El otro día estuve haciéndome las ingles en una empresa de trabajo temporal, que es una costumbre bizarra que tengo yo porque soy así de excéntrico. Lo digo porque nadie piense que si voy a las etetés es porque yo crea que haciéndolo voy a, no sé. Conseguir trabajo o algo así. Que va.
Soy de la opinión de que ir a una eteté consiste esencialmente en lo mismo que ir al Juego de tu vida; someterse a un cuestionario humillante y volverte a tu casa tan pobre como llegaste. Con salvedades, claro. En una entrevista para una eteté, por ejemplo, no te enchufan a la máquina de la verdad aunque, una cosa les digo: deberían. Sobre todo al llegar al apartado idiomas. Y más en este país en el que, todos lo sabemos, hasta el menos dotado para los idiomas habla inglés bilingüe, domina el francés, tiene alemán avanzado y nociones de italiano, bereber, élfico y klingon. En ese apartado en concreto las etetés de este país, así se lo digo, es que no ganarían para máquinas de la verdad. Reventarían todas una detrás de otra así, mira, bum, bam, una, otra, otra, en una blood orgy –para los que hablan inglés bilingüe: orgía de sangre–, una blood orgy, decía, de paro y vísceras esparcidas everywhere you look around. Lo que, con el debido nivel de detonación, puede ser hasta una solución. Piénsenlo. Este país acabaría de un plumazo tanto con sus parados como con las etetés. Dos pájaros de un tiro. Y, con aquello de las explosiones, se multiplicaría la demanda de bomberos y se convocarían miles de plazas y habría miles de bomberos por las calles y, entre eso y el pleno empleo, España se convertiría en algo a medio camino entre Suecia y un inmenso boys. Todo ventajas.