes, porque no son tontos y porque para eso se vieron cumplidamente Sexo en Nueva York y se comieron uno tras otro los consejos que la grácil pero a la postre equina Sarah Jessicah despachaba acerca de la lidia de otros seres humanos, embebida ella de sabiduría cosmopolita como lo estaba, con su corretear pizpireto por las calles de Nueva York, su tecleo de furibunda cátedra periodística en los Starbucks de la Gran Manzana y su constante incidencia en los qués y cómos fundamentales del paladeo tanto de strawberry cheescake como de manhattans como de nabos así de gordos, sabrán ustedes, les decía, que cuando cualquier ser humano del planeta, sea éste de género masculino, femenino o equino, recupera su soltería, ese ser humano reacciona impepinablemente del mismo único modo: entregándose con ahínco y fruición al maravilloso mundo del deporte.
El deporte es una cosa que hacemos en el Primer Mundo porque sublimamos psicológicamente los motivos por los un individuo integrado que el resto de la Humanidad, de los mundos Segundo y Tercero, para que nos entendamos, algo así como el ochenta por ciento de los infelices que aquí nos sacudimos la chorra, los motivos de un individuo de este ochenta por ciento, les decía, para que decida en un momento dado emprender una actividad física de tipo anaeróbico, y estos son: porque pasa un camión de la Cruz Roja repartiendo sacos de pienso, por ejemplo; porque has visto una liebre y te apetece aderezar con ella el risotto quatro formaggi que tu familia y tú cenaréis esa noche con las manos y servido en genuino bidón de gasoil, por poner otro ejemplo; porque eres un tutsi ruandés, por ejemplo, y un hutu decide hacerte una visita de cortesía en tu humilde pero cálida infravivienda –me encanta este palabro; ya les he dicho alguna vez que junto al de familia unipersonal, el de infravivienda ocupa el podio en mi top ten de mayores mamonismos jamás oídos– en tu infravivienda, decía, para enseñarte el nuevo kalashnikov que se ha comprado y de pasa pasarse por el arco de Trajano a toda tu estirpe. Por ponerles otro ejemplo. En el Primer Mundo estas cosas ya no pasan pero, oh Dios, seguimos absorbiendo carbohidratos, explícale tú a una mitocondria que es que eres occidental, de modo que nos hemos inventado este concepto abstracto, el deporte, para alivio de nuestras chochas y fofas carnes. Sublimamos psicológicamente el camión de pienso, la liebre y el hutu cabrón, lo llamamos cien metros lisos, tiro con arco y marcha atlética –también daríamos por válida humo que chispea–, y nos lanzamos a la erradicación de esos kilitos de más que afean la por otro lado incomparable armonía del cuerpo occidental.






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El Señor de las Moscas


