Si hay algo en lo que la gran mayoría de los madrileños están todos de acuerdo, aparte de en votar a Esperanza Aguirre con fruición, es en ir al Rastro los domingos.
A mí el Rastro no me entusiasma, las cosas como son. En el Rastro hay demasiado tráfico, demasiado ruido y demasiada gente. Demasiadas cosas así, en general, para mis refinados gustos de cortesano austrohúngaro con peluca empolvada. Y eso que, les aclaro, a mí las cosas con demasiadas cosas no suelen molestarme. De hecho, suelo preferirlas a las cosas que tienen pocas cosas. Para estos asuntos soy muy de la escuela de la rocoquez y tengo un horror vacui que no se lo salta un gipsy y si hubiera nacido en el Barroco tardío sería feliz, así se lo digo, haciendo retablos de iglesia rococó-churriguerescos uno detrás de otro, y el churrigueresco entonces ya no se llamaría churrigueresco, se llamaría rubenesco y cuando viésemos un retablo lleno de cosas diríamos ah mira, pues es rubenesco, y no como ahora, que rubenesco se utiliza para denominar a las señoras gordas y a mí me pasa como con manuelino, que es que son adjetivos que no me acaban de convencer. Resumiendo; que normalmente me gustan las cosas con muchas cosas, les decía, pero que el caso del Rastro, mira. Que no. Por mucho que el Rastro esté viviendo una nueva época dorada, y van no sé cuantas, desde que el barrio de La Latina empezó a causar furor entre los treintañeros de la Madrid. Porque si hay algo en lo que la gran mayoría de los treintañeros de Madrid están de acuerdo, aparte de en decir que no van a votar a Esperanza Aguirre y luego votarla denodadamente, es en darse de tortazos entre ellos por pagar cuatro euros por un pincho en La Latina.






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El Señor de las Moscas


