Si hay algo en lo que la gran mayoría de los madrileños están todos de acuerdo, aparte de en votar a Esperanza Aguirre con fruición, es en ir al Rastro los domingos.
A mí el Rastro no me entusiasma, las cosas como son. En el Rastro hay demasiado tráfico, demasiado ruido y demasiada gente. Demasiadas cosas así, en general, para mis refinados gustos de cortesano austrohúngaro con peluca empolvada. Y eso que, les aclaro, a mí las cosas con demasiadas cosas no suelen molestarme. De hecho, suelo preferirlas a las cosas que tienen pocas cosas. Para estos asuntos soy muy de la escuela de la rocoquez y tengo un horror vacui que no se lo salta un gipsy y si hubiera nacido en el Barroco tardío sería feliz, así se lo digo, haciendo retablos de iglesia rococó-churriguerescos uno detrás de otro, y el churrigueresco entonces ya no se llamaría churrigueresco, se llamaría rubenesco y cuando viésemos un retablo lleno de cosas diríamos ah mira, pues es rubenesco, y no como ahora, que rubenesco se utiliza para denominar a las señoras gordas y a mí me pasa como con manuelino, que es que son adjetivos que no me acaban de convencer. Resumiendo; que normalmente me gustan las cosas con muchas cosas, les decía, pero que el caso del Rastro, mira. Que no. Por mucho que el Rastro esté viviendo una nueva época dorada, y van no sé cuantas, desde que el barrio de La Latina empezó a causar furor entre los treintañeros de la Madrid. Porque si hay algo en lo que la gran mayoría de los treintañeros de Madrid están de acuerdo, aparte de en decir que no van a votar a Esperanza Aguirre y luego votarla denodadamente, es en darse de tortazos entre ellos por pagar cuatro euros por un pincho en La Latina.
Pero a mí, oye, que no me gusta. Que no y que no. Además, el barrio de La Latina cae a varios años luz-Madrid de mi casa y para ir hasta allí tengo que emprender unas epopeyas épico-fundacionales que te ríes de la Eneida. El año luz-Madrid es una nueva unidad de medida que me he inventado yo, por cierto. Lo digo porque no lo busquen en Wikipedia.
Pero ocurre que a mi santo le gusta el Rastro por varios y poderosos motivos, palabras literales suyas. Le he pedido que me ponga en orden de prioridad esos motivos tan poderosos para aclarárselos a ustedes y ha respondido, apunten, que primero por la ropa vintage, luego por las tapas de calamares y finalmente por unas tostas que hacen en un bar de la calle del Águila que llevan jamón, tomate untado y aceite de oliva. Esto, les aclaro a ustedes, significa que esas tostas podrían considerarse genuino pan amb tomaca catalán, que es una cosa que por lo visto los catalanes echan mucho de menos cuando están fuera de Cataluña porque en el resto del país, dice mi santo, sólo sabemos hacer un sucedáneo absurdo (sic.) y lo llamamos pantumaca (sic.) y nos quedamos tan tranquilos aunque eso, dice mi santo, eso, ni es pan amb tomaca ni es nada, vamos, no te engañes, eso es más falso que un euro con la cara de Popeye (también sic.). Todo esto según mi santo, insisto, pero tampoco me hagan mucho caso; el tema del pantumaca no se lo saco mucho porque cada vez que lo hago acaba a portazos y gritando en catalán por los pasillos y resulta bastante inquietante para los que no somos catalanoparlantes. El caso es que en el bar ese de la Latina hacen un pan amb tomaca bastante decente, con jamón y con pan del payés y esas cosas, y mi santo y yo vamos cuando podemos y experimentamos trances de catalanidad que en mí quedan un poco falsos, la verdad, porque soy de Cantabria y es lo que tiene, pero que él vive con bastante emoción autonómica y con lágrimas en los ojos y un gozo en el alma y ha habido días que yo pensaba que me iba a sacar una senyera de dos por dos y se me ponía a cantar els segadors allí mismo.
Dicho lo cual les contaré que de lo que vengo yo a hablarles hoy es del primer motivo que aducía mi santo para ir al Rastro, esto es, la ropa vintage. La ropa vintage, léase vintash, es ropa antigua, en muchas ocasiones de segunda mano, que vuelve a estar repentinamente de moda porque el devenir de la moda es así de insondable y nosotros, así de gilipollas. Lo del eterno retorno y todo aquello que dijo Nietzsche. Lo normal es comprarla en tiendas especializadas en el asunto y que te cueste a razón de sesenta leuros la pieza pero mi santo, que es entendido en esto y además tiene muy poca pamplina, dice que lo último que le faltaba es pagar semejante dineral por ropa de muerto.
–A ver, que yo me entere –le pregunté la última vez que dijo esto. ¿Hablamos de ropa vintage, ropa de segunda mano o ropa de muerto?
–Bueno, vamos a ver –respondió–. Si es, por ejemplo, una chaqueta de Gaultier, pues es vintage. Si es una camisa que originalmente era de tu padre, entonces es de segunda mano. Y si es una camiseta de mierda que pone Expo 92’, pues claramente es ropa de muerto. ¿Lo entiendes?
–No.
Y es que es verdad, no lo entiendo. En más de una ocasión le he acompañado a comprar ropa vintage y, cuando encuentro algo que me gusta, mi santo me pone cara y me dice:
–¿Te vas a comprar eso? –pongamos que una camisa.
–Si. Es chula, ¿verdad?
–Si. Pero no es vintage.
–¿Ah no?
–No. ¿No ves que es normal?
–¿Normal?
–Claro. De cuadro cruzado. Te podrías comprar ahora mismo una igual en el H&M o en el Pull&Bear. Es muy atemporal, eso no pasa de moda, eso estaría de moda en cualquier época.
–Ya. Pues eso, precisamente. Y además vale tres euros.
Mi santo inspira, expira, coge aire y finalmente sentencia:
–Ya. Mira. Ésa no es la filosofía.
Entonces yo inspiro, expiro, cojo aire, hiperventilo, me atraganto, casi vomito –tanto espasmo respiratorio es lo que tiene–, y cuando me recupero, le espeto:
–¡Pues no será la filosofía, pero vale tres euros!
–Vale –replica con desdén. Pues cómpratela. Si a ti te gusta llevar ropa de muerto…
Al rato él encuentra un chaleco de rombos del año de la pera, pongamos, que parece de un figurante de Amar en tiempos revueltos, se lo compra también por tres euros y volvemos a casa. Él con una prenda vintage y yo con ropa de muerto. Yo es que no hay cosas que no entiendo.
Aclarado este punto les contaré que el pasado domingo estuve en el Rastro con mi santo y, concretamente, que estuvimos en nuestro puesto vintage de referencia. Nuestro puesto vintage de referencia lo ponen en la Plaza del General Vara del Rey y es, literalmente, una montaña de ropa. Una montaña de ropa sin más orden ni concierto que el que insinúa la expresión una montaña de ropa y en el que, doy fe de ello, mi santo suele encontrar a precios ridículos prendas bastante trendy que serían y son la envidia de los más influyentes coolhunters de la urbe y que hacen que los coolhunters, de hecho, se resoplen su flequillo bicolor –cada uno el suyo– y le pregunten wow, de dónde has sacado este auténtico chaleco vintage de cojón de camello, y mi santo responde misteriosamente que él no revela sus fuentes aunque sus fuentes, se lo revelo yo tranquilamente ahora mismo, son la montaña de ropa esa.
Montaña de ropa, como les decía, saqueada ordinariamente –ordinario de frecuencia y de actitud– por manadas de seres humanos que, atestados a su alrededor, rebuscan furibundos entre camisas y camisetas la prenda vintage de sus sueños hasta dejar aquello que no vean ustedes el revolcadero de monos, oigan, un asco, aquello escandalizaría hasta a una dependienta de Bershka. Todo ello arengado por un gitano allí presente, maestro de ceremonias a la postre que dueño de la montaña, que orquesta la mandanga desde lo alto, tipo Herbert Von Karajan pero sin esmoquin y con un palillo en la boca. Que además anuncia cual juglar las virtudes de su montaña y también hace las veces de mediador intercultural de la Comunidad de Madrid cuando se origina alguna hostilidad porque, ésa es otra: no vean qué alianza de civilizaciones, oigan, la de la montaña de ropa. Personas de todas las partes del globo mundial se disputan allí camisas y camisetas, motivadas no tanto por el furor trendy de mi santo como sí porque los pobres cada día lo somos más, hasta el punto de ser mi santo, en la mayor parte de las ocasiones, el único español allí presente. Entre la pluralidad racial del lugar y la de la propia ropa diríase la estampa de anuncio de Benetton, si no fuera porque en los anuncios de Benetton de Oliviero Toscani los modelos negros chinos no acababan a bofetones entre ellos, no al menos delante de las cámaras. Ni mucho menos había al fondo de la foto un señor gitano en la cumbre de una montaña cagándose a gritos en sus muertos.
–Ya hemos llegado –le dije a mi santo una vez tuvimos delante el zigurat textil. Ale, suerte.
–¿No quieres siquiera acercarte? –respondió.
–¿Has traído el aturdidor eléctrico de policía corrupto de Wisconsin?
–Pues mira, no. Es más; yo creo que no tenemos.
–Pues entonces no sé cómo quieres que me abra paso entre las minorías étnicas.
–Pues mira, a codazos. Como todo el mundo.
–Ah no –espeté. A mí primitivismos de esos, ni medio. Me voy a ver los puestos de antigüedades, que son más finos.
–Bah –replicó él. En esos puestos no tienen más que cosas viejas.
Insisto. Hay cosas que no entiendo.
Dejé a mi santo inmerso en el pandemonio humano de la montaña de ropa. De vez en cuando se alzaba entre las masas y me enseñaba con entusiasmo las camisas especialmente vintage que iba encontrando sólo para volver a sumergirse acto seguido. No era difícil de divisar porque el puesto de antigüedades estaba justo en frente y además el angelito mide uno ochenta y dos y en su zona de la montaña de ropa predominaba el componente indígena andino y le sacaba como cuarenta centímetros de estatura a la media de los presentes –incluyéndome a mí–.
Inmerso estaba yo en mi puesto de antiguallas y baratijas –almoneda, reza el eufemismo–, cuando algo brillante llamó mi atención. Aparté unas revistas viejas de encima, y allí estaba; el objeto vintage de mis más lúbricas fantasías desde que tengo uso de conciencia –uso de conciencia: desde que lo oí el otro día no pienso volver a decir otra cosa que no sea uso de conciencia, háganse a la idea–, el fetiche vintage de mis suspiros, les decía, allí mismo, delante de mis mismas narices. Así que respiré hondo, me ordené calma, di saltitos de emoción, saqué la cartera y le dije a la señora del puesto que cuánto valía.
–Veinte euros –me responde.
–¡Diez! –le replico desde mi magistral dominio del arte del regateo.
–Quince.
–¡Vale! ¡Digo, no! ¡Cinco! ¡Quince! ¡Dos! ¡Veintidós! ¡Vocal! ¡Consonante! ¡Lo que quiera, pero démelo ya!
Lo dicho, magistral dominio. Yo no sé qué hace el Banco de España que no me contrata para negociar la deuda soberana del país.
–¿Qué haces? –me pregunta mi santo, regresado de la montaña de ropa con una bolsa llena. Te estoy oyendo gritar cifras desde el otro lado de la plaza. Pareces Elisenda Roca.
–Elisenda Roca… Eres vintage hasta en tus símiles, hijo. No has salido de los noventa. Pareces Tita.
Es tal la frecuencia con la que mi santo y yo mencionamos a Tita Cervera que hemos dejado directamente de utilizar su apellido. Es una más.
–Y lo que estoy haciendo –le explico– es regatear. Mira qué cosa tan chula.
Le señalo la cosa chula.
–No irás a comprarte eso –me suelta.
–Por supuesto que sí. ¿Es que no lo reconoces?
Mi santo se acerca a la cosa chula y entorna los ojos.
–Yo diría que es un busto de Franco. O de Franco o de Manuel Alexandre. Si es de Manuel Alexandre, cómpratelo pero a la voz de ya.
–Es de Franco. Y no es un busto. Es una aldaba, amigo. Que no es lo mismo.
–Ah.
–Una aldaba es súper guay –le explico–, porque tú la pones en el portón de tu casa, por ejemplo, y cuando la gente viene a tomar el té pues no tiene que llamar a la puerta con los nudillos, sino que utiliza directamente la aldaba, toc toc, y todos contentos.
–Ya. Y qué hay de malo en que utilicen los nudillos.
–Pues que eso es una costumbre obsoleta.
–Aha. Entonces me estás diciendo que lo moderno es tener una aldaba.
–Exacto.
–No un video portero automático, no; una aldaba. Eso es lo moderno.
–Correcto. Y con la cara de Franco, recuerda. No entiendo porqué no te gusta. Es súper vintage.
–Pues porque, vamos a ver. Qué vas a hacer con eso. ¿Ponerlo en la puerta de casa? ¿Quieres que los vecinos nos tiren huevos?
–No creo que nos tiren huevos. No nos los han tirado ni siquiera cuando pusiste en el tendedero tu camisa de flores del póster de Volver, con que no creo que vayan a empezar ahora.
Mi santo me mira con cara de odio reconcentrado.
–No es de flores, ignorante. Se llama estampado paisley, y está muy de moda.
–Lo que tú digas. Pero pareces Sarah.
Con Sarah nos referimos a Sarah Fergusson, duquesa de York.
–Haz lo que quieras –me dice–. Pero eso en casa no lo pones.
–De acuerdo. Pues de aquí nos vamos al H&M, que lo sepas. A comprarte ropa que no sea de muerto.





Publicado por
El Señor de las Moscas



17 comentarios en el bote:
Lo que me he reído... Qué bueno eres, leñe!
@Anónimo;
Bienaventurados sean los rápidos, porque ellos llegarán antes. Y usté si que es un mostro (sea quién sea). Gracias.
Si no te deja poner la aldaba te la compro!
Cualquier ocasión es buena para golpear con saña la cara de Franco. Y lo es más aún si el premio por golpearla es un te con un petimetre dieciochesco.
¡Por fin volvió, señor mio, que tenía esto abandonaíto! ¡Y mu bien!
Yo, como buen pueblerino de la provincia de Cádiz solo ha estado una vé en er rastro (en una de mis pocas visitas a la capital, cabra y maleta atadas con cordel), y me recordó a lo que en mi tierra llamamos el piojito, pero con unos toques de posmodernidad que a mi no me van mucho. Aún asín, me he reío una jartá, y reconozco que hay objetos vintage cantidubi de chulos.
Un saludo de éste su ferviente lector.
¿A Franco lo desnucas o le partes la cara?
Qué mala catalana soy, que yo siempre voy con la coletilla "sin tomate" porque aqui pides hasta un bocata caliente y le endiñan en consabido tomate, que no veas el ascazo que da comerse un bikini (un mixto en los madriles) untadito de tomàquet de l'hort.
Bueno, vamos a ver, por partes:
- Bienvenido y a ver si te prodigas más, que la parroquia se te pone pocha de añoranza
- El rastro, el rastro ... no hay cosa más freak que Els Encants de Barcelona, dile a tu santo que te lleve un día, que te caerás de patas-culo.
- Una pregunta me inquieta: si lo Vintage es lo de marca, la segunda mano es la ropa de tu padre, y la camiseta cutre es de muerto ... ¿cómo le llama tu santo a aquella prenda de marca, herencia de un padre, que encima está muerto?
;-)
UN BESOTE, GUAPO
Por cierto, que sepas que estoy leyendo al Sr. Orejudo siguiendo tus recomendaciones, y me está encantando ...
Qué tiempos aquellos en que yo vivía en una paralela a la calle de El Águila, cuando no había más que un par de bares "de toda la vida" y no esas tabernas tan auténticas que hay ahora en la zona, que la mayoría no tienen ni 15 años.
Perdón, ha sido mi momento "vintage".
Admiro a su santo, yo lo he intentado un par de veces en esas tiendas y está claro que no valgo para eso.
Yo a Franco, ni en aldaba, pero bueno, si es Manuel Alexandre...
Es de las pocas exploraciones que quedan hoy en el entorno ciudadano. Registrar pertenencias de casas de otros, sin valor ni azúcares añadidos, y encontrar "tiestos".
En la localidad de Fuengirola colocan uno especializado en cacharrería descatalogada con toque británico que es para quedarse tonto mirando. Ya nos conoce, nos va esa rama del comercio minorista sobre mesa de playa.
Antes que nada debo decir que desde que me hablaron de este blog es una de las pocas cosas que alegra (y entorpece) mis laaargas tardes de estudio...
Qué arte, en serio, da gusto leer anécdotas tan bien contadas y con tanta gracia. Y por eso, por lo bien que escribes, me ha "chocado" un fallo que, dicho sea de paso, estoy jartá de oír en algún que otro profesor de mi facultad.
Dices que tu santo inspira y "eXpira", cosa que espero que no suceda por muchos años, porque eSpirar significa justamente expulsar el aire inspirado, mientras que eXpirar significa morir.
Espero que no te lo tomes a mal, alguna pega tenía que haber ;)
Dicho esto, enhorabuena por ese gran sentido del humor que tienes y sigue así.
A Manuel Alexandre de aldaba no, de busto al que poner flores y velitas en homenaje eterno!!!
Como vecina que soy de la Latina me permito añadir un detalle al tema rastro: las niñas monas. Ellas van al rastro como excusa para irse de cañas, que en realidad es otra excusa para ponerse vestidos de flores (tu santo sabrá que son tendencia esta primavera, aunque también fueron tendencia en la época de "Sensación de vivir"), botines y el bolso colgado a mitad de brazo, cosa malísima para la circulación, pero es que es tendencia llevar el bolso así, y si es tendencia... El look lo completan con sombrero y/o gafas de sol oversize.
Estoy por salir a comprar el pan en bata y zapatillas a modo de protesta.
Comentamos:
@Pablo;
Note usted que al final no adquirí la aldaba. Yo sé para qué la quiero yo, pero lo que me pregunto es para qué la quiere usted... Anyway, a buen seguro sigue en el mismo puesto del rastro, porque no se la estaban precisamente quitando de las manos.
@Cancabruno;
Ah, Cádiz, Tacita de plata, o no se qué. Y para pueblerino yo, oiga, que no conozco Cádiz y le tengo muchas ganas porque me han dicho que se parece a La Habana (sic.). Un piojito, por otra parte, no sé lo que es, pero ya sólo por el nombre, me encanta. ¿Me lo aclarará usté?
@Helene;
Si me da usted a elegir, yo soy más de la patada voladora. Es más espectacular a la par que efectiva. Le contaré que, en todo caso, la aldaba no golpea la magna jeta del dictador, sino que el busto se hiergue sobre el propio mecanismo, en sí bisbo, de la aldaba. Sé que lo primero que se viene a la cabeza es lo contrario, pero hubiera sido un detalle bizarro (y gradioso, pero bizarro) por parte del maestro diseñador de aldabas.
@Salamandra;
Sí, es usted una mala catalana, tengo que decir. Le diré a mi santo que me lleve a Els Encantes, de su parte, me han hablado fantásticamente del evento aunque, fíjese, nunca he ido. A una camiseta de un padre muerto yo lo llamo herencia, ahora que nombre seguro que tiene, y también seguro que es francés y acaba en -age, léase -sh. Me prodigo todo lo que puedo, créame. Y me alegra que esté usted leyendo a Orejudo; una buena idea es siempre una buena idea.
Seguimos comentando en un segundo comentario porque si lo pongo todo en el primero, peta (que maravillosas prestaciones tecnológicas, las de Blogger):
Loquemeahorro;
Pues no se crea, que yo al final le acabaré cogiendo el gustillo al tema vintás. Ya ve que se me va la fuerza por la boca. Me alegro de que ya no viva usted en una paralela a la calle del Águila; me pregunto si vivía usted en la calle en la que mataban a un personaje de 'La Tabla de Flandes' (creo que era), que era una de esas.
@Mr. Incógnito;
Pues desconozco cómo está el tema vintás en Fuengirola, pero le tell you; un toque británico, si no es a la comida, suele irle bien a casi cualquier cosa. Y cuando de cosas feas se trata, no le quiero ni contar. Algún día le pediremos que nos consiga un tapiz con escena de caza o algo así, que se pueden conseguir en España pero los británicos tienen que ser de echarse el vaso de agua por la cabeza.
@Anónimo;
No se le escapa a usted una. Y sí, completamente cierto. Después de la preceptiva consulta a la RAE, expirar es morir y espirar, lo contrario de inspirar. Puede creerse que hasta hace tiempo, tecla en ristre, le dediqué al tema unos segundos de reflexión (tres o así) y concluí yo, cosas de la ignorancia, que expirar debía ser la correcta y que espirar no existía. Gracias por la apreciación y por sus amables palabras.
@Laesti;
Yo estoy a punto de salir a la calle en bata y zapatillas pero no a modo de protesta, sino a modo de hortera, directamente. Y sí que es cierto, hay quien se emperifolla para ir al Rastro que parece que van a la fiesta de Año Nuevo de Isabel Preysler, hija mía, cuánto aparataje. Usté no les haga ni caso y limítese a escupirles desde la ventana, cosa lúdica a la par más segura que escupirlas en vivo y en directo (para su integridad física, digo).
Leocadia, no tiene nada que envidiar el mercadillo de Cabezón de la Sal al rastro de Madrid. Hay un gitano en el puesto de antigüedades que tiene de tó: cucharas de plata torcidas con las que algún octogenario desdentao acabó sus días, campanos de oveja y vaca que cada vez que voy me relamo y suenan tolón tolón muy a Heidi ( nada que ver con los nuevos que venden en la ferretería de al lado), llaves de muchos tamaños y formas que alguna vez abrieron puertas o cajas, botellas de gaseosa de las que tienen un tapón a presión con gomilla naranja...Yo quiero ver ese pomo de Franco que no me lo acabo de creer, leocadia. bs
Por Dios qué horror, no me diga usted que El Infame mentó mi calle.
En los tiempos que yo vivía ahí, a ese fulano no le conocían ni donde se compraba los chalecos.
joder, lo tenía guardado para un momento de tranquilidad y lo que me he reído ha sido poco... pero, sobre todo, tengo una pregunta para usté: ¿de verdad que no nos espías a mi novio y a mi y lo transcribes? es que hasta detalles como la altura, su catalanidad, mi enanez, las diferencias en lo moderno-textil... ¡es mi biografía no autorizada, me encanta!
@Loque;
El infame la mentó. En efecto. O eso creo recordar. Tampoco me haga mucho caso.
@Iker;
Le juro a usted que yo no espío a nadie. Mire la parte buena; cuando necesite una biografía apócrifa que usted se queje y diga que es todo mentira pero que secretamente esté usted encantado porque en realidad le viene bien tener una biografía apócrifa porque eso relanza su carrera al estrellato mundial, pues ya la tiene media escrita. Ya le haré precio para la otra mitad.
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