... El porqué de una mosca encerrada en un bote: La lerda y yo.

5 de julio de 2011

La lerda y yo.

5 de julio de 2011
El otro día me atropellaron. A mí, quiero decir. Me atropellaron literalmente. Iba yo caminando tranquilamente por un parking sin hacerle daño a nadie, cual peregrina en tonadilla de María del Monte, cuando un coche tuvo a bien atropellarme.

Tuvo el detalle, eso sí, de atropellarme poco. Fue un siniestro fatal pero flojito, y al final ni morí ni nada. Esto es fácilmente deducible porque si hubiese muerto o bien no estarían leyendo esta entrada en este blog o bien la estarían leyendo directamente en una pared de Bélmez.

Incido especialmente en el de me han atropellado –a mí– porque –a mí– personalmente me parece particularmente injusto que me atropellen. Que me atropellen a mí, quiero decir, en lugar de a otras personas. Esto seguramente se deba a una cuestión de perspectiva, no les digo yo que no, pero también a que tendría cojones. Sabrán que una famosa estadística de la Association of Brittish Drivers arroja el dato de que el 90% de los conductores cree conducir mejor que la media. Todos se equivocan, por supuesto, y por dos razones; por simple lógica matemática y porque además yo conduzco mejor que todos ellos. Así se lo digo yo a ustedes sin asomo de duda, quiero decir. Modestias aparte. Practico una conducción consciente, responsable y amable. Voy despacito, adelanto poco y sólo con total seguridad y facilito el paso a los demás en las incorporaciones. No bebo, no toco el móvil y debo ser el único imbécil de todo el Hemisferio Occidental que pone el intermitente en las rotondas.

Y aún así, lo que les digo. Que el otro día, en yendo yo a recoger a mi santo al centro comercial donde trabaja, me atropellaron. Acababa de aparcar y me dirigía andando a la puerta principal del centro comercial utilizando el paso de cebra dispuesto a efecto de precisamente eso mismo: cruzar el parking sin que se te lleven por delante. Diligencia vana, querida amiga; irremediable y desatenta apareció en lontananza, como la muerte enamorada en la elegía de Miguel Hernández, una lerda a bordo de un Ford Focus.

La lerda, inconsciente en su lerdez de que los peatones tienen prioridad en los pasos de cebras, no paró. Yo no paré por consciencia de esto mismo y porque, llegados al punto de no retorno en la evolución de la maniobra, me detuve en mitad del paso de cebra, miré a la lerda a través del parabrisas y le dije mentalmente aquí me quedo, so lerda. Ahora vas a parar por mis cojones.

No paró, claro. Se conoce que no recibió la amenaza que le mandé por wifi mental o sencillamente que no me vio.

Consumado el atropello lo peor, así se lo digo, fue el shock psicológico. Al suelo no llegué ni a caerme, y eso que me dio un buen golpe en las piernas con el lateral del capó. Se pensarán a estas alturas del mondongo que además de mis grandes habilidades al volante poseo o unos cuádriceps de acero o unos reflejos felinos o ambas a la vez. Ninguna, les confieso: ya les he dicho que fue un siniestro fatal total pero flojito.

La Ortega Cano en potencia se bajó del coche y todo, no veas, entre grande esparajismo y aparato, moviendo los brazos y pidiendo disculpas. Que no me había visto, dijo. Yo dediqué los siguientes tres segundos a salir del shock y los tres posteriores a evaluar cuál era la mejor reacción a adoptar para con la conductora;

a) anunciarle que no ha pasado nada, advertirle que sólo ha sido el susto y trasladarle la necesidad de que la próxima vez preste más atención;

b) llamarla hija de la gran puta a gritos, o;

c) cogerla por los pelos y estrellarle la cara contra el capó del Ford Focus hasta que se le quede la misma expresión de perpetuo jet lag que a la mujer de Borja Thyssen.

Al final ni una ni otra; la miré con reconcentrado odio, me sacudí el pantalón, me di la vuelta y me fui de allí sin mediar palabra. Con elegancia, tronío y dos cojones. Algún tipo de violencia hubiera sido lo propio –física, verbal, psicológica; la que fuera–, pero no pudo ser. Este tipo de reacciones impredecibles y a todas luces antinaturales se las debo a un chip que mis padres me implantaron en el cerebro durante la infancia, que se llama tener educación y que, según la Association of Brittish Drivers, el 90% de la población cree tener.

12 comentarios en el bote:

El Señor de las Moscas dijo...

Y antes de que se me olvide; ayer también publicamos en La insoportable levedad del tuit, nuestro blog en Jot Down. Tienen la entrada pinchando en http://www.jotdown.es/2011/07/cronica-de-actualidad/

Chache dijo...

Pues me alegra que esté usté bien. A mí una vez también me atropellaron, y tampoco pasó nada.

Bueno, sí pasó. Se me incrustaron en la mandíbula los incisivos superiores al comerme una alcantarilla.

Que ya es mala suerte, porque la bici frenó un poco antes de chocar.

Y tampoco se incrustaron tanto, es lo que tienen los dientes de leche. Bueno, lo que no tienen. Raíces.

Si, vale, solo fue un topetazo. Pero con cuatro años todo se ve muucho mas grande. Y peor.

Anónimo dijo...

Me alegro mucho que estés bien.. Y me encanta tu manera de contar el suceso con tanto sentido del humor.. Por cierto, siendo pequeño,un buen día, con la bici, atropeyé un coche. Sobra decir que no le hice nada, y que casi me dejo los piños en el capó.

Chache dijo...

Lo que yo digo: las bicis y los piños son una mala combinación.

Red dijo...

Pues me alegro yo también de que haya salido con bien del accidente, señor de las moscas. Y mecagüen tos los muertos de los que van conduciendo y "no le ven" a uno. Y no es que yo tenga afán de protagonismo. En absoluto, a mí que no me vean me da igual, e incluso a veces es ventajoso. El problema es que cuando un conductor aprieta con el pie el pedalito ese que se llama acelerador, el coche va y avanza, y si uno no ve lo que tiene delante, es decir, lo que está en medio de la trayectoria previsible de su Ford Focus, está avanzando hacia lo desconocido, ya sea el pobre señor de las moscas que a nadie ha hecho ningún mal y que escribe unos posts muy graciosos, un elefante con malas pulgas, un agujero negro, el fin del mundo, o mi querida platerita supersónica (o sea, mi pobre scooter), que cada vez que me la atiza un coche por detrás (porque el conductor, claro, no me vio, ¿es que estos cretinos conducen con los ojos cerrados?) se pasa por lo menos un mes en el taller (grrr), porque sucede que los seguros son unos pelmas y los que conducen con los ojos cerrados no se sienten obligados a mandar un puñetero fax a su seguro con el parte amistoso (¡ja, amistoso!) que han firmado.

Eso sí, siempre lo sienten mucho, claro. Yo, por mi parte, cuando me veo en una de estas, casi siempre opto por la reacción (a), y luego lamento no haber elegido la (b) o la (c).

Salamandra dijo...

Nene, qué susto.
Aunque te digo una cosa: esa educación de la que hablas se te olvidará totalmente el día en que esto mismo te pase con tu hijo, tu primo pequeño o cualquier tierno infante de tu familia, al que quieras, y al que le estés enseñando que hay que cruzar por el paso cebra. En ese mismo momento, serás capaz de matar.

Te lo digo por experiencia ...


Un besote guapetón

F. Gordon dijo...

La opción "b" hubiera sido la más liberadora a la par que jurídicamente inocua. De haber hecho la "c" encima de ser atropellado tendría que indemnizarle usted a ella, el colmo de las ironías...

irrabirra dijo...

Lo que sujeta "lamujerdeborjathyssen" es una hoja?pudiera esa hoja estar escrita?terrible...

Azote ortográfico dijo...

Me alegra que esté usted sano y salvo. Yo creo que también habría salido por peteneras o, lo que es lo mismo, me habría decantado por la opción B. De todos modos, aquí lo importante es que usted haya salido ileso. Yo me caí por las escaleras de casa hace un par de semanas y ni siquiera pude optar por el insulto, pues como seres inertes que son iba a servir de poco.

Suya afectísima,

Azote.

Adrián Ruiz dijo...

Recuerdo un día en mi tozuda infancia viví lo mismo que tú, la diferencia es que yo iba en bici... y también que mi reacción fue distinta a la tuya: Cómo si un pobre abogado fuese, fingí que la rueda de mi bici se quedó sin aire tras el leve atropello, lo cual me brindó con 20 € que salían de la cartera del hombre que me atropelló, claro que eso es otra historia, recuerda que hablamos de mi infancia... Un juego nuevo de Pokemon y contento que me quedé de que me atropellasen, oye.

toatoa dijo...

Ten más cuidado con l@s lerd@s que hay por el mundo... no siempre tienen la amabilidad de parar.
Saludos!!

Cuchuflet dijo...

Pues parte de la culpa del accidente lo tiene usted mismo, por suponer que detrás del volante iba una persona humana, y no un poligonero empastillado, un cincuentón hipertenso con prisas o una lerda, como es el caso.
La próxima vez retrocederá despavorido de vuelta a la acera, rezando porque el coche no se suba y le atropelle de todas formas, como hacemos el resto de peatones desgraciados.

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