La historia, que con la edad se vuelve indulgente, a menudo perdona a sus malos y los trasunta, para poder digerirlos, en simples chistes. Un buen ejemplo lo tenemos en los emperadores romanos que por lunáticos, feroces o simples gilipollas suelen tenerse por responsables, por no decir culpables, de la caída del imperio. El césar Cómodo, por ejemplo, ejerció a la vez de emperador y de gladiador, que dicho así no parece gran cosa pero resultó a sus tiempos, para hacernos una idea, como resultaría a los nuestros que el presidente del gobierno hiciera pressing catch. De Nerón, por su parte, se dice que calcinó Roma hasta los cimientos y de Calígula, que nombró cónsul a su propio caballo. La historiografía de andar por casa, que a los hechos atiende lo mismo que al Trivial, a Saber y Ganar y a las pelis de Ridley Scott, normalmente recuerda a estas tres joyas y a alguna más –como a Galba o Caracalla, por ejemplo– como la encarnación casi alegórica de la caidita de Roma. Un nombre, no obstante, escapa con frecuencia a sus muchas responsabilidades en el quién es quién de cuando Roma se fue al carajo. Quizás fuese por su brevedad –tan solo gobernó del 218 al 222– o quizás porque el Senado romano condenó su recuerdo a damnatio memoriae –el olvido por decreto–, pero lo cierto que es que hay quien dice que Heliogábalo, que así se llamaba, “fue considerado por la mayoría de los antiguos historiadores como uno de los peores de su clase”. Sus cuatro años fueron breves, sí, pero intensos. Tanto o más que los de los restantes emperadores cofrades en el top five de la infamia aunque, no obstante, mucho menos recordados. El porqué es bastante sencillo [...].
12 de agosto de 2011
Los crímenes de Heliogábalo
12 de agosto de 2011
La historia, que con la edad se vuelve indulgente, a menudo perdona a sus malos y los trasunta, para poder digerirlos, en simples chistes. Un buen ejemplo lo tenemos en los emperadores romanos que por lunáticos, feroces o simples gilipollas suelen tenerse por responsables, por no decir culpables, de la caída del imperio. El césar Cómodo, por ejemplo, ejerció a la vez de emperador y de gladiador, que dicho así no parece gran cosa pero resultó a sus tiempos, para hacernos una idea, como resultaría a los nuestros que el presidente del gobierno hiciera pressing catch. De Nerón, por su parte, se dice que calcinó Roma hasta los cimientos y de Calígula, que nombró cónsul a su propio caballo. La historiografía de andar por casa, que a los hechos atiende lo mismo que al Trivial, a Saber y Ganar y a las pelis de Ridley Scott, normalmente recuerda a estas tres joyas y a alguna más –como a Galba o Caracalla, por ejemplo– como la encarnación casi alegórica de la caidita de Roma. Un nombre, no obstante, escapa con frecuencia a sus muchas responsabilidades en el quién es quién de cuando Roma se fue al carajo. Quizás fuese por su brevedad –tan solo gobernó del 218 al 222– o quizás porque el Senado romano condenó su recuerdo a damnatio memoriae –el olvido por decreto–, pero lo cierto que es que hay quien dice que Heliogábalo, que así se llamaba, “fue considerado por la mayoría de los antiguos historiadores como uno de los peores de su clase”. Sus cuatro años fueron breves, sí, pero intensos. Tanto o más que los de los restantes emperadores cofrades en el top five de la infamia aunque, no obstante, mucho menos recordados. El porqué es bastante sencillo [...].







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El Señor de las Moscas


