Yo me agarro unos mosqueos tontos que, se lo juro, no pueden ser buenos para la salud.
El último ha venido a colación de una entrevista que acabo de leer, publicada hace menos de una semana en la edición online del Diario de Sevilla y hecha a un tal señor don Juan José Romera López. La razón por la que le entrevistan es que este señor publicó un libro hace poco, de título ‘Retrato canalla del malestar docente’, que según leo en la interné procelosa versa sobre educación, dado que el señor autor debe o debería ser algo así como una eminencia en la materia. Tienen ustedes su biografía, que ahora no pero ya verán como al final de esta entrada les acaba interesando, pinchando aquí.
Yo amo a mi nuevo dentista y mi nuevo dentista me ama a mí. Mi nuevo dentista y yo nos amamos recíprocamente. Si pudiéramos, mi nuevo dentista y yo correríamos por la playa al atardecer el uno hacia el otro hasta abrazarnos a cámara lenta. ¿Porqué tan inusual ósmosis entre mi dentista y yo? Las razones son surtidas.
Él me ama, para empezar, porque todos los dentistas me aman. No hay nada particular en este extremo. Detrás de mi perfecta piñata sonrisa profidén, obra de Catherine, francesa y ortodontóloga infantil, se esconde la Quinta Dimensión de la odontología y la Quinta Dimensión casi a secas; aberrantes muelas del juicio que emergen de los lugares más insospechados, extraños trastornos que acaban en sufijos tan sugerentes como ‘-sis’ y peor aún: ‘-rrea’. Y todas las intervenciones posibles del espectro de sustantivos permitidos por la combinación de cualquier lexema con el morfema ‘-doncia’. Grandes oportunidades, en resumen, para que el común de los dentistas ejercite su creatividad a la par que ingresa unos miles de euros, que nunca vienen mal.
Ustedes no lo saben o no lo quieren saber, pero la solución a la crisis la atesoro yo en el interior profundo de mi celebro. Como lo oyen.
Por qué entonces, se preguntarán ustedes, que son mucho de preguntarse las cosas retóricamente, por qué entonces, eh, este país no sale del atolladero. Bueno, miren; suspicacias ni media, eso para empezar. Y les aclaro que el motivo principal, aunque hay más, es que la vicepresidenta económica me hace el vacío. Me hace el vacío y no me responde a las llamadas ni a los emailes ni a los tweets ni a nada. Tendrá cosas más importantes que hacer, deduzco. Las qué, lo ignoro, porque esa señora no está a lo que está. Pero las tendrá. Y, como comprenderán, lo que no voy a hacer es dársela a las masas así, porque sí. La solución, digo. Gratuitamente. En plan revelación de la verdad, tipo Luther King, he tenido un sueño y todo eso. Ah no, miren: por ahí no paso. No jodas. Yo no trabajo gratis. Soy un visionario y un hombre adelantado a mi tiempo, sí; pero pobre lo soy aún más. Y de filántropo, no sé qué se pensaban ustedes hasta el día de hoy, pero les aclaro que tengo muy poco. Así se lo digo. Por mucho que bien pudiera que miren, podría, porque este blog tiene unas audiencias globales masivas que yo no me explico cómo no me lo han incluido en las oleadas del Estudio General de Medios, por mucho que bien pudiera, decía, paso. Paso mazo. Además, que no, que me lo veo venir. Que en este país el copy paste está a la orden del día, querida amiga, y todavía viene un adalid del columnismo, me lo plagia, lo edita en cartoné cosido tapa dura y me levanta los royalties mira, tal que así. Y fíjense lo que les digo; podría renunciar al dinero, si me lo piden. O a una pensión vitalicia, un sueldo Nescafé para toda la vida, una mansión colonial en las Eólidas. Lo que sea. Pero el oropel, los fastos y un desfile triunfal en descapotable por la Castellana tirándole besos a las muchedumbres humanas no me lo quita nadie.
Iba a empezar diciéndoles que no me gusta quejarme, pero es que el otro día le dije eso mismo a mi amigo Ángel y estuvo tres minutos revolcándose por el suelo.
Vaya chapa que les voy a dar hoy. Aviso. Prometo que la cosa es muy interesante. Sobre todo, al final. Y que además, les voy a poner en negrita las partes importantes. Son cosas de las que quería hablar, pesado que es uno, desde hace tiempo. Pero les advierto que es un poco espeso.
Hablando de negritas, y empezando por ahí. Anteayer, Michelle Obama y su hija estuvieron en una de las cuevas del Sacromonte granadino disfrutando de una ponencia sobre Kierkegaard. ¿Sería bonito, verdad? Pero no. Estuvieron, evidentemente, disfrutando de un espectáculo flamenco. En su variante tradicional gitana, además. Una zambra, por lo visto. Vaya usted a saber. Tienen la noticia, muy completa, pinchando aquí.
Al final del espectáculo Juan Andrés Maya, el bailaor en cuestión, le regaló a Michelle además un abanico y una toquilla. Lógico, por otra parte; no le va a regalar un i-pod. O un burro, como aquel que le regalaron una vez a la reina Sofía y a la reina Sofía se le quedó cara de paisaje. La primera dama dijo que se la pondría. La toquilla. Lo cuál sería una imagen curiosa, por cierto. No me digan que no. Siendo como es más negra que un chicharro. La primera dama, digo. No la toquilla. Que también. Luego primera dama, hija y séquito cogieron los bártulos y se fueron a ver la Alhambra y los periodistas le preguntaron a Juan Andrés Maya que qué tal y él dijo que muy bien. Que a Michelle le había gustado mucho el chow y que además, cito literal, ‘palmea muy bien porque, como toda la gente de color, tiene mucho arte’. Ea. A tomar por culo.
Yo, como todo moderno que se precie, pasé por una fase de artista multimedia e hice un corto. Dos, en realidad. Pero el segundo fue mero trámite académico; el que cuenta, el vocacional, fue el primero. Lo escribí, lo grabé, lo edité, gané el premio –que es a lo que yo iba– y fin de la historia. No era un corto bueno, ni mucho menos profesional. Pero oigan, nos lo pasamos teta. Travestí a un amigo de monja en coma, a otro de agente secreto, metí a la protagonista en una ciénaga, puse a mi amiga Virginia a cruzar una catarata enfundada en unas katiuskas de mi padre –que me calza un cuarenta y cuatro– y saqué a mi amiga Cristina bella no, bellísima, yaciendo en una cuneta de la M-30 cual ninfa en cuadro de Waterhouse. Allanamos varias propiedades privadas e intelectuales, saltamos vallas, profanamos sitios de cierta dignidad –un panteón, por ejemplo–, engañamos para ello a mucha gente, tuvimos que esquivar a alguna otra y, en suma, estuvimos a punto de morir varias veces. Con la risa que da eso cuando tienes veinte años. De modo que, lo dicho; como los enanos.
Si luego no hice más cortos fue, amén de porque prefiero un cáncer a un rodaje, porque dejé de creer en ellos. No sólo en los míos, ojo; en todos. Al menos, en los españoles. O, matizando, no sea que haya quién se ofenda, digamos que en los que suelen hacerse en España. En los que suelen hacerse en España por norma general. Dejémoslo ahí. Y ahí fue cuando me dije escribe, hijo. Es igual de inútil, pero por lo menos se hace sólo. Y en fin, aquí me tienen.
El tercer problema de España es, por lo visto, la clase política. La clase política así, en abstracto. Como concepto.
No lo digo yo, ojo; lo dice la propia España. En boca del último barómetro de opinión del CIS. Que la clase política es el tercer problema, con un veintiuno por ciento; que el segundo es la economía, con un cincuenta; y que el primero, con un setenta y ocho por ciento, es el paro. Problemas que lo son, al menos, según la ‘percepción subjetiva’ que los habitantes de este país hacemos del inmenso chocho en el que estamos inmersos. Me encanta este palabro, por cierto. No chocho, que también; ‘percepción subjetiva’. Es un concepto subjetivo que incluye la noción ‘subjetivo’ en su propia enunciación. Es metasubjetivo, no sé si me entienden. Y una gilipollez.
Otra palabra que me encanta es ‘clase política’. Los hispanohablantes es lo que tenemos; a la hora de hispanoablar según rezan las normas del más papismo que el papismo de lo políticamente correcto –un invento tan norteamericano que por carecer carece hasta de una forma sustantiva en nuestro idioma–, no hay otros que con tanta vocación y denuedo nos entreguemos al destile de eufemismos, discursos de género y génera, dispersión de arrobas desde avioneta fumigadora y demás mearses en el sentido común. Así que a mí, que soy muy sentido para según qué cosas, muy dogmático para otras y un poco sobreactuado en general, me restallan los oídos cuando oigo palabras como, qué les diría yo, ‘familia unipersonal’. Por ejemplo. O ‘infravivienda’. O ‘aprendiza’. Y blasfemo en arameo elevando los puños al cielo y bramo non fuyades, malandrín. Barra, malandrina. Y todo eso.